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por javier armentia - Lunes, 5 de Octubre de 2009 - Actualizado a las 08:56h.
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El pasado lunes conseguí enfadar a muchos, ofender a otros tantos e incluso algunos se dieron cuenta de que soy una mala persona. Y todo porque me declaraba públicamente en contra de seguir esa especie de comportamiento histérico ante las malvadas radiaciones electromagnéticas que nos acechan para enfermarnos y matar a nuestros niños. Cuando se nos presentan presuntas pruebas de todo ello, sistemáticamente se obvian o se pasa mirando a otro lado por los datos y las conclusiones de los científicos. Porque alguien debería explicar cómo es que los organismos internacionales concluyen que no se puede decir que esas influencias electromagnéticas malignas existan ni actúen como se nos afirma que lo hacen. Por supuesto no concluyen diciendo que no hay peligro alguno, porque no es posible tal cosa. Pero aplicando los más exquisitos principios de precaución las reglamentaciones de lo radioeléctico nos protegen incluso de cosas que nadie ha comprobado que sean malas. Por ejemplo, se limita la instalación de antenas junto a centros educativos o sanitarios solo por aquello de que niños y enfermos podrían, de haber algo realmente, ser más vulnerables.
En la perversa espiral antitecnológica, sin embargo, ese criterio se interpreta como evidencia de que realmente existe algo de fondo que no se quiere contar. Y entonces la sospecha de que los poderes y las compañías están conchabados se ve reforzada. Si la administración no hace nada, se la acusa de inconsciencia criminal; si hace y previene aunque no se haya visto nada, todavía peor. ¿Qué habría que hacer?
Hacía unos años una empresa ladina que vendía unos filtros para los monitores de ordenador anunciando que eliminaban "las dañinas radiaciones electromagnéticas". Era un absurdo delicioso, porque la luz que emite un monitor, lo que vemos, es precisamente una radiación. El mejor filtro supuestamente, sería un cartón opaco. Con esto parece que la solución que nos proponen es la misma. Apaguemos todo (especialmente la luz de la razón) y liberémonos finalmente de la tiranía electromagnética. Pues vaya la que nos esperaría.
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