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Frente a una salida de la crisis basada en el consumo y la obra pública, hay economistas que defienden la necesidad de parar, de recortar la producción y de trabajar menos. Es el momento de salvar el planeta.
Juan Ángel Monreal
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La economía mundial vuelve a crecer. China, India y Brasil pisan el acelerador a fondo. Tienden carreteras y levantan presas gigantescas, desarrollan costosos proyectos de alta velocidad ferroviaria, humean las chimeneas de sus fábricas, consumen sus ciudadanos, desaparecen sus bosques. Estados Unidos marcha más lento, como Europa y Japón. Sin embargo, todos saldrán de esta crisis y su producto interior bruto retomará guarismos positivos. Pero, ¿hasta cuándo? ¿Es posible crecer indefinidamente sin llevarse por delante el planeta en que vivimos? Y por mucho que crezca el PIB, ¿vivirán mejor los ciudadanos, serán más felices?
Hay una corriente de pensamiento económico minoritaria que responde que no a estas preguntas claves. Se trata del decrecimiento, que propugna "una disminución regular y planificada de la producción económica con el objetivo de establecer una nueva relación de equilibrio entre el ser humano y la naturaleza, pero también entre los propios seres humanos". Se trata, en esencia, de disminuir el consumo -e incluso la propia población mundial- y respetar el medio ambiente, reducir la actual movilidad, trabajar menos horas y repartir el empleo, desarrollar un ocio creativo, no basado en el consumo de televisión y bienes. En el fondo, reconsiderar y modificar nuestros hábitos de vida para poder vivir mejor con menos.
agotamiento
El planeta no da más de sí
¿Y por qué? Por muchas razones. Serge Latouche, profesor emérito de Economía en la Universidad París XI, aporta algunas de ellas en sus artículos, en los que argumenta que, con el actual ritmo de consumo de un país como España, serían necesarios casi tres planetas tierra para sostener a toda la humanidad. Según sus cálculos, la tierra cuenta con 12.000 millones de hectáreas bioproductivas, aquellas que son capaces ce surtirnos de alimentos, energía y recursos. Y de ellas dependemos todos los habitantes de la Tierra. "Con la actual población, cada uno deberíamos sostenernos con 1,8 hectáreas, pero el actual nivel de vida de los españoles requiere de 4,5 hectáreas", dice antes de advertir que, de seguir creciendo a un ritmo del 2% actual la humanidad necesitaría de 30 planetas. "Ahora consumimos el patrimonio acumulado por la Tierra en miles de años: hoy quemamos en un año lo que la fotosíntesis tardó 100.000 años en producir", explicaba en una entrevista publicada hace ya dos años por La Vanguardia.
En un planeta limitado no es posible sostener crecimientos continuos de la producción
Y hay más. Aunque siempre cabe la posibilidad de hallar nuevos yacimientos, si mantenemos el actual ritmo de consumo, las reservas de petróleo calculadas no durarán mucho más de 60 años. Tampoco el uranio, del que se alimenta la industria nuclear es infinito: entre 80 y 150 años dependiendo del número de centrales que se ponga en marcha. Ni el gas con el que nos calentamos (unos 70 ú 80 años) ni el carbón que aún sigue siendo empleado por la industria energética (unos 150 años) son infinitos. Y junto a ello, la degradación del medio ambiente, los efectos de la contaminación en la salud de las personas y la desigualdad entre la propia población: hoy el 20% de la población consume el 85% de los recursos naturales. "Extender a toda la población nuestro modo de vida es sencillamente inviable".
¿Única solución?
Reducir el consumo
El origen a esta teoría hay que buscarlo a finales de los años 60 y se asienta en un informe de un equipo de investigación del Massachusetts Institute of Technology. Titulado Los límites del crecimiento, concluye que en un planeta limitado no es posible plantear crecimientos exponenciales del PIB y de la población. A partir de ahí, se derivan términos como el del desarrollo sostenible, acuñado en la Cumbre de Río de 1992, y la creciente preocupación por los efectos del cambio climático. Pero el decrecimiento va más allá y propone una transformación radical del modo de vida.
Carlos Taibo es uno de sus principales teóricos en España. Autor de el libro En defensa del decrecimiento, admite que la propuesta, sencilla desde un punto de vista teórico, resulta complicada de "llevar a la práctica", especialmente cuando una parte muy importante del mundo se encuentra muy lejos de alcanzar un grado de desarrollo que pueda ser considerado como suficiente. "Nuestra propuesta es que en el norte desarrollado hay que reducir sensiblemente la producción en sectores económicos enteros y en su caso cerrarlos: la industria automovilística, la de la aviación, la militar y la publicidad, entre otros", explica Taibo, que visitó Pamplona el pasado miércoles invitado por el colectivo Dale la vuelta.
Pero, ¿qué hacemos entonces con los millones de parados que este cierre, si bien paulatino y progresivo, generaría? "Habría que utilizar dos caminos: propiciar el desarrollo de sectores económicos que tienen que ver con la atención de las necesidades sociales y con el respeto del medio ambiente. Además, en los sectores económicos convencionales, que inevitablemente seguirían existiendo propiciaríamos el reparto del trabajo, demanda que desgraciadamente se ha ido extinguiendo", señala Taibo.
Como consecuencia principal, se trabajarían muchas menos horas, con una reducción proporcional en los ingresos. André Gorz, otro de los teóricos del decrecimiento, plantea rebajar la jornada anual hasta las 1.000 horas (unas tres o cuatro al día) y Carlos Taibo añade que "quienes están en los tramos superiores de ingresos ganarán bastante menos". "En suma -explica- dispondremos de mucho más tiempo libre y reduciremos nuestro consumo ostentatorio. Creo que este horizonte tiene mucho más que ver con el modo de vida esclavo en el que estamos inmersos, marcado por el designio de trabajar cuantas más horas para ganar cuanto más dinero y, sobre todo, consumir cuantos más bienes".
Las 6 R
según serge latouche
· Reevaluar. Revisar los valores en los que creemos y sobre los que organizamos nuestra vida y cambiar aquellos que deban ser cambiados.
· Reestructurar. Adaptar el aparato de producción y las relaciones sociales en función del cambio de valores.
· Redistribuir. Las riquezas y el acceso al patrimonio natural.
· Reducir. Disminuir el impacto sobre la biosfera de nuestro modos de producir y de consumir.
· Reutilizar. En lugar de tirar los aparatos y los bienes de uso, tratar de alargar su vida
· Reciclar. Los desechos de nuestra actividades.
epígrafe
· El PIB no mide el bienestar. Es una de las críticas de los decrecentistas y de otros muchos economistas, que entienden que este indicador no sirve para medir el desarrollo real de una nación.
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