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miguel sánchez-ostiz Escritor

"El presente hay que conquistarlo día a día; no admite aplazamientos"

Después de "Cuaderno boliviano", el autor regresa con "Sin tiempo que perder", nuevo dietario en el que da cuenta de sus experiencias en Bucarest, Valparaíso y Edimburgo, y en cuyas páginas manifiesta una contagiosa urgencia por vivir, un entusiasmo por todas las cosas que no esperan

ana oliveira lizarribar - Jueves, 22 de Octubre de 2009 - Actualizado a las 07:47h

Miguel Sánchez-Ostiz, ayer en Pamplona.

Miguel Sánchez-Ostiz, ayer en Pamplona.

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pamplona. "Sin tiempo que perder", ¿el título dice ya mucho de lo que nos vamos a encontrar en el libro?

Sí. Supongo que es un sentimiento de la edad. Hay un verso de Jaime Gil de Biedma que dice que el verdadero argumento de la obra es envejecer/morir. Este libro es más optimista que todo eso, pero sí que, a raíz de un percance de salud que tuve y de cosas que me han pasado estos últimos años, me he dado cuenta de que no hay tiempo que perder y que las cosas que uno tiene que hacer las tiene que abordar cuanto antes, porque no admiten aplazamientos. No se puede estar permanentemente a la espera de milagros ni de nada, el presente hay que conquistarlo día a día.

¿Siente que ha perdido el tiempo en algún momento de su vida?

Sí, creo que en algún momento lo perdí, pero ése un sentimiento muy común en temperamentos como el mío, algo melancólico. Por eso, para compensar, me da por trabajar de una forma desaforada.

En esa urgencia por vivir, ¿en qué se apoya Miguel Sánchez-Ostiz, en la literatura, los viajes...?

En este caso en concreto, en los viajes. Los viajes me hacen tratar con gente muy distinta a la que habitualmente trato. Para mí, han sido un gozo, como se ve en este libro.

En el que aparecen tres de sus destinos de los últimos tiempos, aunque las primeras páginas transcurren muy cerca.

Aunque en principio tenían que haber sido cuatro, el libro está dividido en tres partes. La primera trata de los dos meses que pasé en San Juan de Luz, un lugar que para mí siempre ha tenido mucho significado literario y también apunto, aunque lo conté en otro libro, la mudanza obligatoria de la casa de Baztan. Los cambios de casa son algo muy común, lo que pasa es que después de haber vivido allí de una forma muy intensa, pensando que iba para largo, sientes un pequeño desgarro, y también te das cuenta de que las cosas son más frágiles de lo que crees, por lo que compruebas que, en efecto, no hay tiempo que perder.

De Baztan e Iparralde, a Bucarest.

Es otro de los bloques del libro. Viajé a Bucarest cuando ya estaba escribiendo una novela que se ubica allí y que he terminado estos días, con el título provisional de Un gamberro en Bucarest. Era mi tercer viaje a la capital de Rumanía, una ciudad que me gusta mucho, me llama mucho la atención. Y no tanto por lo que fue, cuando decían que era una ciudad entre Occidente y Oriente, porque de Oriente apenas queda el mercado de Obor o las bisericas (iglesias ortodoxas), sino porque las contradicciones de la sociedad neoliberal se dan de una manera particularmente aguda. Rumanía es un país que ha pasado de un régimen disparatado alrededor de Ceaceuscu a una furia neoliberal de especulación inmobiliaria, dinero negro, mafias, corrupción... Eso es algo que se nota mucho en la vida diaria de Bucarest, se nota que es la capital de un país que no ha arreglado cuentas con su pasado y eso da pie a situaciones bastante chocantes como que gente que fue de las elites políticas del régimen siga estando en las instituciones. Por otro lado, todo esto hace que sea una sociedad viva, en ebullición, que despierta de un mal sueño.

El recorrido continúa en Valparaíso, Chile.

Sí. Ese viaje tiene que ver con Cuaderno Boliviano, porque fui a Bolivia desde Chile. En un primer momento, llegué a Valparaíso con la idea de ambientarme para escribir un libro en la ciudad, un lugar muy hermoso que sugiere muchas cosas, muchas imágenes. Ir por sus calles es ir viendo cosas muy entrañables. Siempre digo que parece un belén a lo bestia (risas). No hay que olvidar que es una ciudad de leyenda por su pasado, ya que tuvo mucha importancia cuando los barcos tenían que doblar Cabo de Hornos y comenzó a arruinarse cuando se abrió el Canal de Panamá. Además, centralizaba también el mercado marítimo del nitrato chileno, que ya dejó de venderse. De todas esas historias ha quedado una imagen legendaria de aventureros, marinos... que no es más que eso, porque no queda nada en la ciudad, como no queda tampoco nada del Valparaíso de Pablo Neruda. La dictadura de Pinochet lo arruinó todo, así que la ciudad hace esfuerzos por sobrevivirse a sí misma, a la ruina, a los incendios, a la lluvia... Supongo que algún día terminaré aquel libro.

Por último, Edimburgo, aunque el viaje no acabó muy bien.

Acabó mal, de hecho. La idea era dedicar unas páginas a la Escocia de Stevenson, pero, una vez allí, me puse seriamente enfermo. Aunque no hay mal que por bien no venga, en esas situaciones es cuando te das cuenta de que no hay tiempo que perder y que hay que sacarle chispas a las cosas. En general, en este libro hablo de la relación que he tenido con distintas personas en los viajes, de los escenarios tan diversos que he vivido, de las lecturas... Y de las reflexiones que todas estas cosas me han motivado, pero son de filosofía pedestre, no me las puedo dar de ser un pensador. En definitiva, es un libro misceláneo que espero que resulte ameno.

En la contraportada nos encontramos una frase sobre la alegría como un don, pero también como una conquista.

Así es. Este libro y el anterior marcan una distancia con otros libros míos misceláneos. Y creo que, poco a poco, las cosas se van poniendo en su sitio. Éste es un libro intenso.

¿Cómo hace uno para superar el pudor inicial de desnudarse ante el lector, contándole experiencias y pensamientos a veces muy personales?

Eso es muy sencillo (risas). Primero, tengo que decir que ésta no es una literatura íntima, y lo privado está justo, justo, por la cuenta que trae... En cualquier caso, siempre digo que este tipo de libros plantean un juego entre un voyeur y un exhibicionista (risas). Está claro que en la escritura del yo, aparte de una voluntad de puesta en claro, de reafirmación de uno mismo y de cuestiones de este tipo, también hay un cierto exhibicionismo, y lo digo en tono humorístico, porque el pudor siempre está ahí. Pero me preguntas por el que escribe, ¿y el que lee? ¿Qué pasa con él? Pues que es un poco voyeur, ¿no? (Risas).

La literatura también está muy presente en sus diarios de viajes, con abundantes referencias a autores, lecturas...

Es que cada país o ciudad me concede el lujo de conocer a autores que no conozco. Al margen de esto, no es lo mismo leer a Pablo Neruda en Valparaíso que aquí. En Rumanía también pude entrar en relación con escritores que de otra manera no hubiera conocido y eso enriquece mucho.

Eso sí, en algún caso muestra una cierta predilección por los autores de aventuras, como Stevenson, caso de Escocia.

Recuerdo que, aparte de ir a ver el monumento a Sherlock Holmes y el terrorífico museo de la academia de cirujanos, lo primer que hice en Edimburgo fue ir a ver las botas de Stevenson, que están en una vitrina en el museo de los escritores. Es un autor que siempre me ha gustado y es una referencia constante en mi trabajo. Luego hay otros autores de la aventura que también menciono en este libro como el francés Pierre Mac Orlan, que se está volviendo a traducir.

Como viajero, ¿cómo se definiría: va solo, con todo muy organizado, a casas de amigos, tiene claro qué quiere ver?

No. Siempre suelo viajar con un guión previo que luego nunca se cumple. La verdad es que en mis dos últimos viajes he estado rodeado de amigos, he conocido a personas muy distintas, sobre todo en Bolivia, que me han enseñado mucho, y ahora puedo decir que tengo muy buenos amigos tanto en La Paz como en Cochabamba. Y lo mismo me ha pasado en Bucarest, allí tengo personas queridas que cuentan en mi vida. Eso sí, una vez en el país en cuestión, suelo moverme solo.

En Pamplona no le gusta estar mucho tiempo, ¿tiene la necesidad de salir de viaje a menudo?

(Respira hondo). Aquí no me hallo. La necesidad de viajar es muy fuerte, es algo que me ha entrado de mayor. Es una especie de veneno que cuando te entra no hay nada que hacer. Tengo necesidad de cambiar de escenario, de estar con otra gente y otras culturas tan distintas a la nuestra. De algún modo, es como salir de mí mismo; en Pamplona noto que me encierro en mí mismo y eso es nefasto para un escritor. Por la reiterancia.

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