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PAMPLONA : los Encuentros del 72

Pamplona, capital de la vanguardia

Era el 26 de junio de 1972 cuando la capital navarra se transformó en una ciudad nueva, abierta, permisiva, libre y vanguardista en la que se vivieron los ya míticos Encuentros que ahora se reviven en una exposición en el Museo Reina Sofía.

Alicia Ezker

- Domingo, 25 de Octubre de 2009 - Actualizado a las 08:25h.

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Los Espectadores, creados por el Equipo Crónica

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El Museo Reina Sofía inaugura el próximo martes 27 de octubre la exposición Encuentros de Pamplona 72: fin de fiesta del arte experimental en la que se aborda desde distintos puntos de vista el fenómeno de los Encuentros vividos en la capital navarra durante ocho días como un gran acontecimiento artístico multidisciplinal. Los Encuentros de Pamplona, a los que ahora de nuevo mira el mundo del arte con esta exposición, constituyeron un auténtico festival del arte de vanguardia y no es gratuito asegurar que fue el más amplio y significativo de los celebrados en el país por aquel entonces. La ciudad de Pamplona se transformó, dejó su color gris, su olor a seminarista y Opus Dei, su fuerte arraigo a la tradición para liberarse y rendirse ante la libertad de expresión y las vanguardias, sobre todo las de carácter experimental, aquellas obras o manifestaciones creativas que ponían ya entonces en cuestión los límites materiales de su propio medio, ya fuera poesía, cine, música, arte o danza. Porque toda la revolución que supusieron los Encuentros, a los que se destinó un presupuesto de doce millones de pesetas bajo el mecenazgo de la familia Huarte y el comisariado del grupo de música Alea con Luis de Pablo a la cabeza, se vivió en la misma ciudad cerrada y rancia que era la Pamplona del 72 bajo la mirada atónita de los pamploneses.

Mucho se habló desde entonces de la posibilidad de revivir los Encuentros o de mantenerlos como una cita fija anual o con cierta periodicidad pero nunca se volvieron a repetir, de ahí que se hayan conservado en el mundo del arte como algo mítico.

Las salas del Reina Sofía en las que se reparte la exposición Encuentros de Pamplona 72: fin de fiesta del arte experimental y que previsiblemente vendrá a Navarra tras su paso por Madrid, ofrecerán al visitante un recorrido en el que se recrea lo que se vivió en la capital navarra, alternando piezas originales con material de archivo sobre los sucesos culturales y políticos y dos salas especiales: la primera, dedicada a las actividades de los mecenas de los Encuentros, el grupo Huarte; y la segunda, a los organizadores, el Grupo Alea.

Los Encuentros

Del 26 de junio al 3 de julio

Era el 26 de junio de 1972, a las cuatro de la tarde, cuando en un acto multitudinario celebrado en el frontón Labrit y presidido por el entonces alcalde de Pamplona, Javier Rouzaut se inauguraban Los Encuentros del 72, una cita con las vanguardias artísticas que convirtió Pamplona, durante ocho intensos días, en la auténtica capital de la cultura y que supuso para muchos pamploneses y visitantes el acceso a la modernidad en un país que desde el franquismo soñaba con la democracia y la libertad. Los Encuentros se celebraron entre el 26 de junio y el 3 de julio de 1972. El Ayuntamiento de Pamplona cedió los escenarios y así la ciudad entera se vio envuelta en un torbellino de música, cine, poesía y arte, sorprendente para la mayoría de los vecinos, inexplicable para muchos y decisivo para gran parte de los artistas que acudieron.

Ahora, 37 años después de esos mitificados Encuentros del 72, el tiempo ha dado la razón a quienes se aventuraron en su organización y ha demostrado que fueron, pese al injusto olvido y la dureza con que fueron criticados, una apuesta firme por el arte vivo y que supusieron la apertura a los movimientos artísticos que lideraban las vanguardias europeas, un reto sin precedentes del que Pamplona no sólo fue testigo sino protagonista. Y si algo fue protagonista en esos ocho intensos días fue el llamado arte vivo que ya se miraba en los años 70 como un elemento altamente subversivo, porque eran las manifestaciones artísticas más activas, vanguardistas y revolucionarias, las que suscitaban el debate y la crítica al sistema.

Desde John Cage, Luc Ferrari o Zaj en música; el cine de Arakawa, Georges Melies o Buñuel. la poesía de Gómez de Liano o de Lily Greenham y el arte del Equipo Crónica con sus siniestros espectadores, los teléfonos de Lugan o Valcarcel o la muestra de Arte Vasco fueron algunos de los espectáculos que se vieron en Pamplona y que más han dado que hablar, junto a la cúpula neumática multicolor diseñada por el arquitecto Javier de Prada e instalada en el solar que hoy ocupa el Baluarte, una imagen que sin duda ha perdurado en el recuerdo como el símbolo gráfico de los Encuentros. Parecía que el solar tenía ya un destino claro desde entonces, aunque el contenido cultural de aquella carpa y el del Auditorio están todavía a años de distancia.

El inevitable enfrentamiento entre tradición y modernidad, el difícil momento político que se vivía, la necesidad de libertad de expresión de los intelectuales frente al miedo por las represalias del régimen, la lógica agitación de la gente joven, que por unos días podía intercambiar impresiones con una libertad inusual hacían prever un acontecimiento cultural polémico y discutido, como realmente fue.

incidentes

Amenazas, bombas y protestas

De hecho hubo boicots, sabotajes, amenazas desde la extrema derecha y acciones duras desde la extrema izquierda. Un artefacto explotó la noche de la inauguración de los Encuentros en el monumento a Sanjurjo y otra bomba estalló en el transcurso de los mismos frente al Gobierno Civil. Muchos de los actos tuvieron que trasladarse de un local a otro por avisos de bombas. La gente intentaba aprovechar los coloquios en los que se concentraban docenas de personas para lanzar sus consignas subversivas y reivindicativas, de corte político, tratando de burlar la censura. Incluso algunos artistas descolgaron sus obras de la muestra de Arte Vasco (en la que participaron los artistas navarros Xabier Morrás, Isabel Baquedano y Pedro Osés) en protesta por la retirada, por parte de la organización, de un cuadro de contenido político, era la obra de Dionisio Blanco en la que se presentaba un retrato de Franco con el rostro difuminado en el que el dictador hablaba desde una mesa y debajo suya la Policía atacaba con dureza a un grupo de obreros. La obra fue retirada con el consiguiente malestar de los artistas, pero era eso o poner fin a los Encuentros. No eran buenos tiempos para la libertad de expresión.

El partido comunista tampoco quería que se celebraran los Encuentros y había lanzado la consigna de que "en la dictadura no puede haber cultura", por lo que secretamente trataba de sabotearlos; al mismo tiempo ETA lanzaba octavillas al aire llamando al pueblo a boicotearlos "en nombre de la clase obrera" y la extrema derecha amenazaba e insultaba a los organizadores. Incluso los propios artistas que habían sido invitados por la organización firmaban manifiestos contrarios a los Encuentros denunciando la situación del arte en España. El Gobierno Civil vigilaba de cerca cualquier intento de movilización política con el deseo de poder acabar con todo...

Y en medio de todo aquello los responsables intentaban controlar la situación, llegando incluso a dispersar alguno de los actos e intentando que nada ni nadie consiguiera acabar con ese proyecto cultural único, que finalmente se desarrolló con un enorme éxito de público y una desigual acogida de la crítica, especialmente dura desde los medios de comunicación de la izquierda, que acusaron a Alea de querer mostrar una imagen permisiva de una España dictatorial.

Los orígenes

Patrocinio de los Huarte

La celebración de los Encuentros de Pamplona en 1972 tuvo su origen un año antes. En 1971 falleció Félix Huarte y sus hijos encargaron al grupo de música contemporánea Alea, patrocinado por la familia navarra, que organizara un ciclo de conciertos en homenaje a su padre. Eran unos años en los que los Huarte eran importante mecenas de diferentes movimientos culturales de vanguardia. Mientras Luis de Pablo y José Luis Alexanco, integrantes de Alea, trabajaban en esas partituras por encargo reflexionaron sobre la posibilidad de organizar un festival de arte de vanguardia en España, ya que ellos tenían experiencia en la programación de ciclos de música del siglo XX. Se lo propusieron a la familia Huarte y Jesús, uno de los hijos, decidió organizar esa cita en la capital navarra como una manera de agradecer a la ciudad de Pamplona los gestos que había tenido con su padre. En el otoño de 1971 se daba luz verde al proyecto. En un primer momento el programa iba estar patrocinado a tres bandas por el Ayuntamiento de Pamplona, la Diputación de Navarra y la familia Huarte, pero finalmente la Diputación, presidida entonces por Amadeo Marco, se desentendió de todo, el Ayuntamiento no aportó dinero pero se volcó en el desarrollo de los Encuentros cediendo los espacios de la ciudad, ya que consideraba que Pamplona como tal podía salir muy beneficiada y aportó toda la infraestructura y finalmente los Huarte cubrieron los gastos.

El objetivo de los responsables estaba claro. Los Encuentros debían facilitar el intercambio de información, crear un clima de encuentro entre el artista y el espectador y acercar hasta Pamplona todo tipo de manifestaciones creativas de distintas culturas, tanto de Oriente como de Occidente. El acceso a determinadas propuestas artísticas y musicales era impensable en la España de 1972, por lo que los Encuentros iban a contar con un público activo y deseoso de conocimientos que tendría que convivir durante ocho días con los habitantes de una ciudad que no iban a ser tan receptivos a lo que ocurría en su entorno. Y así fue. Los Encuentros tuvieron dos públicos bien definidos. Por un lado "los jóvenes melenudos" como los describía la prensa de la época, que se sentaban en el suelo, aplaudían todo y abarrotaban todos los actos provocando llenos absolutos y la gente de Pamplona, que, exceptuado los jóvenes interesados por el arte, el cine y la música, paseaban con una mirada, entre sorprendida y crítica, por unas manifestaciones culturales que ni entendían ni aprobaban.

Lo que aportaron

Nuevos lenguajes

Pero polémicas, rechazos y aceptaciones al margen, ciertamente los Encuentros trajeron hasta Pamplona lo mejor del arte experimental, con unos 350 artistas y cerca de un centenar de propuestas lanzadas con un lenguaje nuevo, comprometido, innovador, atrevido y libre, sobre todo libre. El objetivo era convertir la ciudad en un lugar donde los artistas pudieran conocerse e intercambiar opiniones sin límites. El reto era complicado en un momento histórico en el que la información era un lujo al alcance de unos pocos, ya que la gente no tenía muchas vías para acceder a lo que ocurría en el exterior. Por eso fue en Pamplona donde muchos creadores decidieron romper con su trayectoria artística para lanzarse a ese lenguaje experimental y nuevo hasta entonces desconocido.

La Ciudadela, el Frontón Labrit, el Museo de Navarra, el Hotel tres Reyes, la Sala de la Caja de Ahorros de Navarra, la sala de la Caja de Ahorros Municipal de Pamplona, el Paseo de Sarasate, el Cine Avenida, el Cine Príncipe de Viana, el Carlos III, las murallas del Redín, el Teatro Gayarre, el Anaitasuna, la Iglesia de Santo Domingo y la Cúpula neumática fueron los distintos escenarios por los que se repartieron los Encuentros.

Pero sobre todo el escenario principal fue la calle. Alea trasladó el arte a la calle, con esculturas, cabinas de teléfonos, atletas que corrían sin parar, caminantes, muñecos con aspecto de policía secreta, tubos entrecruzados, cubos sobre los que pintaba la gente... Se trataba de sorprender y Pamplona entera se vio sorprendida. "La aventura del arte actual es una aventura colectiva que, a pesar de lo que a veces se diga, concierne a todos, incluso y más que a nadie a los que se dicen sus enemigos. Esta es una de las razones de los Encuentros. Otras podrían ser la información mutua y los contactos personales entre los asistentes porque el público debe intervenir en el hecho artístico, habitándolo de manera diferente. El creador por otra parte se va encontrar frente a un público mucho menos pasivo que de costumbre", así se presentaban los Encuentros en el extenso catálogo editado para dar cuenta de todo lo programado. Y efectivamente ese objetivo se cumplió con creces.

La gente caminaba observando atónita las instalaciones artísticas y asistía a los distintos espectáculos que se sucedían sin saber siquiera quien iba a participar, qué tipo de música iba a escuchar o qué cine experimental contemplaría. Los espectadores participaban en todo, en los happenings, descolgaban los teléfonos que Luis Lugán instaló en el Paseo de Sarasate, vapuleaban los muñecos del Equipo Crónica, se los llevaban a sus casas o los montaban en sus coches. Pamploneses y visitantes desfilaban bajo las lonas de la carpa, a pesar de que no pudo inaugurarse en la fecha prevista y tuvo que desinflarse antes de la cuenta, y participaban en los coloquios, fueran de política, de poesía, de arte o de música. Los recintos cerrados registraban llenos absolutos y la gente respondía por igual a un concierto de John Cage, un recital de Txalaparta o una actuación del Orfeón. Pamplona fue un punto de encuentro con la modernidad, un espacio en el que durante ocho días se pudo tomar contacto con el arte más nuevo y con los artistas más innovadores. Las continuas amenazas que trataban de cargarse los Encuentros eran aceptadas casi como parte del evento. Pamplona en ese junio de 1972 fue otro lugar, era como si se hubiera transformado en una ciudad nueva y abierta, permisiva y progresista, el escenario ideal para consolidar en el futuro el proyecto del grupo Alea. Pero no fue así.

la sede

Pamplona, ¿ciudad ideal?

Aunque la elección de Pamplona como escenario para los Encuentros se debió al patrocinio de la Familia Huarte, lo cierto es que la capital navarra, en vísperas de San Fermín era una ciudad receptiva, abierta a los visitantes y acostumbrada al menos en la fiesta a la mezcla de culturas. "Pamplona -escribían los organizadores en el catálogo- es una ciudad de una larga tradición cívica, una de las raras en España en las que el pueblo es protagonista de sus fiestas y no sólo espectador; el tamaño de la ciudad es idóneo; la gran cantidad de actividades se desarrollarán en pleno centro de la ciudad...".

Sin embargo también en ese texto Alea reconocía, tal vez intuyendo lo que luego iba a ocurrir, que "Una manifestación como la presente es, sin duda, polémica. Hay que saberlo y aceptarlo. Sólo no se puede discutir lo que está muerto. Y se tiene la pretensión de que estos encuentros estén vivos. Por ello, estamos seguros de que pese a la inevitable polvareda que levantarán, su balance final ha de ser tarde o temprano positivo".

Ciertamente, cuando el 3 de julio se puso punto final a los Encuentros Alea no ocultaba su satisfacción. Un día después en un anuncio insertado en un periódico local Alea decía: "Los Encuentros de Pamplona han terminado. Es pronto para hacer ahora un balance, pero hay algo evidente: la ciudad los ha seguido con un entusiasmo, plenitud y entrega a los que será difícil encontrar paralelo. Un público mayoritariamente joven, ansioso de información y deseoso de participar ha seguido nuestros actos, con una atención que de muestra hasta que punto la cultura puede ser de todos, sea ésta contemporánea, del pasado o incluso ajena a nuestra tradición. En una empresa como la presente, que no dudamos en calificar como de primera magnitud por su ambición y proyección mundial, tenía que haber ciertas deficiencias y pedimos disculpas por ello. Los próximos Encuentros, en régimen bienal, corregirán los defectos de esta primera experiencia puliendo detalles, perfeccionando el programa y dando mayor eficacia a la marcha general".

El futuro parecía ya asegurado, porque también Juan Huarte había expresado públicamente su deseo de que la cita se repitiera, pero la realidad fue muy distinta. Unos meses después, la situación económica del grupo Huarte empeoró; uno de los hermanos Huarte fue secuestrado por ETA. La familia decidió suspender sus actividades de mecenazgo en Navarra. Alea tuvo que disolverse y Luis de Pablo se fue a Estados Unidos. Aquellos Encuentros del 72 quedaron grabados en la memoria de una generación como un hecho cultural y social trascendente e irrepetible.

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