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El tráfico ilegal de minerales en la República Democrática del Congo asoma en el epílogo de todos los horrores. La abundancia en oro, diamantes y materias fundamentales para la tecnología occidental abre una batalla que copa unos pocos bolsillos y desangra el país.
Enrique Conde
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Pegatina habitual entre las ONG que operan en el Congo y fotografiada en un barco camino de Bukavu.
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"lA maldición del Congo reside en su riqueza". Quizá la frase, por simplona, pierda por ese camino tajante que surcan las sentencias una gradación de matices. Tras el biombo de la riqueza congoleña se agolpan las multinacionales corruptas, las autoridades untadas de dinero para suministrar permisos a espuertas, los empresarios que apretan un click de su ordenador mientras se atusan el pelo ante sus traficantes sin escrúpulos, los militares que anudados de balas en el cuello dominan el tráfico de armas y la potentísima economía informal y los nativos que andan sometidos a un régimen esclavo y que se juegan el pellejo tanto cuando pelean contra la piedra como si se les ocurre irse de la boca.
Es la lógica que recorre un país que vivió 32 años bajo la tiranía de Mobutu, un tipo al que robar no es que le pareciera mal, es que le resultaba un chollo. Así, no es extraño que en Congo el verbo robar suela entenderse como desplazar. Es decir, si hay algo en mitad de la calle y yo estoy en esa calle, sin nadie a la vista, desplazo ese algo a mi casa. Pero que nadie me diga que he robado. ¿Cómo se va a conjugar este verbo es un país en el que los partidarios de Mobutu, que se guardó en Suiza una montaña de dinero, salieron reforzados en las primeras y únicas elecciones del país como tercera fuerza política?
El diagnóstico del Congo tiende a conciliar dos ideas irrevocables. "Quien sufre aquí todas estas penurias es la población civil y mejorar esa situación es una cuestión de voluntad política. La guerra se hace fácil pero ¿cómo se construye la reconciliación?". Quien habla es Justin Nkunzi, director de la comisión diocesana de Justicia y Paz de Bukavu, con quien colabora la ONG vasconavarra ALBOAN en un proyecto de gobernancia participativa.
Tras tres décadas de dictadura cleptócrata y de no rendir cuentas al pueblo, el propósito de tender lazos por la transparencia democrática resulta encomiable. Nkunzi profundiza en los males: "Es fácil de controlar el corrupto mercado de los recursos naturales. Aquí no hay mar, no hay piratas y sólo operan cuatro compañías aéreas. Todo entra por avión o en camiones". Y ahí se hace la vista gorda. Los tráilers cubiertos con toldos bien asidos entre los remolques despiertan el recelo de los nativos. "Esos camiones llevan armas, seguro", nos dicen de vuelta de Bukavu.
Respecto al intríngulis del tráfico aéreo en el Congo, supone una cuestión para reflexionar en el diván. Ninguna compañía aérea de la R.D. del Congo tiene permiso para aterrizar en aeropuertos europeos. Su tasa de siniestralidad se sitúa por los nubes: en un año, entre el verano de 2007 a 2008, registraron más de medio centenar de accidentes. Unos águilas de espanto.
Pero entonces, con semejante desastre, algo chirría cuando el grupo de reporteros que realizó este viaje con ALBOAN tuvo que interrumpir hasta cinco entrevistas por el cesar incesante de avionetas y helicópteros. Así pasó con Nkunzi, quien antes de responder a la última pregunta, alzó la vista, realizó un gesto de resignación y exclamó: "¿Veis eso? Son canadienses que regresan en helicóptero a su hotel de Bukavu procedentes de las minas de oro". Así, la mitad de la riqueza del Congo se escapa por el aire. El Estado sólo registra el 20% de los recursos que salen del país. Que el 80% del comercio mineral del Congo sea ilegal no lo dice un cualquiera, sino que lo reconoce la propia Comisión de Investigación del Senado de Kinshasa, que cifra en 450 millones de dólares el dinero anual de las extracciones que no se declaran. Si el Gobierno de Kabila reconoce tal brecha, ¿cuál puede ser el total? Los ingresos por la extracción minera a día de hoy suponen la séptima parte de lo que sumaban en 1970.
firmas con nombre propio Del expolio del Congo hay múltiples responsables con nombres rimbombantes y sedes con alfombra roja. Los informes de la ONU en este sentido no se han ahorrado filiaciones. Las firmas estadounidenses Apple, De Beers, American Mineral Fields (con presencia en el accionariado de Bush padre) y Hewlett Packard, la japonesa Nikon, la finlandesa Nokia, la alemana Bayer, la británica Barclays... así hasta más de un centenar de empresas occidentales se citan en los análisis de Naciones Unidas sobre el saqueo.
Si el Congo se transportara a cualquier otra parte del mundo formaría en la alineación del G-20. Sería impensable que no se tratara de una potencia mundial. Su subsuelo volcánico es fértil en cantidades ingentes, produce con sólo espolvorear semillas una diversidad de cultivos y es plaza de tres cosechas anuales. El 60% de la superficie forestal de África Central se concentra en el Congo y sólo con el suministro eléctrico que se podría obtener del río Congo se proporcionaría energía pa-ra una docena de naciones africanas.
Si no fuera bastante con la economía de subsistencia, las colinas del este del país están recubiertas de tesoros. O dramas. Si la media mundial de extracción de oro en una mina es de 11 gramos, en el Congo se eleva hasta una concentración de 6 kilos. En ciertas zonas, se alcanzan hasta los 18 kilos. El 80% de las reservas mundiales de coltán (Ruanda es el primer exportador mundial sin tener una piedra del mismo), así como el 60% de cobalto se hallan al albur de traficantes, militares y explotadores de cualquier signo.
La lista es inacabable con la casiterita, diamantes, uranio...., la mayoría minerales básicos para las nuevas tecnologías, condensadores electrónicos, computadoras o teléfonos móviles cuando no joyas para damas de Estado. El kilo de coltán puede alcanzar los 400 dólares en el mercado internacional mientras que el trabajador que se desliza por grietas inimaginables y desciende a esos infiernos plagados de radioactividad ar-mado con un cincel en el mejor de los casos, una piedra y un saco gana apenas 20 dólares a la semana. Con las manos limpias. Piel contra piedra.
denunciar es peligro de muerte Deo Bashi, jurista y asistente de la Comisión de Justicia y Paz, no oculta que los denunciantes no son un comensal de gusto entre los intestinos revueltos de los poderosos. "A algunos les interesa la situación tal y como se mantiene hasta ahora, sobre todo a los altos cargos, que no quieren que a sus puestos se acceda a través de los méritos. Esos puestos les permite un paraguas de impunidad por sus acciones durante la guerra", afirma Bashi, quien trabaja contracorriente. Ser miembro implicado de la sociedad civil, activista pro derechos humanos, denunciante público o mosca cojonera "es muy peligroso en este país. Aquí se mata al que habla demasiado".
Arsene, administrador general de Cáritas en Goma, apunta que el expolio mineral se produce porque hay "muchos pescadores que se aprovechan del río revuelto. Eso sólo se arreglará con un Gobierno fuerte, porque lo que hasta ahora existe es una democracia de fachada". Sea culpa de la opacidad gubernativa, de los intereses transnacionales o del sum sum korda, el caso es que el Congo se desangra a costa de la salud de sus hombres, de tirar por la borda cualquier conquista social y de echar tierra encima de las fosas, las armas y los billetes tintados de sangre.
Como señala Cyprien Birhingingwa, coordinador del Centro Nacional de Apoyo y Desarrollo de la Participación Popular (Cenadep) del Kivu Sur, un organismo que agrupa a todo el movimiento asociativo de la ciudad, "la explotación sigue y no va a menos. De hecho se ha exacerbado con la presencia de múltiples grupos armados e incluso los militares de la Operación Kimya II (la publicitada misión de la MONUC y el Ejército congoleño) se están asentando en zonas mineras".
Las barbaridades cometidas sobre la población local han sembrado los Kivus de hartazgo y desesperanza, tanto hacia los rebeldes ruandeses de las milicias de Nkunda o del FDLR, como hacia los uniformes de la MONUC, que patrullan a bocinazo limpio, dejándose notar... Ni que decir tiene que los soldados nacionales, con un sueldo mensual de 34 euros que no es pagado por el Estado, son otros tipos de muy poco fiar.
en medio de un cruel "reality" En-tre unos y otros propiciaron en este viaje de prensa episodios propios de un reality show. En plena recepción con el coordinador Cyprien, a las 9.00 en Bukavu, éste recibió una llamada de teléfono. La colgó para seguir con la entrevista. Pero el móvil volvió a sonar, y cuando finalmente conectó con el llamante, un escalofrío recorrió la mesa de los periodistas. "Se trata de uno de nuestros actores civiles del interior de la región. Acaba de recibir una visita del Ejército en su casa, la han incendiado y se encuentra en plena huida por carretera. Pide que vayamos a ayudarle".
No le va mucho mejor a un comprometido sacerdote de una parroquia del Kivu Sur. Uno de sus muchachos, menor de edad, tuvo la ocurrencia de desnudar las corruptelas del país a través de una canción. Su visión contenía un guiño a la esperanza. Hablaba de que la enseñanza es el camino que explorar en el futuro. La melodía resultó un temazo en la radiofórmula, pero parece que lo de la canción protesta no tiene gran acogida entre las autoridades. La policía raptó al joven, las protestas por su liberación se sucedieron y cuatro personas fallecieron en las barricadas. Se le liberó a la semana pero seguramente tendrá que buscarse un lugar mejor para vivir. Esas protestas en la carretera fueron el motivo de que el padre llegara media hora tarde a nuestra entrevista. Aún así lo primero que hizo fue disculparse por la demora. Está visto que en el Congo todavía hay gente cuya dignidad está por encima de todas las cosas.
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