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por javier armentia - Lunes, 7 de Diciembre de 2009 - Actualizado a las 08:04h

Andan las cosas revueltas, innecesariamente revueltas, porque realmente no es que estos días sean más complicados o más piratas que los anteriores. Pero de repente uno descubre la terrible vida de unos cuantos artistas (creadores, se dicen) que protestan porque la vida les va mal desde que hay Internet y la gente se baja música y películas y demás. No son todos, porque otros creadores están felices con que exista un escaparate donde las ideas fluyen, las músicas se popularizan y donde incluso a pesar del control férreo de las productoras, propietarias y expendedoras de esos productos más o menos culturales, algún artista puede comenzar una carrera y vivir para contarlo. Y esas poderosas empresas no sólo consiguen dineros de cada aparato electrónico que se compra en este país, pues además consiguen que las leyes, incluso las que se dicen sostenibles, incluyan textos que ellas dictan para mayor beneficio de ellas mismas, como siempre ha sido. Desde hace años, el ministerio de la cultura ha sido el de los contratos con esas grandes empresas, ni siquiera ajenas a los beneficios de eso que ellas denominan descargas ilegales. Y de verdad que la creación, la propiedad intelectual, los derechos de artistas y sobre todo la promoción y el conocimiento de los mismos han sido las relegadas a ultimísimo plano.

Entonces uno simplemente comenta que es posible otro tipo de reconocimiento, que las redes son por ahora redes comerciales y allí hay negocios que pueden ser honrados y lucrativos; que no hacen falta leyes de patada en la puerta y sin asistencia del juez, porque aquellas cosas fueron de un pasado que no era nada democrático; que realmente los creadores de verdad están ahora en otro sitio y no en sociedades de gestión de las pelas que se llevan del disco que almacena este texto, aunque sea una creación cuyo autor está convencido de que hay otra forma de atribuir y reconocer ese trabajo más allá de un mísero porcentaje que, a lo más, justifica para tanta gente que ni se pregunta el fondo moral de la cuestión porque, pagando, todo vale...

Quizá lo difícil es convencer a una ministra, o a su gabinete, de que ese neofeudalismo no nos lleva a ningún lado.

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