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por teobaldos - Domingo, 20 de Diciembre de 2009 - Actualizado a las 09:33h.
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Intérpretes: Orquesta Sinfónica de Navarra. Marion Ralincourt, flauta. Dirección: François Xavier Roth. Programa: Obras de Ravel, Philippe Hurel y Bartok. Programación: Ciclo de la Orquesta. Lugar y fecha: Auditorio Baluarte. 17 de diciembre de 2009. Público: menos del habitual del abono. Seguramente por el mal tiempo.
MAGNÍFICO concierto el cuarto del ciclo de la orquesta. Y es que en el hubo conjunción y total sintonía entre compositores e intérpretes, sobre todo en la novedosa presentación de Phonus para flauta y orquesta de P. Hurel. Insertados la flautista, el compositor y el director en las corrientes de la música contemporánea francesa, la excelente dirección del titular de la velada, acercó la obra de Hurel, integrada en el espectralismo, a la buena comprensión y aceptación del público. Fue una dirección rotunda, matemática en los cortes, clara, dominadora, pero, también fluida y libre, dejando que los sonidos se expandieran. Esos sonidos -generalmente más agudos- que acompañan a una nota fundamental por resonancia natural, y que van dando color y timbre a los instrumentos que vibran. O sea, una lección magistral sobre el espectro sonoro. Se nota que es habitual director del Ensemble Intercontemporain. A su lado Marion Ralincourt -la luminosa, vivaracha y joven flautista francesa- solucionó con convencimiento y entrega el entramado de una partitura en la que el solista debe sortear el poderío tímbrico de la orquesta, y ordenar los bucles, -virtuosismo y generoso fiato- de las repetidas escalas. El comienzo en la zona grave, resulta un tanto trabajoso; luego, la flauta se impone en la veta exploratoria de sonidos, en los saltos bruscos de un estado sonoro a otro, en el hallazgo de timbres nuevos. Ni la flautista ni el director dejan que la obra ceda en su tensión ni un momento. Engancha en su comprensible novedad. El fragmento del trío de flautas es de lo más logrado en esa sonoridad horizontal, suave y luminosa del instrumento. Al fondo siempre Debussy. Los flautistas de la orquesta, a la altura de la solista. El compositor, presente en la sala, recibió una cálida ovación.
Comenzó el concierto con la suite Mi madre la Oca de Ravel. Roth consigue que la orquesta nos introduzca en la onírica historia. Nos dejamos llevar por las diferentes texturas orquestales narrativas con una sensación de ensoñación y delicadeza. También de sorpresa. Que de todo hay en obra tan preciosista. Fue una primera parte -cambiado el orden que figuraba en el programa- bien pergeñada, coherente, y reveladora de la riqueza tímbrica de los instrumentos y de la orquesta. Mención especial a las intervenciones solistas, comenzando por el concertino.
En la segunda parte se nos revela el lado más carismático, extravertido y emprendedor del director Xavier Roth. La suite de danzas de B. Bartok fue un estallido orquestal de principio a fin. Con tempo vivo y sin concesiones. Obligando a los profesores a espabilarse en los allegros. Sonoridad potente y equilibrada, dentro de las posibilidades de la orquesta. Este estado de folklore imaginario -según Serge Moreaux- inspirado en danzas árabes, rumanas y húngaras, es una celebración festiva desprovista de todo pintoresquismo, y, a la vez, infinitamente feliz y de éxito popular desde la primera interpretación. Versión transparente para una orquestación también transparente, distendida y alegre.
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