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ROLDÁN JIMENO ARANGUREN - Miércoles, 13 de Enero de 2010 - Actualizado a las 07:21h
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AYER al mediodía nos dejó una de las figuras clave de la Historia del euskera de la segunda mitad del siglo XX. Llevó su enfermedad con sigilo, entre los suyos. Era seña de autor. Tanto sufrimiento y clandestinidad durante la dictadura franquista forjaron una personalidad discreta y en buena medida anónima. No era amigo de que se hicieran públicas sus peripecias. Varios historiadores intentaron -intentamos, añadiría- recuperar su riquísima historia oral que, debidamente recogida, podría constituir una apasionante monografía. En vano. "Hay cosas que no hay que contar", "eso no se puede dejar grabado". Siento, por ello, cierto pudor a la hora de esbozar una semblanza de Jorge. Si lo tuviera delante, ejercería de férreo censor: "Ni se te ocurra poner por escrito lo del Gobernador civil", "eso, cállatelo"… Y a la vista del vapuleo al que está siendo sometida Euskalerria Irratia en estos días, no dudaría en sentenciar sus tesis con el argumento que tantas veces le escuché sobre realidades similares: "¿ves?, ¡al fin y al cabo, tampoco han cambiado tanto las cosas!". Así que, de momento, le haremos caso, pero a futuro no demasiado, pues trabajo y personalidad Jorge Cortés Izal no pueden quedar en el olvido historiográfico.
Hombre de acción, podríamos extendernos en glosar su labor titánica en la complicadísima y heroica apertura de las primeras ikastolas en el tardofranquismo navarro y por impulsar, hasta el final de sus días, todo tipo de instituciones y actividades relacionadas con el fomento del euskera y de la cultura vasca. Su amor a la lengua le llevó a volcarse en proyectos imprescindibles para el desarrollo del euskera en Navarra, como el nacimiento de la primera radio euskaldun de Iruñerria, Euskalerria Irratia. Creo que no habrá en Pamplona colectivo relacionado con el impulso del euskera al que Jorge no haya arrimado el hombro. A veces su militancia se concretaba, de manera modesta, con su simple presencia en conferencias impartidas en euskera; daba igual el tema, ahí estaba él. Jorge era, también, el alumno más aventajado del euskaltegi particular que, bajo el magisterio de Asisko Urmeneta, era también aprovechado por Pablo Antoñana y mi padre. Jorge, amigo extraordinario de sus compañeros de pupitres y de aventuras, lloró hace siete años la pérdida de su amigo y vecino José Mari, y más recientemente, acompañó a Pablo con igual cariño en el último día de vida del añorado escritor de Viana.
Pero Jorge miraba también al Pirineo. Era de Otsagabia, y allí pasaba largos períodos vacacionales. A través del bosque de Irati, tan conocido por él -por pasar la muga solo y en compañía-, estrechaba lazos entre comunidades hermanas. Era excelente guía por aquel paraíso natural, y un magnífico anfitrión, junto con su mujer Esther León, en su casa, situada, con su huerto, en un precioso enclave al pie de la majestuosa iglesia local. Los euskaldunes de hoy debemos mucho a la generación de Cortés Izal, y muy especialmente a nuestro protagonista. Su firmeza, arrojo y agallas le posibi- litaron llevar a buen puerto su utopía. Acompañado siempre de su inseparable Esther, en los últimos años, su debilitada salud no mermó su fuerza, ideales e ilusiones, ahora más sosegadas. "Nos quedamos solos", como diría Pablo.
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