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Colaboración

Tecnología transgénica vs. ideología antisistema

por juan quintana cavanillas, Doctor Ingeniero Agrónomo y director de la Fundación Antama - Miércoles, 6 de Octubre de 2010 - Actualizado a las 04:11h.

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NAVARRA se ha convertido en un importante punto de encuentro en un campo tan avanzado como el de la biotecnología, con la celebración de Biospain2010. Quizás uno de los temas más controvertidos son los cultivos transgénicos, sobre el que algunos anti sistema aprovechan para lanzar todo tipo de falsas acusaciones con la viciada intención de meter miedo al ciudadano y defender, no una u otra tecnología, sino atacar un modelo económico. Un debate en el que cada cual puede tener su opinión pero que no se debería mezclar con el de la tecnología y su viabilidad económica, medioambiental y social.

El mercado de las semillas transgénicas ha quedado ocupado por una serie de multinacionales que han sido capaces de aguantar el tremendo coste económico que suponen los plazos desproporcionados para la aprobación de cada modificación genética. Muchas medianas empresas han desaparecido, pero no por la presión de las multinacionales, sino fundamentalmente por la imposibilidad financiera de cumplir los estrictos requisitos impuestos para entrar en este mercado.

En la Unión Europea (UE), hasta la reciente aprobación de la patata Amflora de Basf, se había autorizado una modificación genética en el maíz que ha dado lugar a 124 variedades comercializadas, propiedad de 12 empresas diferentes. En el momento actual en la UE ya hay dos empresas que ofrecen dos modificaciones genéticas cuyo cultivo está autorizado, así como otras dos más con eventos en su última fase de aprobación. Países como India y China, con más del 10 por ciento de la superficie mundial de cultivos transgénicos, tienen la mayor parte de esta tecnología en manos de sus propias empresas gubernamentales. En cualquier caso, son muchos los mercados dominados por las multinacionales y no por ello se cuestionan, por ejemplo, la industria farmacéutica, la energética, la del automóvil, la informática, la propia maquinaria agraria, etcétera.

La crítica a la tecnología transgénica se ha centrado en atacar el modelo de las multinacionales

Por otro lado, la semilla transgénica, como cualquier otra de maíz, la compra el agricultor cada año. Los híbridos clásicos, que son los que todo agricultor siembra desde hace décadas, pierden vigor si se resiembran, reduciendo mucho la productividad. El uso de simiente propia sólo queda en la memoria histórica de nuestro agro. Se puede comprar una semilla transgénica un año y al otro no, como cualquier otro input de la explotación y como cualquier otra semilla. La comprobación es muy sencilla, hablar con cualquiera de los agricultores españoles, algunos navarros, que siembran maíz modificado genéticamente. La misma comprobación se puede realizar si uno quiere estar seguro de si una semilla transgénica implica mayor o menor presencia de productos químicos en el campo. Sin excepción le dirán lo mismo, que han suprimido casi el cien por cien de la aplicación del plaguicida contra la plaga del taladro, que es la única utilidad diferencial de esta semilla frente a la convencional. Este plaguicida es muy agresivo, al contrario que la toxina natural que produce la planta, la misma autorizada como insecticida ecológico, generado en mucha menor dosis, pues está justo donde hace falta.

En el caso de las plantas resistentes a herbicidas, la modificación genética que hace resistente a las plantas al glifosato no es responsable de los residuos de esta sustancia en los alimentos o en el campo. Es una materia activa muy habitual en el mercado agrario desde hace décadas y que se utiliza para combatir las malas hierbas tanto en cultivos transgénicos como en convencionales. Además es una de las sustancias químicas menos nocivas dado su muy escaso efecto residual. Si existiera un problema lo podría generar un agricultor que haga mal uso del herbicida, unos altos niveles de residuos autorizados o un mal control por parte de los organismos competentes. El control de Límites Máximo de Residuos (LMRs) en los alimentos es independiente del tipo de planta de la que proceda, bien sea ecológica, convencional o modificada genéticamente.

Tampoco el que las plagas se hagan resistentes es un problema generado por la tecnología transgénica. Es un problema bien conocido por el sector agrario y obliga a la industria a investigar continuamente para poner en el mercado nuevos productos que sean nocivos para las plagas y, a su vez, cumplan los cada vez más exigentes requisitos ambientales. Un problema básicamente comercial.

En definitiva, la crítica a la tecnología transgénica se ha centrado en atacar el modelo de las multinacionales y poner sobre la mesa amenazas ambientales que de serlo, no lo son más por ser cultivos transgénicos y no convencionales. Pero hay que decir más, las semillas transgénicas contribuyen al menor uso de fitosanitarios, a facilitar la agricultura de conservación y al uso de productos mucho menos residuales y menos agresivos que los que se utilizarían con la misma semilla convencional.

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