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Los partidos deben ajustar su marketing político y electoral a los nuevos tiempos de crisis. Ante la próxima cita con las urnas, el voto de los navarros va a ser más meditado y menos pasional. Por contra, los partidos se fijan más en lo meramente formal, olvidándose del fondo
Juan José Domínguez y Javier Domínguez - Domingo, 12 de Diciembre de 2010 - Actualizado a las 04:15h.
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Un ciudadano introduce su voto en una urna electoral. (Foto: efe)
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el voto de la ciudadanía, por las circunstancias actuales de crisis económica y miedo al desempleo, adquiere de cara a la próxima cita con las urnas un carácter más racional que en las anteriores elecciones forales y municipales. Bien por determinados intereses, intentando responder a preocupaciones concretas, o bien para "pasar la factura" acumulada en la última legislatura, el voto va a ser menos pasional y mucho más meditado. Sin embargo, lo visto hasta ahora de las campañas de los partidos apunta al modelo norteamericano, copiando de éste lo meramente formal y olvidando prácticamente el fondo y el contenido. Van, en definitiva, a lo sentimental. ¿Conseguirán su objetivo o se encontrarán con que dan al ciudadano lo contrario de lo que éste busca?
crisis económica y voto racional La crisis económica aparece en todos los estudios sociológicos como la principal preocupación de los ciudadanos. En Navarra y en el resto de comunidades autónomas. Por tal motivo, los partidos políticos tratan de convencer a los votantes de que ellos tienen el mejor programa electoral para enfrentarse al paro, apostar por la I+D+I y mantener el tejido industrial para crear empleo. Es decir, la gestión de la economía se ha convertido en el eje prioritario de todas las campañas electorales que se van a llevar a cabo a partir de ahora. Por ello, desde un punto de vista del voto racional ("coste-beneficio"), los candidatos que defiendan una buena gestión de la economía parten con ventaja respecto a los contrincantes que diversifiquen sus objetivos políticos.
Sin embargo, la racionalidad tiene un límite: informarse cuesta, existen barreras cognitivas en las personas y no todo el mundo presta el mismo interés por las cuestiones políticas; y más, si se sobreinforma a la sociedad. En ese sentido, los responsables de campaña se encuentran con una dificultad: los candidatos deben hablar de economía, demostrando (o aparentando) que saben de cuestiones económicas, pero permitiendo al mismo tiempo que el común de la ciudadanía entienda sus propuestas.
Y, pese a los esfuerzos que se hagan, la razón no lo será todo. No vivimos en una democracia ilustrada, sino en una "democracia de audiencias". Conviene recordar que la "lógica del espectáculo" convierte a un porcentaje elevado de los votantes en "agrupadores de ideas" condicionados por los mensajes de las televisiones, radios y periódicos regionales y estatales. Y por criterios no racionales, sino emocionales.
El voto estratégico Otro dato a destacar es la variación sustancial que se ha dado en el comportamiento electoral de la ciudadanía. Hemos pasado de un "voto cautivo", en el que los partidos contaban con un grupo compacto de fi-eles, a una masa independiente que se manifiesta en las urnas de forma dual: dependiendo de la convocatoria (valorando si son elecciones generales o autonómicas, por ejemplo), una gran bolsa de votantes opta por una u otra formación política. O, incluso, la opción no es entre dos partidos, sino entre dos líderes, especialmente en las elecciones para organismos más cercanos físicamente al elector.
Llegados a este punto, entra en juego el valor del voto estratégico, en la medida que permite explicar e incluso "predecir" (con la prudencia que conlleva tal afirmación) las desviaciones de los votantes en cualquier convocatoria electoral. El "voto estratégico" no es otra cosa que el momento en que el elector no elige a su partido preferido, o al que más se acerca a su manera de pensar, sino que introduce la papeleta en la urna en función de intereses muy concretos. Y, de nuevo, la crisis económica y el desempleo modifican las conductas de los votantes. En una situación como la actual, el objetivo del ciudadano puede ser, por ejemplo: hacer valer al máximo su decisión en la distribución de escaños; condicionar la formación del gobierno y los pactos postelectorales; o expresar su protesta más airada ante el momento que se vive.
Tal vez, el grupo de electores más complejo y minoritario lo componen los votantes críticos y exigentes. Votan a partidos que no son sus preferidos, a pesar de que el suyo cuente con posibilidades de obtener escaños e incluso de gobernar. El motivo es intentar modificar el comportamiento en el futuro de la candidatura con la que se identificaron en el pasado.
Por poner ejemplos. En Navarra, podría darse el caso de que hubiera electores que anteriormente votaron a UPN que en mayo se movilizasen a favor del PP, tratando así que los de Cervera consigan suficientes escaños como para obligar a que el Gobierno sea de populares y regionalistas. Igualmente, y en este caso en la izquierda, podría ocurrir que el electorado optase por Nabai para maximizar el voto útil, dado que en estos momentos el PSN tiene un acuerdo institucional en el que gobiernan con los regionalistas. En cualquiera de los dos casos expuestos, el voto estratégico alteraría el reparto de fuerzas actual.
El voto estratégico, en fin, juega un papel decisivo en cualquier convocatoria electoral... pero puede serlo aún más en las próximas autonómicas.
El carisma de los políticos La crisis económica también afecta al carisma de los candidatos. El electorado quiere buenos gestores y soluciones, no candidatos de laboratorio. Distinguirse por una personalidad especial capaz de hipnotizar a las masas suele ser sintomático de una sociedad acrítica y manipulable o próxima a escenarios pre-revolucionarios. Como decía Le Bon (1952), "la devoción de hombres y mujeres jamás se ha otorgado a hombres benévolos, sino a tiranos que los oprimían vigorosamente".
El perfil de los candidatos carismáticos pertenece a otra época, a pesar de que aún perviven notables cabecillas. Los gobiernos modernos necesitan buenos gestores y no trapisondistas con sonrisas de anuncio. Y aquí es donde muchas empresas de comunicación siguen errando cuando diseñan las campañas electorales: tratan de crear una imagen del candidato que no se corresponde ni con la forma de emitir los discursos ni con la pose natural de la persona que hay detrás.
Uno de los errores más comunes de los partidos se basa en que los estrategas de diseñar las campañas electorales pierden demasiado tiempo en darle "cuerpo artificial y postizo" al candidato por medio de las técnicas de marketing político. Siendo éstas necesarias, imprescindibles incluso, sólo sirven como apoyo a cuestiones de fondo y calado. No basta con un buen lema, un escenario llamativo o lanzar proclamas a golpe de encuestas. Hace falta algo más. El traje del político solo se luce y logra buenos resultados si quien lo viste es capaz de transmitir valores, fortalece el valor central de los principios y crea estructuras mentales arraigadas.
Para conseguir este objetivo, resulta necesario que el candidato tenga capacidad de comunicación, que sea auténtico y que transmita confianza. De nada servirá disponer de una maquinaria electoral muy sofisticada si el candidato no conecta con los electores o genera recelos. La política no se fundamenta en la apariencia. De ahí la fuerza que adquiere la identidad social y cultural de los votantes. Es decir, para que una campaña sea efectiva, el líder político debe abordar las preocupaciones de los ciudadanos de forma simbólica y así transmitir sus valores morales y su honradez. Para ser auténticos hay que defender aquello en lo que se cree profundamente. Y, desde luego, conocer los problemas del conjunto de la ciudadanía y creer que son los problemas contra los que hay que luchar.
marketing político, un atrezzo Cuando la imagen del candidato no se corresponde con la "imagen de la persona", cuando lejos de parecer sincero se ofrece un aspecto de llevar "el papel aprendido", es cuando se habla más del marketing político que de las propuestas que se hacen. Un responsable de campaña debería de preocuparse, y mucho, si lo que se destaca de la presentación de un candidato es el escenario, el vestuario o la realización televisiva, o se comenta en los corrillos que "se nota que Fulanito ha aprendido a mover las manos". Los recursos del marketing político están ahí, pero no tienen que notarse. Si se notan, y dicho con un símil teatral, el atrezzo de la obra eclipsa al protagonista y al guión.
En este sentido, el marketing político es un apoyo para un conjunto de cuestiones que los publicitarios no pueden ni deben aportar en la campaña. Básicamente, hablamos del contenido programático, de tener un candidato que inspire confianza por su trayectoria previa o de la sensación de "equipo" que dé el partido. Todos estos elementos pueden maquillarse, destacando lo positivo y minimizando lo negativo, pero ningún experto en marketing electoral conseguirá pintarlos de la nada.
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