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Tribuna Abierta

Los muchachos del cine

por ignacio lloret - Lunes, 31 de Enero de 2011 - Actualizado a las 05:16h

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CADA año por estas fechas el cine español nos entretiene sin necesidad de hacer películas. En vísperas de la ceremonia de los Goya, siempre hay una escena, un primer plano o un desenlace mediático protagonizado por alguien del mundillo que nos reconcilia de algún modo con aquél. Esta vez han sido las declaraciones del presidente de la Academia, Álex de la Iglesia, anunciando su dimisión del cargo, la chispa que ha encendido la fiesta. A pocos días del evento anual con el que la industria cinematográfica se felicita a sí misma montando un tenderete de golosinas y niños con smoking, el encargado de organizarlo ha decidido no seguir al frente de la cosa y comunicárnoslo para que lo sepamos.

Al margen de la polémica surgida con motivo de la Ley Sinde, materia para otro artículo, y de la inoportunidad del presidente, quien debería haber aplazado su anuncio haciéndolo público después de la gran noche de febrero, noticias como la de su dimisión nos dan sobre todo ganas de reír. Cada vez que se producen, caemos en la cuenta de que el cine español, a falta de productos de calidad, provoca titulares de esta clase como única boya para seguir a flote. Sí, mediada la temporada de espectáculos, cuando ya casi nos hemos olvidado de él, reaparece de repente con novedades como el embarazo de una actriz, la paternidad de un actor o la enésima pelea entre la Academia y el Ministerio de Cultura. Consultamos la edición de los periódicos en busca de algún estreno de interés que nos alegre el espíritu, y lo que leemos es la crónica del último desencuentro entre subvencionados y subvencionantes o quizá, con un poco de suerte, un nuevo episodio en la vida de ese actor revelación cuyas frases ni siquiera entendimos cuando le vimos tartamudear en pantalla.

Hubo un tiempo en que en España a los profesionales del séptimo arte se les llamaba "artistas" y se les permitían extravagancias impensables para los demás. En un país cerrado y apático como la España de Franco, las estrellas nacionales del celuloide tiraban adelante sin grandes recursos, pero por lo menos llevaban una vida menos gris que el resto. Hoy, con un régimen democrático y en plena era de Internet, los desplantes y excentricidades de la gente del cine nos resultan infantiles como rabietas de niño, nos entra la risa observando cómo intentan impresionarnos con sus exabruptos de colegial. Y lo más ridículo y grave del asunto es que pretendan sorprendernos con sus numeritos sin antes habernos asombrado con su trabajo.

Los desplantes y excentricidades de la gente del cine nos resultan infantiles como rabietas de niño

Cuando Álex de la Iglesia vuelva a tocar la trompeta a solas en su casa, le saldrá una balada de notas tristes

Detrás de la decisión de Álex de la Iglesia, representante en funciones de todo ese colectivo, no está tanto su desacuerdo con la nueva ley antidescargas, como una incomodidad general comprensible en todo aquel que se considera a sí mismo creador. Una y otra vez, los muchachos y muchachas de nuestro cine, sean directores o actores, cometen el error de meterse en el berenjenal de los cargos institucionales sin advertir de antemano las consecuencias. En un momento bajo de su carrera, en un intento desesperado por reflotarla, aceptan ser ministros de Cultura, presidir la Academia o ser secretarios de la misma, y cuando quieren darse cuenta ya están metidos hasta el cuello en el lodazal político de siempre. Ellos estaban ahí para leer su propio nombre con mayor frecuencia en los titulares de los periódicos, y resulta que aparece mezclado con la jerga administrativa de las noticias sin glamour.

Y en casos como el de Álex de la Iglesia, la osadía es aún mayor, pues, por un lado, pretende pasar por un simpático outsider del cine local, mientras por otro se pone todos los días el terno de funcionario para ir a la oficina de la Academia a fichar. En el fondo, es esa esquizofrenia insoportable lo que le ha llevado a presentar la dimisión.

Pero ese pecado de vanidad no es exclusivo de los cineastas. Cuántas veces hemos contemplado el espectáculo obsceno de escritores o músicos que se prestan a ocupar cargos de gestión previo nombramiento por parte del gobierno que sea. En casi todos esos casos, a la satisfacción inicial por el honor recibido le sucede una sensación desagradable, una incomodidad que va incrementándose poco a poco. Sí, de pronto el traje ya no les sienta tan bien, empieza a picarles en la nuca como un jersey de lana. Tan evidente es su malestar al cabo del tiempo, que en las entrevistas que conceden en su calidad de titulares del puesto siempre se esfuerzan por recordar al oyente quiénes son ellos en realidad, qué hacían antes de estar allí y los proyectos creativos que les esperan para cuando dimitan.

Hace casi dos siglos, Schopenhauer ya nos advertía de todas esas trampas, destacaba la importancia de que el filósofo y el artista preserven su independencia hasta el final. No parece que sus enseñanzas hayan calado demasiado.

Dentro de pocas semanas, cuando Álex de la Iglesia vuelva a tocar la trompeta a solas en su casa, le saldrá una balada de notas tristes, esa cantinela conocida de quien se dejó seducir por el poder y perdió su encanto para siempre.

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