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Opinión

Muerte y resurrección de la ideología

por carlos vilches, * Sociólogo - Domingo, 15 de Mayo de 2011 - Actualizado a las 05:21h

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Tras la inicial muerte de Dios y el posterior deceso de las ideologías -sustentados ambos aforismos en el discurso argumental de F. Nietzsche y D. Bell-, el capitalismo de consumo ha irrumpido progresivamente hasta su actual dominación en las sociedades desarrolladas. Si a ello, además, se une el dilatado suicidio del Estado paternal de Bienestar, nos encontramos no solo huérfanos, sino a su vez desahuciados en lo ideal y, cada vez más, en lo material. La pérdida de los referentes éticos y morales que sustentaron las sociedades precedentes, y la imposición del pensamiento único fundamentado en el hedonismo para la satisfacción del deseo posesivo que propugna el sistema capitalista, proyecta un difuso paisaje humano construido, ahora, desde la unidimensionalidad de hombres y mujeres que ya preconizó H. Marcuse en los pasados años 60.

La domesticación del sujeto moderno se articula a través de su sujeción socioeconómica, e ideológica en alguna medida, con el hiperconsumo -aunque en la actualidad esté en regresión por la propia crisis económica-. En la esfera política a la ciudadanía se le niega su poder como sujeto activo, y se le relega a votar periódicamente a determinadas opciones adscritas a los límites marcados por una contenida legalidad. Así, la liturgia electoral se convierte en un proceso de alienación, donde se delega en el otro (los partidos) la expresión de los propios derechos de participación y decisión en la vida política y en la construcción cotidiana del entramado social. Basta mirar los parcos avances acaecidos en el sistema de participación política desde la denominada como Transición española, para comprobar este estado de hibernación democrática que nos contiene.

El discurso político del poder, utilizado como entramado ideológico para el sustento de las mentalidades sometidas, se ha obstinado en hacernos creer que solo existe una sociedad que se muestra construida en términos de dualidad maniquea. En un lado: nosotros (el intragrupo), los buenos, quienes se ubican en el estado del derecho, de la tolerancia y el rechazo a la violencia, los demócratas, -aún sorprende la arrogancia con la que algunos políticos se denominan a si mismos con este concepto-, suponen el referente identitario a seguir. Por exclusión quedan: los otros (el extragrupo), los malos, quienes no participan del modelo de pensamiento uniforme establecido, los diferentes, quienes postulan que una sociedad mas justa es posible, los outsiders, los de la otra acera y cada vez más de la otra orilla... Además, si te quedas en el centro te lleva la corriente de la indiferencia.

En este devaneo, el discurso político se ha tornado vacío de lógica, sentido y contenido. La ideología que sustenta a conservadores y progresistas en los partidos mayoritarios, lleva a situaciones tan perversas y confusas como que la defensa de los intereses del poder económico sea realizada por el Partido Socialista, y la oposición conservadora propugne, si llega al poder, una panacea de trabajo para las clases más desposeídas o incluso mejorar las ya perdidas prestaciones económicas y sociales.

Este tiempo de liturgia electoral supone repensar el voto, pero también los referentes de qué modelo de sociedad queremos, aunque ello nos lleve hacia la utopía. Una resurrección de Dios, en términos societarios, no parece lo más conveniente, pero sí se muestra pertinente la (re)construcción de una ideología que dé sustento unitario a una forma alternativa de ver el mundo desde una perspectiva de mayor justicia.

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