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El seguidismo cómplice de los socialistas a las exigencias de UPN, impuesto desde la dirección, otorgó mucho más poder municipal del que la voluntad democrática y plural de las navarras y navarros le dieron en las urnas
Domingo, 12 de Junio de 2011 - Actualizado a las 05:22h
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lA elección de casi 250 nuevos alcaldes de Navarra transcurrió en la mayor parte de los casos conforme al guión que exigió la señora Barcina al PSN: excluir cualquier pacto político que no favoreciera los intereses de UPN en Navarra. La dirección del PSN lo aceptó sumisamente y la jornada de ayer evidenció que es Barcina, pese a su situación de minoría mayoritaria y su necesidad de contar con los votos del PSN, quien controla la vara de mando. El PSN dejó en manos de Enrique Maya la alcaldía de Iruñea renunciando incluso a negociar una alternativa progresista y transversal con Uxue Barkos desde su propio programa. El PSN lleva años pagando electoralmente su sumiso seguidismo a UPN en Pamplona, y la jornada de ayer sólo incidirá en la inutilidad de su voto en una ciudad que refleja en las urnas tanto su pluralidad como su demanda de cambio del modelo de gestión gris, megalómano, deficitario y conservador que ha caracterizado los ayuntamientos de UPN. Es cierto que al menos de momento el PSN no estará en el equipo municipal de Maya -los tres concejales se negaron a aceptar las humillantes exigencias de UPN en el reparto de la gestión y de las concejalías-, pero su capacidad política seguirá igualmente sometida a los intereses del pacto de gobierno de Barcina con Jiménez. En realidad, lo ocurrido en Pamplona es paradigma de lo que hizo ayer el PSN en el conjunto de Navarra facilitando el acceso de UPN a más alcaldías de las que la voluntad plural de la sociedad navarra les otorgó el 22-M -Estella-Lizarra, Tafalla, Burlada, Barañáin, Zizur...- aun a costa de dejar por los suelos el mantra mediático de la última semana de que sus pactos serían en función del programa. Y mucho más allá de la presencia o no de Bildu para servir como excusa con casos tan inexplicables como Sartaguda o Peralta, o Egüés, donde la campaña socialista reclamó el voto para revelar la oscurantista gestión urbanística de UPN y ahora le ceden la alcaldía. El aparato socialista ha seguido disciplinadamente la consigna política impuesta por UPN de vetar la pluralidad política -con excepciones de las bases socialistas en Lodosa, Ribaforada o Larraga-, para acceder a consejerías, cargos y cuotas de poder y ha asumido seguir jugando el papel político de muleta de la derecha navarra. Pero nada de todo ello impide la realidad de una comunidad plural y compleja políticamente que exige mayores dosis de integración y consenso democrático del que ha hecho gala la derecha tras 20 años de gobierno en Navarra.
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