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Editorial

La caída de Gadafi

Con la entrada de los rebeldes en Trípoli y el derrumbe del régimen que ha controlado Libia 42 años, la 'primavera árabe' acaba con otro dictador en el Norte de África, pero aún quedan importantes dudas sobre el futuro de esta zona

Martes, 23 de Agosto de 2011 - Actualizado a las 05:21h

lA caída de un personaje de la catadura de Gadafi y del régimen que ha controlado Libia durante los últimos 42 años es una buena noticia desde el punto de vista de la posibilidad de recuperar las libertades y de construir un modelo político asentado en el respeto a los derechos humanos. Es cierto que pese al derrumbe del régimen político de Gadafi aún quedan núcleos de resistencia y parece que la agonía y la violencia aún pueden alargarse durante unos días, pero todo indica que Libia se dirige a un nuevo tiempo y esa realidad de cambio social y político no está exenta de importantes dudas y lagunas. En primer lugar, el papel de los países occidentales, que han sido fieles sostenes de Gadafi a cambio de disfrutar de la explotación comercial y empresarial de los importantes recursos naturales y energéticos de Libia -y ahí están las fotos del dictador con Aznar, Juan Carlos de Borbón o el propio Zapatero como testigos de ese indigno doble juego que Europa y EEUU han practicado y aún practican con las dictaduras del norte de África-, y que ahora han impulsado el triunfo militar de los rebeldes con los bombardeos de la OTAN, una intervención militar que de nuevo cuenta en su balance con cientos de víctimas civiles inocentes que se encubren bajo el eufemismo de daños colaterales. En segundo término, las incógnitas que planean sobre el proceso político que pueda poner en marcha el Consejo Nacional de la Transición, el órgano que ha aglutinado hasta ahora a los grupos rebeldes que han derrocado a Gadafi, una amalgama ideológica, tribal y religiosa de cuya unidad y coherencia a partir de ahora existen serias dudas. Como tercera cuestión queda sin resolver el futuro del propio Gadafi, desaparecido tras la ocupación militar de Trípoli, y sobre quien pende una orden de captura internacional para comparecer ante el Tribunal de la Haya. Sin olvidar que la derrota de Gadafi no pone fin a otras revoluciones de la llamada primavera árabe ya en marcha -como es el caso de Egipto o Túnez-, o sometidas a brutales represiones como en Siria, Bahréin, Yemen o Marruecos o simplemente silenciadas por la opresión de regímenes dictatoriales como los de Jordania o Arabia Saudí. Y ante los que Occidente sigue manteniendo, pese a las demandas de libertad y democracia de sus ciudadanos, la misma sumisión cómplice por supuestos intereses económicos, empresariales o geopolíticos que tuvo Gadafi, Ben Ali en Túnez o Mubarak en Egipto.

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