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Tribuna Abierta

Crisis, educación y futuro

por celso sánchez capdequí, Profesor del Dpto. Sociología Aplicada UPNA - Lunes, 3 de Octubre de 2011 - Actualizado a las 05:25h

LA virulencia de la crisis económica está golpeando a todos los sectores de la sociedad sin miramiento de ningún tipo. Es difícil pensar en algún sector, profesión, clase social o grupo cultural que haya podido esquivar su larga e inquietante sombra. Más allá de la cascada de noticias, rumores, planes de acción de los gobiernos y previsiones macroeconómicas, la dimensión micro de lo doméstico, lo íntimo y lo familiar se altera y se desgarra sin dejar margen de respuesta a los directamente afectados para explicarse y para responder a la tragedia que se cierne sobre ellos. Solo la coordinación de las voluntades de los diversos sectores y fuerzas sociales que componen el tejido social puede abrir la senda de la canalización de un proceso que, abandonado a la autoculpabilización de los afectados y a la ceguera privatizadora de los responsables, nos lleva a la pasividad y a la reproducción del dolor.

Aunque no son los únicos damnificados, los profesionales de la educación han iniciado el curso académico con recetas por todos conocidas cuando las arcas públicas flaquean y el desánimo generalizado azota a la sociedad: recortes de plantilla, escasez de docentes, aumento de horas de trabajo e incertidumbre generalizada. Más aún, sobre ellos recae la sospecha, alimentada por la pulsión privatizadora hegemónica en nuestro tiempo, de que su actividad profesional goza de privilegios ajenos a la inmensa mayoría de la ciudadanía. En este contexto de incertidumbre angustiante cobra fuerza la idea de que su función social requiere de menos docentes, menos atenciones y menos recursos económicos porque el objeto al que se dedican profesionalmente, la formación ciudadana y la instrucción en el saber de los más jóvenes, no ocupa un lugar prioritario en este momento de asfixia económica y social. Una vez más, se puede estar transmitiendo a la sociedad que la educación es, ante todo, un lastre y una rémora.

Dicho queda que el sufrimiento derivado por la crisis se difunde y gana espacios por doquier. Sin embargo, el problema específico de la educación merece una atención relevante porque en ella la actual sociedad se mide con esa zona sutil e inadvertida que tiene que ver con los ideales y valores transmitidos en los usos cotidianos, en los hogares, en las expectativas de los adultos, en los discursos mediáticos y en la ensoñación tecnológica. El cometido educativo de la escuela se convierte en sensor y termómetro que informa de las tendencias larvadas de nuestros jóvenes en el presente y de cambios posibles en el futuro. Por ello, nos permite ir renovando y reeducando vicios y cegueras que han desembocado en nuestro dolor y que solo la transmisión de modelos sociales integradores y garantes de la fibra moral de la sociedad, la convivencia respetuosa en el aula, la lectura guiada de textos y libros, la pedagogía de la argumentación y el aprendizaje (del saber) escuchar pueden ir modificando.

Dicho queda que el sufrimiento derivado por la crisis se difunde y gana espacios por doquier

Me refiero a que la crisis parece haber nacido solo tres años atrás cuando se produjeron los primeros movimientos sísmicos de la economía financiera internacional. A mi entender, la crisis pudiera tener más edad de lo que parece. Ahora se está expresando con una intensidad descomunal y desgarradora, pero ha vivido entre nosotros desde hace años sin haber sido detectada su presencia. De puro no verla en muchos de nuestros hábitos y expectativas, en muchas de nuestras ambiciones y pulsiones acumulativas, ha ido adquiriendo una enorme musculatura y unas proporciones desmesuradas. "Estamos en crisis" se dice hasta la saciedad. Yo añadiría: "ya estábamos en ella", peor aún, la nutríamos entre todos y ahora se nos ha ido de las manos.

El actual debate sobre la educación lo pone de manifiesto. Las instituciones encaran el problema del profesorado y las necesidades educativas con recortes económicos, solo con medidas que ya todos conocemos y que muestran una miopía institucional y social alarmante. Es no ver el problema y esperar a que la crisis amaine atendiendo a las cifras y a las reducciones de déficits y deudas soberanas. Pero el problema que exige nuestra atención como origen de la crisis es la trama de ideales y sueños que nos trajeron hasta aquí y que mucho me temo que, de no meditar sobre ellos, puede perdurar cómodamente entre nosotros. No en vano, los últimos años nuestras sociedades del bienestar han vivido bajo el mito de la acumulación económica y el regodeo egocéntrico con la consiguiente desatención hacia lo público, lo común y lo compartido. Nos olvidamos de fomentar una idea común de la sociedad, de lo colectivo: de nosotros mismos. Y sin ella, toda iniciativa personal queda desactivada sin ambiente propiciador generador de adhesiones e ilusiones, de voluntades y proyectos, de esfuerzos conjuntos y coordinados.

La escuela, el profesorado y los desafíos del estudio, la formación y la instrucción merecen más atención y cariño que nunca porque solo de su adecuada orientación puede nacer y brotar otra sociedad, otra idea de sociedad, otro ideal ideal de sociedad, que integren los proyectos individuales y colectivos de la ciudadanía y no los escinda y separe alentando el extrañamiento recíproco y la fragmentación de voluntades e inteligencias. En manos de los docentes y de los educadores queda la posibilidad de imaginarnos con otros referentes, de que nuestros jóvenes diseñen trayectorias vitales fruto del conocimiento de los errores del pasado. De nada sirve la sobreactuación mediática de nuestros gestores y políticos si su mirada ignora la cuestión sutil y cualitativa de las metáforas y valores que han provocado tanto desgarro. En vez de tanta motosierra y tijeras, la tarea educativa requiere esfuerzos conjuntos en la comprensión de los problemas, sus causas y sus posibles soluciones.

En definitiva, ¿no será que en vez de recortar habrá que replantearse autocríticamente qué se ha hecho mal? ¿No será que, hoy más que nunca, lo prioritario será una meditación profunda y sosegada acerca de los motivos por los que hemos llegado hasta aquí? ¿No será que sin encarar este debate todo lo que se haga en términos económicos lo único que garantiza es volver al inicio del problema? ¿No será, en definitiva, que hoy más nunca, hemos de reivindicar la escuela, la educación, el estudio, la pedagogía para corregir modelos de comportamiento nocivos para la convivencia colectiva y la vivencia individual? La educación no es el problema, es la solución o, al menos, uno de los recursos a nuestra disposición con los que podemos imaginar rumbos renovados e ideales integradores. Cualquier pretensión de reeducar a los ciudadanos, a los adultos, a los jóvenes y a los recién llegados, pasa por poner en cuestión los ideales predominantes en nuestra sociedad, someterlos a discusión y proponer pautas de cambio, pasa por reivindicar el papel de los docentes y profesores en todos los peldaños de la educación.

La crisis no da tregua. Sobre todo, no da tiempo. El dolor que nos inflige parecería exigir solo y únicamente respuestas inmediatas y resolutivas. La sobreactuación mediática de los organismos internacionales, los gobiernos nacionales y las administraciones autonómicas obedece a la aceleración que rige el curso de nuestras biografías y, más en concreto, de las urgencias electorales. Frente a la inexorabilidad tiránica y asfixiante de nuestro ritmo de vida, la educación nos habla de otro tiempo, de procesos de cambio y conversión moral y mental que siguen un curso lento, a largo plazo, sin efectos inmediatos. Sin este otro modelo de tiempo, cualquier proyección de cambio social es un brindis al sol, una garantía para prorrogar el dolor y, sobre todo, para dejar sin esperanza a las futuros habitantes de nuestro planeta.

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