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Al mismísimo ministro Wert

por José Manuel Bujanda Arizmendi - Martes, 18 de Diciembre de 2012 - Actualizado a las 18:43h

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Es preciso incidir en los principios de diversidad, diálogo, compasión y tolerancia en las aulas para fortalecer, en lugar de debilitar la relación entre aprendizaje y capacitación por una parte y entre democracia y enseñanza por otra. La intolerancia y la negación de la diferencia son enemigas de la democracia, y es difícil, si no imposible para los estudiantes, creer en la democracia sin reconocer la diversidad cultural y política como condición primordial para aprender múltiples alfabetizaciones, experimentar la vitalidad de diferentes culturas, y rechazar la comodidad de las culturas monolíticas definidas por las exclusiones racistas. Ante la pobreza, el desempleo y la disminución de oportunidades sociales, procede proporcionar a los estudiantes los conocimientos, las técnicas y los valores que necesitarán para enfrentarse a algunas de las cuestiones más urgentes de nuestro tiempo. Educar para conseguir una ciudadanía crítica significa también explorar la función social que desempeña la cultura en la revisión y el fortalecimiento del entramado de la vida pública. Francisco Colom en “Razones de Identidad. Pluralidad cultural e integración política” Anthropos, Barcelona 1.988, defiende que la función social y política de la cultura ha cambiado radicalmente en el tránsito a la modernidad. El poder ha terminado por asumir la tutela de la cultura y no permanecer neutral frente a una serie de decisiones de calado político, como pueden ser a título de simple ejemplo ilustrativo, la elección de la lengua para la instrucción y la administración pública, la determinación de los contenidos curriculares o la fijación de un calendario de fechas relevantes para la simbología nacional. En este sentido la existencia de una pluralidad de identidades culturales en el seno de un mismo estado se convierte en un asunto complicado, pues la cultura ha cobrado evidencia e influencia ante los individuos, mostrándoles el inevitable significado político que conlleva su organización, y obligando al poder a intervenir activamente en su reproducción.

“Españolicemos a los alumnos. Es nuestro interés en españolizar a los alumnos catalanes”. Sí señor!! que ya era hora de hablar claro!! Así se manifestó con todo gracejo chamberí, como si estuviera bailando un “Chotis” muy agarrau un tal ministro de Educación del PP llamado Wert. Un demagogo e irresponsable. Provocador. Torpe y casposo. Miraba a Cataluña y hacia algún otro sitio más. Su objetivo era claro, hay que españolizar al alumno. Sí señor! Aplausos. Eso es estar a la altura de las circunstancias! Bien por él y por los que le bailaron el agua a su gallardía carpetovónica.

Así la enseñanza en euskara, ha asistido periódicamente a declaraciones, tertulias y artículos de opinión basados en la tergiversación, medias verdades, inexactitudes cuando no de mentiras o insultos. Se ha pretendido, a veces, sembrar en la opinión pública española la semilla de una sospechosa relación entre las líneas en euskara con la incompetencia profesional, la falta de capacitación del alumnado, el adoctrinamiento ideológico cuando no con la xenofobia, la limpieza ideológica, el odio a lo español, al otro diferente e identificarlo con la violencia. Pero no, ni ha sido así ni es cierto ni justo. Calumnia que algo queda!!

En un tema tan delicado como es el de la Educación tendríamos que remar a la vez y en la misma dirección, aunando esfuerzos, concitando adhesiones, sumando, integrando, detectando los problemas, llenando de contenido las lagunas, mejorando lo mejorable, criticando lo criticable y actuando con espíritu de mejora. Con actitudes constructivas. Con siembra de diálogo, pacto y acuerdo. Existen cuestiones de fondo sobre los que sí procede debatir sosegadamente, reflexionar sobre qué se pretende con la educación, qué tipo sociedad la propone y se propone, cuáles son los valores dominantes y cuáles entendemos que deberían de ser los válidos del futuro, qué escuela proyectamos, qué perfil de alumno, qué clase de ciudadano, procede reflexionar sobre los valores de convivencia y de respeto, procede expresarse sobre el malestar docente, sobre la diversidad del alumnado y su tratamiento específico, sobre la controvertida disciplina en las aulas, sobre las técnicas de resolución de conflictos, sobre sus impotencias y angustias y sobre un muy largo etc.. Urge una lectura más compleja de la situación actual del mundo educativo y ello desde las responsabilidades compartidas. Hoy en día un aula de la ESO no sólo está llena de adolescentes sino que es además la mejor expresión de muchas de las contradicciones que como sociedad vivimos. Existen ciertamente problemas de docencia, y de todo tipo, en nuestras aulas. Pero hoy hay, auténticos problemas, ciertos y constatables, objetivos, preocupantes, de transcendencia cara al futuro, problemas de pie en tierra, acuciantes y verdaderos.

¿Es del todo cierto que los jóvenes de hoy en día “saben menos” que nosotros a su edad? Pero, ¿qué es saber? Realmente, ¿sabemos de lo que estamos hablando? ¿Hablamos todos con las mismas referencias sobre la comprensión lectora, sobre la cultura matemática y científica, entendemos todos lo mismo cuando hablamos de cultura general? De todas maneras, no nos olvidemos, el fenómeno educativo y la enseñanza ha sido siempre, y es, motivo continuo de reflexiones, optimistas y pesimistas, dudas y preocupaciones. Así de abrumado se manifestaba en su día J. C. Tedesco, exdirector de Educación de Unesco: “Siempre se ha hablado de crisis de la educación, pero la actual tiene características peculiares: no sabemos qué enseñar, ni quien debe de hacerlo, ni para qué”. Pero hay algo que no puede ser. Lo que no puede ser que cada vez que haya cambio de partido político en la Moncloa se ponga patas arriba todo el tinglado educativo. No puede ser que cada cambio de gobierno en Madrid suponga inexorablemente salidas de pata de banco al margen de los propios agentes educativos activos, profesores, sindicatos, asociaciones de padres y madres. No puede ser. Pero es. El ministro Wert, ha sido torpe e inoportuno, en las formas y en el fondo, impresentable e incalificable, fuera de lugar, del lugar adecuado quiero decir. Y por cierto, su última Reforma Educativa aprobada por el Consejo de ministros del PP responde a un claro impulso político e ideológico, centraliza materias y evaluaciones, ignora a los agentes activos en el sistema educativo y hace caso omiso a los Estatutos de Autonomía con competencias importantes en Educación. Un dislate. Y ello de la mano de un arrogante duro que busca el fácil aplauso de la caverna mediática de la piel y toro. En vez de hincar el diente a los auténticos problemas que sufre el sistema educativo en general, se pronuncia con desdoro y gallardía castiza por la españolización. Y se queda tan pancho él. ¿Ministro de educación? Su dimisión rezumaría alivio.

Una reflexión final dedicada al mismísimo ministro Wert, “Repensar” según la última edición del Real Diccionario de la Lengua es “un verbo transitivo, sinónimo de reflexionar” y según el Diccionario Ideológico de Casares significa “volver a pensar con atención” cuestión que me permito aconsejar al ministro, porque ante este personaje, uno no puede evitar recordar aquel lejano Jaimito, y al gris y plúmbeo “Florido Pensil” tardofranquista de un ministro casposamente preconstitucional y recentralizador.

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