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Aloctonía y culturicidio

por Julio Urdin Elizaga * Escritor y exconcejal de cultura Ayto. Uharte - Lunes, 14 de Enero de 2013 - Actualizado a las 11:54h

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Decía Marx que en época de crisis es muy dado que el espíritu mediocre conciba una idea inversa a la de los “estrategas de cuerpo entero”. Por si estos últimos se ausentaran, debido a razones de índole personal, profesional o crematística, nuestro municipio contaba con un Plan Estratégico cuyo recorrido ya iniciado en sus fundamentos principales habría de ser amparado por sus sucesores. Al menos eso cabría esperar cuando estos perteneciesen al mismo grupo que lo ideara, caso del GIH en la Villa uhartearra. Su práctica, no obstante, apuntalada por el apoyo de los representantes del PP y PSN, respectivamente, demuestra no solamente no ser así, sino estar encaminada hacia todo lo contrario; avanzando, eso sí, a toda máquina sin aparente resistencia, en materia de desmantelamiento de las políticas culturales y lingüísticas.

En poco tiempo se han encargado de hacer desaparecer todo aquello que les importunaba, bajo escusa de la crisis, expulsando de sus esferas de actuación la presencia incómoda del artista y del historiador (ahora también parece ser sobran escuelas infantiles , niños y técnico de Animación sociocultural) para así manejarse mejor en el ámbito de sus intereses. Pues ya se sabe que en lógica experiencial del tiempo se prescinde así, de un plumazo, tanto del pasado como del futuro incomunicándonos en presente.

Tres han sido las actuaciones en este sentido. La primera, ya comentada, la de la externalización de los servicios culturales. La segunda, el cierre de la fundación Huarte-Buldain fundazioa, que tras la puesta en manos del gobierno del Centro de Arte deja mermada la infraestructura artística de la Villa. La tercera, el intento de implantación, ratificado por las tres fuerzas que gobiernan el consistorio, y congéneres, del PAI (antiguo TIL), cuya vocación nace, como todo el mundo sabe, de la necesidad de mermar apoyos a los modelos que tienen al euskera como idioma troncal, es decir, digno de ser transmitido generacionalmente en el ámbito también de la educación.

La torpeza, no obstante, de los acuerdos adoptados parece no obedecer a iniciativas dignas de ser tenidas como programadas, sino, más bien, al fruto de la improvisación (derivada en parte, supongo, de la grave situación económica generada por la creciente, encubierta, deuda interna). Y como quiera que la política poco comunicativa de la actual corporación no da demasiadas pistas sobre cuáles son, ni de la dirección que puedan llevar, ni de su finalidad, sí, al menos, intentaremos penetrar en su causalidad mediante el análisis de ciertos indicios sintomáticos de la enfermedad que afecta, hoy por hoy, a nuestra cultura local más allá de lo que resta, sobre todo en el ámbito popular, como es la permanencia de la “chistorrada”, verdadero chapapote de la misma.

Debido a ello, no hablaremos aquí de filosofía, aun matizando, como lo hace Emilio Lledó bajo la aseveración de que si ésta existe se debe principalmente a “una actividad que se ha dado en la historia [...]Sobre todo si descubrimos que esa existencia respondía a una actividad del cerebro humano que necesitaba, para su desarrollo y afirmación, plantearse muchos de los temas llamados filosóficos y, en este planteamiento, luchar por encontrar el puesto que, en la sociedad y en la Naturaleza, corresponde al hombre.”

En la experiencia de nuestro caso local, como venimos apreciando, seres conscientes de pertenencia a una más o menos reciente realidad histórica, cultural y lingüística. En este sentido, y en los tres supuestos mencionados, podremos apreciar la intencionada merma del elemento local. Lo local, según afirma el antropólogo González Alcantud, es lugar fuerte de la memoria en tiempos de errancia (subtítulo del ensayo La ciudad vórtice, dedicado a su Granada natal).

Es la autoctonía frente a lo venido de fuera, lo alóctono. Entre lo último se puede contar, como ya denunciara en su momento Sloterdijk hablándonos del desenraizamiento como antropotécnica cristiana y de las religiones instituidas (Has de cambiar tu vida, Pretextos, 2012: 280), proyectos universitarios, incluidos, que luego sirven como programas de “gestión cultural”, alejados de la realidad idiosincrásica, a la manera como funciona el programa de la vivienda residencial moderna y al uso, que lo mismo sirve aquí que en Pekín o Calcuta, consiguiendo hacer del paisaje urbano y cultural una realidad anodina en su reiteración, y que hacen de la propia Universidad parezca más una “agencia de colocación” que del conocimiento, función que debiera ser desempeñada por las “oficinas de empleo”. La aloctonía tiene sus instituciones en la realidad cultural de la Villa: son, principalmente Foro Europeo (que desarrollara el propio Plan Estratégico de la misma) y el Centro de Arte (como uno de sus puntos fuertes).

Ambas tienen la responsabilidad manifiesta, directa o indirectamente, de aportar los instrumentos necesarios para el desarrollo de lo autóctono en dialógica comunicación con lo alóctono desde la enculturización identitaria y no, como algunos parecen estar empeñados, desde la anomía, consistente, en González Alcantud, en una imposibilidad de integración dentro de la solidaridad orgánica –añado yo – comunitaria; pues este último es elemento principal constituyente de la práctica culturicida manifestada, en nuestro caso, como ya vimos, en la progresiva despatrimonialización de elementos significativos de la memoria histórica, artística e idiomática, es decir, del pasado como suma de todos los presentes que habrán de proveer nuestro futuro.

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