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Freedom for words

El liderazgo se ha convertido en líder de audiencia

Por Pello Yaben (www.pelloyaben.com, contact@pelloyaben.com) - Domingo, 6 de Marzo de 2016 - Actualizado a las 06:09h

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Liderazgo. Hay un embrujo con esta palabra como lo hubo en su momento con el nacionalsocialismo. Parece el salvador y precursor de una nueva era: la superioridad racial del líder. Me asombra que, siendo una palabra con poco más o menos la longevidad del padre de mi abuelo, la historia de la humanidad no pueda ser explicada sin citarla. No pongo en duda la necesidad de una jerarquía en las empresas, pues es parte fundamental de su naturaleza y de su éxito, sino a darle a este concepto tintes de realeza. Por lo tanto, no pretendo disminuir su importancia, sino amortiguar su predominio.

Hablar de liderazgo, dejar caer que manejas un par de teorías y que pronuncias casi del todo bien el apellido del gurú de moda, te distingue y te integra al mismo tiempo en los corrillos empresariales. Pero si en vez de liderazgo hablas del liderado, todos te responden aturdidos “¿lidequé?”, y tienes que repetir la palabrita como pidiendo perdón.

El liderado, la masa de personas que protagonizan el éxito real de las organizaciones, es una palabra feísima y nunca invitada a los actos oficiales. No hay una sola teoría sobre el liderado, ninguna formación centrada en la acción del liderado como sujeto propio e independiente de las andanzas del líder (sobre todo si éste es nefasto).

Los esquimales cuentan con cientos de palabras para distinguir el estado del hielo. Les va la supervivencia en ello. Y si el liderazgo en la sociedad moderna es asunto de vida o muerte, no entiendo por qué nos conformamos con un solo verbo de acción para transitar por tan escarpado terreno.

El liderazgo se ha colado en las organizaciones bajo la apariencia de un concepto virginal por mucho que después lleguen las desilusiones

No pretendo disminuir la importancia del liderazgo, sino amortiguar su predominio

Los conceptos que esconden un oscuro pasado o incluso malas intenciones apuestan por la sonoridad ligera e indolente de la l para encandilar: hitleriano, holocausto, caníbal… No parece haber nada malo detrás de una palabra biensonante por mucho que después lleguen las desilusiones. El liderazgo se ha colado en las organizaciones bajo la apariencia de un concepto virginal.

Imaginen que a la acción de liderar se le llamase de un modo menos eufónico y triunfal. Por ejemplo, Zamutear o Pazundriar. Resultaría chocante cruzarse por los pasillos con el Zamutero de Marketing, la Zamutera de Tecnología o con el Pazundrio de la empresa. Ascender en una organización con esa terminología a cuestas ensombrecería el ridículum vitae de cualquiera.

Lo que yo llamo líderes, es decir, personas que anhelan dejar de liderar como colofón a un trabajo de reanimación de la capacidad de pensar y actuar con criterio propio de las personas comandadas, son escasos, habitualmente anónimos y casi siempre irrepetibles. No acumulan sueños de grandeza ni les dijeron en rimbombantes másters que han sido elegidos para comandar negocios de alto standing. Se dedican a trasladar todo su saber hasta vaciarse por dentro y con la esperanza de que lo transmitido sea superado a las primeras de cambio por quienes estuvieron bajo su responsabilidad.

Las empresas están plagadas de zamuteros y pazundrios que nos zarandean de acá para allá con sus proclamas, arengas y visiones sin que importe mucho los encontronazos que nos demos con cualquier objeto en el camino, sean postes, semáforos o farolas, o sean valores, criterios o resultados. El liderazgo se ha convertido en líder de audiencia.

El autor es experto en desarrollo de organizaciones

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