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Freedom for words

El talento: de una moneda griega a un cuento chino

Por Pello Yaben (www.pelloyaben.com, contact@pelloyaben.com) - Domingo, 27 de Marzo de 2016 - Actualizado a las 06:08h

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La mayor certeza que alcanzo a tener acerca del talento es que en principio es una palabra, poco más. Una palabra que alude a algo incorpóreo relativo a hacer las cosas requetebién, una cualidad que a nadie le amarga tener y que, según el punto de vista, se detecta o se atribuye: o lo tengo dentro de mí y es cuestión de que alguien se dé cuenta de una vez, o es algo que sólo se tiene si los demás cuentan que es así. El hecho de que te lo detecten como si fuera un órgano de tu cuerpo o te lo atribuyan como un título honorífico, pasa a un segundo plano cuando en las empresas te erigen en ejemplo ejemplar de este concepto ganador y tu carrera profesional toma un impulso que la montaña rusa queda obsoleta en emociones.

Hay dos maneras radicalmente opuestas de entender el talento, y dentro de ese margen se ubica toda la cromática imaginable. Puede ser considerado como un bien escaso o como un bien masivo, es decir, como una cualidad de unos pocos que alcanzan lo que casi nadie, o una cualidad extendida en todos y que a nadie deja al margen. En el escenario más huraño, el talento en las organizaciones debiera ajustar la nominación de sus héroes a su linaje, dejar atrás la mediocridad del apellido para que José Gómez se convierta en José X de Tecnología, o Fernando Razquin en Fernando VIII de Finanzas, o Miguel Ruiz en Miguel IV de Marketing o Elena Jiménez en Elena III de Estrategia, todos ellos monarcas y regidores de un país de la pura palabrería. En la segunda opción, la generosa, todos aportan pero de manera distinta. Y así nos encontramos con el camarada José el Redes, que es camarada de Fernando el Dineros, de Miguel el Marketa, y de la camarada Elena la Estratega. Todos iguales, todos parte, todos suman. ¿Cuál es el precio a pagar en cualquiera de las opciones extremas? En la primera sacrificamos a la muchedumbre; en la segunda, frivolizamos el aporte. En las empresas no se habla de talento, sino de valía, cuando hablan del comportamiento destacable. El talento es una cualidad humana tremendamente democratizada, un aspecto identificativo de cada persona y que ilustra la capacidad de todo ser humano de ser mejor y mejorar. Y la bondad y la ética son cualidades ligadas al talento. Es más, no concibo éste sin aquéllas. Sin embargo, la valía, además de no tener parentesco alguno con la ética o la bondad, nace del encuentro entre una habilidad y una necesidad que aquélla sacia con éxito. Y no se anda con remilgos la valía: si sirve para desforestar el Amazonas, contratada; si va de vender armas, ¡adelante! Revisar la red profesional Linkedin y ver que miles de profesionales exhiben sus logros de dudoso prestigio resulta cuanto menos llamativo. Como les ocurre a otras palabras en cuanto toman contacto con el medio organizacional, el concepto talento se ha corrompido hasta el punto de embarrarse en un camino sin retorno (de la inversión), y me temo que esta palabra, que en sus orígenes fue una moneda griega, puede convertirse en las organizaciones en un cuento chino.

El autor es experto en desarrollo de organizaciones

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