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Visiones de la fiesta | De ayer a hoy

Los sanfermines ya no son lo que eran

Como todo, las fiestas van cambiando al compás de los tiempos, aunque en ocasiones no sea para mejor. Aquí se recogen los análisis de escritores y periodistas que han analizado, de forma pesimista, lo que está pasando.

Un reportaje de Miguel Izu. Fotografía Javier Bergasa - Viernes, 8 de Julio de 2016 - Actualizado a las 06:09h

Unos jóvenes descansan en lo que queda de césped, junto a la estación de autobuses. Cerca, operarios retiran kilos de basura.

Unos jóvenes descansan en lo que queda de césped, junto a la estación de autobuses. Cerca, operarios retiran kilos de basura. (JAVIER BERGASA)

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Los sanfermines están en crisis, están en decadencia, masificados, mercantilizados, desnaturalizados, politizados, son paganos, sexistas, gamberros, sucios, una farsa para turistas y pálido reflejo de las entrañables fiestas de otros tiempos. La cantidad de autorizados testimonios que lo vienen advirtiendo no deja margen a la duda. Pedro Charro Ayestarán escribe en 2014 (Fin de fiesta: crónica de una muerte en el encierro) que “siguen siendo sin duda unas fiestas poderosas, participativas, alegres, repletas de imágenes y momentos logrados, pero al mismo tiempo resultan insoportables, ruidosas, desaforadas, repetitivas. Mucha de la gente que viene no entiende lo que pasa, piensa que se trata solo de beber hasta reventar, que consisten en puro exceso”. Contaba en 2013 a la Agencia Efe el fotógrafo Canito, a sus cien años, que en el pasado los sanfermines eran “más bonitos” porque acudía a Pamplona gente de categoría, “antes daba gusto, con Hemingway, Orson Welles, Ava Gardner... con esa gente se pasaba muy bien, pero ahora no hay personalidades que te puedan remontar esto” (Ava Gardner jamás vino a Pamplona, pero la leyenda de unos sanfermines glamurosos es más sólida con ella). Otro fotógrafo, Ramón Masats, presentando en 2009 la reedición de su libro de fotografías de las fiestas de 1957-1960, decía que “parece que las fiestas en la actualidad han sido bastante adulteradas”.

Lo que resulta confuso es cuándo, exactamente, comenzó la decadencia, cuándo tocó a su fin la edad dorada de las fiestas cuya pérdida tanto añoramos. Tuvo que ser antes de 2002, cuando José Javier Testaut escribía en Diario de Navarra que “el balance de las fiestas pamplonesas, por lo que a limpieza y comportamiento humano se refiere, cada año es más deprimente”. Pero en 1993 Alfredo Bryce Echenique en Permiso para vivir ya decía: “Pamplona y sus sanfermines son un desastre turístico del que muchos pamplonicos huyen horas antes de que, al mediodía del 6 de julio, se dispare el cohete de las vísperas, el famoso chupinazo con que estalla la juerga más juerga del mundo. Y es que en los Sanfermines puede estar cualquiera, ya que basta con saber empinar el codo, cantar a gritos y saltar y empujar también a gritos”. El Diario de Navarra informa en abril de 1991 de una mesa redonda sobre el encierro en la que se hablaba de la “masificación debida a la llamada que se ha hecho desde los distintos entes públicos para acudir a las fiestas. Se ha logrado dar a los Sanfermines una imagen de cachondeo por todo el mundo que no responde a su espíritu original. Además, la capacidad de la ciudad para absorber gente extraña es limitada”. Pero la cosa venía de antes. Serafín Argaiz (Clamores y cartas pamplonesas) escribe: “He aquí que este año de 1978 las cosas han llegado ya a los límites más tremebundos y las fiestas populares, íntimas, discretas y razonables que heredamos de nuestros padres y que las vivimos en nuestra juventud se han estrellado, se han ennegrecido de triste paganismo, de un perfil báquico que haría enmudecer a los más libertinos romanos de la época de la decadencia”. José Mª Baroga (Eternos Sanfermines, 1978), que no cree que cualquier tiempo pasado fuese mejor y que considera que siguen siendo las mejores fiestas del mundo, admite sin embargo que hay que pagar un tributo: “No vamos a discutir que las Fiestas de San Fermín se hayan desorbitado y presenten hoy un aspecto impresionante, dantesco a veces. La formidable avalancha de forasteros con tendencia además a patear los mismos adoquines de la parte vieja las convierte en un hormiguero atosigante en el que es difícil, y en ocasiones molesto, desenvolverse”. Vicente Galbete, en el programa de fiestas de 1968, responsabilizaba a Hemingway del cambio: “Y en parte por su literaria propaganda fueron cambiando las fiestas de Pamplona, a las que él sacó chispas, desde lo gastronómico-taurinas que antes eran (unas buenas “mecetas” con corridas, encierro y buena mesa, mucho vino y un público navarro o casi casi, mocina de la Cuenca, gente de la Ribera y la Montaña, vascos, riojanos y algún francés que otro, todos gente de casa más o menos) a ser un maremágnum ecuménico de mucho tomate, volviéndose internacional, cosmopolita, lo que de siglos fue... cosmopueblita”. En 1966 Alonso Escalada, en Pregón, lamentaba que los sanfermines se pudieran confundir con el carnaval carioca: “Por muy tipycal que se les antoje a los turistas nuestras fiestas no tienen por qué parecerse a una carnavalada y a una velada autorización del gamberrismo. Fiestas varoniles sí, y en buen grado. Fiestas aptas para mozos y niños, sí; con esta calificación moral cada día más rara en este pícaro mundo. Pero fiestas de la exaltación del vino y la zafiedad, no. Que el No-do está presente en Pamplona y capta escenas, no muy edificantes, para exhibirlas por todo el mundo”. Hemingway ya advirtió en el epílogo de Muerte en la tarde, edición de 1960, que “Pamplona ha cambiado mucho; han construido nuevos edificios de apartamentos en toda la extensión llana que iba hasta los bordes de la meseta, de modo que ahora ya no se pueden ver las montañas. Han echado abajo el viejo Gayarre y han estropeado la plaza para abrir una calle ancha hasta la plaza de toros”. Sabino López de Goicoechea escribía así en La Avalancha (revista católico-propagandista) en 1944: “Comparando las fiestas actuales con las de hace cincuenta años, encontramos muy poca diferencia, tanto en la parte religiosa como en los festejos populares, y apreciamos que igualmente antes que ahora, las fiestas de Pamplona no pueden superarse; sin embargo, creemos que nuestra juventud, la mocina, disfrutaba más que la actual, debido quizá a que entonces se vivía en Pamplona como en familia, y todos nos conocíamos y tratábamos, y asistíamos a todos los espectáculos”. Y añade que “las fiestas de entonces, dentro del buen humor, tenían más empaque y más distinción”. En 1942 Baldomero Barón desde Diario de Navarra llama a la “depuración” de las fiestas, emplaza a los buenos pamploneses a evitar “escenas impropias” y lamenta “ésa mescolanza de muchachos y muchachas, enlazados, que van bailando por nuestras plazas como lo pudieran hacer en el más bajo villorrio”.

POLITIZACIÓN

Transgresión y violencia


En cuanto a la politización, en 2013 Paco Roda, en su blog, la atribuye a la derecha navarra: “Nada queda de la transgresión propia de la fiesta como espacio popular de ocupación de la calle, de asalto al poder, de desafío, de insurrección, de rebeldía. Nada. Todo lo contrario, sin identificarlo, se colabora activamente con el poder y el control a través de múltiples actos cotidianos sometidos a un nuevo contrapoder festivo: consumo desaforado de alcohol y drogas, agresiones, chulerías varias, borreguismo cutre, violencias gratuitas, machismos y micromachismos, patanismo, purismo absurdo, descontroles personales y sociales, sexismos encubiertos y alardes de pamplonidad desaforada”. Por su parte Pablo Ojer, en 2012 y en ABC, dando la noticia de que el alcalde se proponía recuperar el Riau-Riau, afirmaba que “llevaba 20 años sin celebrarse por los actos violentos que provocaron los proetarras durante los años 80”. Pero Francisco Umbral en 1978 ya escribía en El País que “los sanfermines, tras una breve etapa de politización, ya no son lo que eran”, mientras que Diario de Navarra de 10 de julio de 1977 era más preciso al titular “Los sanfermines nocturnos no son lo que eran” y afirmar que “el sanfermín se nos está perdiendo”, lamentándose de la suciedad y de la politización. El periodista italiano Gianni Toti en 1963, en un artículo titulado De turismo no se muere, achacaba la politización a los franquistas y su técnica romana del panem et circenses: “Sobre el rencor y el vacío espiritual de la sociedad española actual crece la falsa leyenda de los sanfermines”. Manuel Iribarren en su novela Retorno, describiendo las fiestas de 1931, atribuye la politización a la República: “Se habrán fijado ustedes que el abono en los palcos ha fallado bastante. Buena diferencia de otros años… intervino Julio con una reticencia dedicada a don Tomás. Una manera, más o menos innoble, de boicotear a la República respondió el cincuentón. Reconocerá usted que están en su derecho. Cada cual combate al contrario con los medios de que dispone”.

En 1934 Pérez Salazar escribe en Diario de Navarra que “el Riau-riau, como se hace hoy, es una barbaridad, una burrada. Cuadrillas de muchachos agarrados, no dejan ver el desfile a los peatones porque los atropellan parando la comitiva porque les da la gana, berreando más que cantando, haciendo el burro. Si no se corrige y vuelve a lo que era antes, desaparecerá”, aunque ya en 1917 el alcalde Demetrio Martínez de Azagra declaraba a El Pueblo Navarro que “estoy resuelto a suprimir las máscaras, a que el inculto berrear de los señoritos, ni el de los mozos del pueblo preceda al Ayuntamiento el día de las Vísperas” y dictaba un bando para “reprimir enérgicamente toda manifestación de incultura o acto inconveniente” prohibiendo bailar o corear el Riau-Riau. En 1933 el diario La Libertad lamentaba que el público sanferminero hubiera “perdido todo control”, señalando que no les asustaba que de las cuadrillas se tirara pan al ruedo, como era costumbre, pero sí que de las localidades de preferencia se arrojaran botellas contra los diestros. Juan Pascual Esteban Chavarría, historiador fustiñanero, afirmaba lo siguiente en La Avalancha en 1930: “La alegría de las mocinas va degenerando algo por culpa de gentes intrusas y de mal gusto que, confundiendo la grotesca carnavalada con el festival animado, adulteran los sanfermines hasta convertirlos en mascaradas”. La masificación ya se había iniciado en esas fechas, como señala en 1926 y con 35 años de experiencia festiva A. Gorrochategui en el diario madrileño La Voz bajo el revelador título de “No son estos aquellos sanfermines”: “¿Eran superiores aquellos sanfermines a éstos? Me atrevo a afirmar que sí (…). Hoy alberga Pamplona gentes de toda España y de gran parte del Mediodía de Francia, y aunque la ciudad ha crecido mucho, hermoseándose sobremanera, y los automóviles de línea y de turismo contribuyen mucho al descongestionamiento de la muchedumbre, la ciudad resulta pequeña para contener a sus forasteros. Antes, encerrados, entre sus pétreas murallas, los sanfermines eran más íntimos, más nuestros; cuantos a ellos acudíamos éramos hermanos o primos hermanos, y todos éramos actores más que espectadores”. No acaba ahí la cosa, afirma que “la construcción de la nueva plaza de toros asestó un golpe mortal a los encierros y a la especialísima manera de ser de las corridas de Pamplona”, corría menos gente en el encierro porque el último tramo era más peligroso y se bailaba mucho menos en la plaza: “Se va a los toros con la misma formalidad que una sesión de Juegos Florales”. Aunque parece que la masificación venía todavía de antes. Félix Urabayen, en su novela El barrio maldito, publicada en 1925 pero que retrata los sanfermines de su juventud, de la época de Sarasate (muerto en 1908), escribe refiriéndose a su protagonista que “para Echenique las fiestas de San Fermín cambiaban de aspecto, empeorando al correr los años”, y añade: “¡Melancólicos Sanfermines los de Pedro Mari en plena madurez! Pamplona en fiestas se congestiona de tal modo que la masa forastera se apretuja, roza y soba, convirtiendo la ciudad en un inmenso banco de sardinas. Llegan los trenes vacilantes, igual que boas que han engullido demasiado, y sobre el andén arrojan carne y más carne que va, viene, grita, canta y se esparce por las calles aumentando la algarabía y el ruido...”. El fenómeno se había iniciado mucho atrás, la Gaceta de Madrid escribía en 1845: “Hace mucho tiempo que las fiestas de San Fermín no se habían celebrado en Pamplona con una concurrencia tan numerosa como la que tenemos este año. Han venido forasteros de todos los puntos de Navarra, de todas las provincias limítrofes y de Madrid”.

religión

Abandono del fervor


Parece que en la innegable degeneración de los sanfermines tiene algo que ver el abandono del fervor religioso que se inició hace mucho tiempo. Bajo la firma de Estanislao esto publicaba La Avalancha en julio de 1917: “Hasta en punto a fiestas haya que sostenerse batalla contra la impiedad de todos los órdenes y colores, que arremete contra las fiestas cristianas y quisiera acabar con ellas, y que mientras no lo puede conseguir, porque están arraigadas en el corazón de los pueblos, hace los posibles y los imposibles para profanarlas, convirtiendo lo que debía ser despertador de nobles ansias en despertador de bajas pasiones”. Aunque, quizás, el arranque de la decadencia tenga que ver con la muerte del tenor Julián Gayarre y del pianista Dámaso Zabalza. Así lo sugería T. Chacón en La Avalancha en 1902: “Pamplona está de fiestas, pero en el fondo de su alma esconde un quebranto. Gayarre no acude a presenciarlas; Zabalza tampoco. Del terceto de artistas que formaban estos dos con Sarasate, sólo el último, que jamás faltó a la cita, llevóse a su patria los laureles recogidos por el mundo, en tributo de filial amor”. Al lamento se une en 1925 Vicente Martínez de Ubago en la revista Navarra: “En nuestras fiestas, desde que el gran D. Pablo Sarasate dejó de asistir a ellas, no existe la nota delicada, de fina cultura, que dé a los que en sus días nos visitan la sensación admirable de energía viril y de sentimiento artístico y refinado. ¡Es una lástima! Son fiestas populares, en las que la muchedumbre se desata y el mercader hace pingües negocios”. La decadencia del ganado bravo también viene de lejos; decía El Eco de Navarra en 1908: “Hoy no hay criador que pueda cuajar un verdadero toro; los venden pronto, apurando al extremo de verse obligados a meter gato por liebre, si han de cumplir con los compromisos”.

Ante tal unanimidad en un diagnóstico que viene de más de un siglo atrás, hay que concluir que los sanfermines siempre fueron mejores antes. Acabo citando otra vez de Muerte en la tarde: “Pamplona ha cambiado, desde luego, aunque no tanto como nosotros mismos, que cada día somos más viejos. Yo creía que beber un trago sería siempre lo mismo, pero las cosas cambian y ¡qué se le va a hacer! Todo ha cambiado para mí. Bueno, dejad que cambie”.

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