Noticias de NavarraDiario de Noticias de Navarra. Noticias de última hora locales, nacionales, e internacionales.

Saltar al Contenido

Música

Espléndido comienzo

Por Teobaldos - Domingo, 31 de Julio de 2016 - Actualizado a las 06:08h

XIII festival internacional de música de mendigorría

Intérpretes: Vadim Tchijik, violín; Alberto Urroz, piano. Programa: Sonatina en sol Mayor (op.100) de Dvorak; Sonata en fa menor (op.4) de Mendelssohn; Sonata Jw VII/7 de Janacek. Lugar: Iglesia de San Pedro de Mendigorría. Fecha: 29 de julio de 2016. Público: buena entrada, más de ciento cincuenta espectadores (10 euros).

Todo jugó a favor para que el entrañable Festival de Mendigorría arrancara con éxito: el solvente y bien probado dúo protagonista, que ya el año pasado nos ofreció un gran Beethoven; la respuesta y consolidación de un público, cada vez más entendido, que se adhiere a la música interpretada con verdadero respeto, silencio y devoción; el magnificente marco de la iglesia -con el espectacular retablo al fondo- y a la que se le va dominando la acústica; y el programa interpretado, elegido para que se adapte bien al espacio -poco virtuosismo circense, y tempos tenidos-, con dos sonatas de agradable y fácil audición, y una tercera de lenguaje un poco más radical, pero que abre campos e impresiona al respetable.

El sonido del violín de Vadim Tchijik es de enorme potencial, maleable a una regulación constante, expresiva, acentuada por un vibrato al servicio de esa expresión; muy romántico en las obras de ese periodo, y perfectamente dominado hasta los más sutiles matices. El piano de Alberto Urroz -de igual protagonismo- sigue siendo poderoso, también atemperado con la acústica, dialogante, y en perfecto y respetuoso balance de sonoridad con el violín. Es la gran ventaja de este dúo de intérpretes; su sonoridad es tan torrencial y está tan dominada, que el oyente nunca siente el menoscabo del uno sobre el otro.

El primer movimiento de la sonatina de Dvorak, que abría la velada, se desarrolla en un agradable mesoforte que da paso al matiz pianisimo, siempre con libertad romántica. El segundo movimiento es una preciosa y rara perla musical que encierra cierta nostalgia. El roce del arco es de extrema delicadeza, el diálogo con el piano, juguetón; la atmósfera creada por ambos intérpretes, de las que embelesan al público. El final -siempre con el cuarteto americano al fondo- es optimista, alegre y de gran humanidad, como toda la sonata.

La obra de Mendelssohn, también es de agradecida recepción: dos arranques rotundos a solo de violín y piano, respectivamente, dan paso al sosiego del diálogo. De nuevo admiramos en Vadim los sonidos graves que saca a su instrumento. En realidad nunca su violín suena estridente, ni chillón, incluso en los agudos más cercanos al puente, consigue siempre redondez, lo cual se agradece. El segundo movimiento es una verdadera aria de canto que interpreta el violín, muy bien preparada por el piano. Los reguladores conseguidos son magníficos, llevan y traen los sentimientos; eso si, siempre con naturalidad, sin recargar las tintas. En el final el juego con el teclado agudo es brillante y chispeante.

La sonata de Janacek es un poco más árida de escuchar para el público, aunque está aliviada por la balada, intercalada en el segundo movimiento y de anterior factura. Es, sin embargo, rotunda y muy interesante, y está escrita en un ambiente sociopolítico enrarecido: “mientras esperábamos la llegada de los rusos”, dice. El primer movimiento es de una inusual fortaleza sonora: al fondo el Kyrie de la Misa Glagolítica. La balada, muy bien ajustada en un tempo, sin ablandarla, es de melodía popular, pero va hacia cierto misterio y melancolía. Muy hermoso el canto del piano al unísono con el violín, a la vez que adorna en el teclado agudo. El allegretto, en el que el piano irrumpe en fortísimo, y al que calma la entrada del violín, se decanta hacia el dramatismo, con continuas referencia hacia lo sombrío. El final nos lleva a una ansiosa interrogación. La obra sigue siendo de difícil acceso, por su multiplicidad de ambientes, pero es un privilegio escucharla en estos dos grandes intérpretes. De propina, y dedicada a la maravillosa Ascensión del retablo: el Ave María de Gounod.

Herramientas de Contenido