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Crítica

Lazos de sangre

Por Víctor Iriarte - Domingo, 31 de Julio de 2016 - Actualizado a las 06:08h

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‘ricardo iii’

Compañía: Noviembre Teatro (Madrid). Autor: William Shakespeare, versión de Yolanda Pallín. Dirección: Eduardo Vasco. Intérpretes: Arturo Querejeta, Charo Amador, Fernando Sendino, Isabel Rodes, Rafael Ortiz, Cristina Adúa, Toni Agustí, José Luis Massó, José Vicente Ramos, Jorge Bedoya y Guillermo Serrano. Escenografía: Carolina González. Iluminación: Miguel Ángel Camacho. Vestuario: Lorenzo Caprile. Lugar: La Cava del Castillo de Olite. Fecha: Viernes 29 de julio. Público: 400 espectadores, lleno.

“Ya el invierno de nuestra desventura se ha transformado en un glorioso estío por este sol de York”. Con este parlamento abre la obra Gloucester, quien después se convertirá en Ricardo III. No es una predicción meteorológica, sino una metáfora que el público de la época capta a la primera, porque luce un sol en el escudo de batalla quien acaba de proclamarse rey con el nombre de Eduardo IV, su hermano, jefe de la casa de York, tras vencer en la batalla y ordenar asesinar al último Lancaster en el trono, Enrique VI. Inglaterra lleva décadas desangrándose en un terrible y despiadado conflicto civil, la Guerra de las Dos Rosas, cuyo único fruto realmente bello que lega a la posteridad es la tetralogía que le dedica Shakespeare y a la que pone punto final esta tragedia, su primera obra maestra. Tiene por tanto una trama compleja y difícil de seguir por el espectador actual, por la gran cantidad de nombres propios, hechos históricos y dobles sentidos que acumulan los diálogos. Hay que señalar, de entrada, que es excelente por limpia y concentrada la versión de Yolanda Pallín, reduciendo a 100 minutos lo que podría durar casi el triple en una representación canónica.

La acción se extiende desde 1471 hasta 1485, año de la batalla de Bosworth, donde Ricardo III, el último monarca inglés que muere al frente de sus tropas guerreando, clama en la penúltima escena los que seguramente son los versos más populares de autor -“¡un caballo, mi reino por un caballo”- después del “ser o no ser” hamletiano. Quien vence es el Conde de Richmond, que ocupará el trono con el nombre de Enrique VII. Es el primer monarca de la Casa Tudor, padre de Enrique VIII y abuelo de Isabel I, quien gobierna en Inglaterra cuando comienza a escribir Shakespeare. El escritor no es por tanto nada objetivo, tira de fuentes manipuladas y carga en ferocidad contra los tiempos y reyes inmediatamente anteriores. “Qué bien que estamos ahora con esta dinastía”, viene a decirles a sus coetáneos, que efectivamente viven en una época de relativa paz y prosperidad. Por eso, una última escena como la vista ayer en Olite le podía haber costado la cabeza al escritor, porque Richmond concluye su último parlamento imitando las mismas taras físicas y ambigüedad moral que su predecesor. “Todos los reyes son iguales”, parece decirnos a modo de colofón Eduardo Vasco, el director, pero esa licencia va contra el sentido de la obra y se antoja gratuita. Se permite otra que no está en el original, aunque no queda mal, cuando vemos en escena a Ricardo III ahogando en su lecho a su hermano enfermo, el rey Eduardo IV. Un crimen más. Nunca la expresión “lazos de sangre” ha tenido tanto sentido sino referida a Ricardo III, quien asesina a su hermano Clarence, a sus dos sobrinos, a su esposa y a su primo, además de a una docena de nobles, en su despiadada carrera hacia el poder.

Shakespeare presenta a Ricardo III bajo de estatura, cojo, de cara repulsiva, con un brazo inútil, un hombro más alto que otro y joroba. Sus taras físicas son trasunto de las morales, pues es cruel, pérfido, inhumano, monstruoso… y teatralmente magnético. Shakespeare utiliza un recurso genial: desde el inicio el protagonista habla directamente al espectador y le cuenta sus planes, con lo que lo hace cómplice. A su lado, todos los demás personajes, manejados como juguetes, quedan capitidisminuidos. Es malvado y maquinador, brillante en el manejo de la palabra, por lo que sus apartes hipócritas atrapan al patio de butacas y provocan no pocas sonrisas.

Arturo Querejeta está sencillamente soberbio en su papel. Compone una figura contrahecha sin ayuda de aparataje o vestuario, como suele ser habitual en otros montajes, y proyecta la perversidad del personaje con una sorprendente gama de matices. Es sencillamente sublime su segunda escena por cómo logra seducir a Ana sobre el ataúd del marido, al que acaba de asesinar junto con el suegro, los últimos Lancaster. Sin duda uno de los diálogos más difíciles de interpretar de todo el corpus shakespeariano, bien replicado por Cristina Adúa. Y extraordinario cuando, ya rey, logra de Isabel la mano de su hija aun reconociendo que ha asesinado a sus dos hijos.

Los diez miembros restantes del elenco doblan papeles para dar vida a un reparto extensísimo y varios logran destacar en pleno torbellino Querejeta. Toni Agustí, vestido de blanco como Hastings, compone bien la figura del resentido e ingenuo noble que se deja arrastrar por Ricardo y cierra de forma sobrecogedora la obra componiendo un Richmond subsumido en Ricardo. José Luis Massó y José Vicente Ramos lucen como asesinos a sueldo de forma memorable en la escena en que finiquitan a Clarence en su celda. Rafael Ortiz logra transmitir con verdad uno de los pocos momentos de la obra donde hay un poso de dignidad, pues todos los personajes de la obra, del primero al último, tienen un punto miserable, un pasado de traiciones y libelos y una cobardía física que los hace ciertamente innobles. Como para invitarlos a la cena de Nochebuena en casa, vamos. La interpretación de Fernando Sendino como Buckingham es correcta, pero contenida, sin dejar exteriorizar la ridícula inanidad del cómplice de los atropellos de Ricardo, al que luego traiciona. A Charo Amador le falta punch cuando maldice a todos los presentes en su papel de reina viuda Margarita, porque ni hace de loca, que era una posibilidad, ni logra sobrecoger con su parlamento, falto de fuerza, además de pasar inadvertida como madre de Ricardo III.

Es el quinto Shakespeare de Eduardo Vasco tras Hamlet, Noche de Reyes, Otelo y El mercader de Venecia y sigue depurando su impecable estilo de dirección: escenario casi limpio (como en tiempos del bardo) y muy pocos elementos para construir todos los escenarios que pide la trama (aquí con baúles), lo que permite rapidísimas transiciones y una interpretación donde prima lo coral. Y la omnipresente pianola como fondo sonoro. Toda tragedia pide coro y el de Vasco es brechtiano, con rupturas de la acción dramática. Los actores cantan o declaman versos en proscenio -el mundo al revés- con tono recalcadamente didáctico y moralizador. Conforme se precipita el desenlace, los diez actores se convierten en uno para condensar en apenas dos minutos casi media hora de drama: la escena de los espectros acusando a Ricardo y la misma batalla, una solución dramática de riesgo, pero efectiva, y resuelta metafóricamente, con la cabeza del jabalí cortada, pues ése era el apodo de Ricardo. Todo resulta coherente. La música es de cabaré porque la acción se sitúa hace ahora exactamente un siglo: Clarence parece un Trosky camino del patíbulo y su carcelero, un oficial ruso blanco, y las mujeres visten Belle Epoque en palacio (un paralelismo afortunado entre dos monarquías, York y la zarista, en descomposición). En la escena final, la tropa viste de soldados franceses y británicos en las trincheras de la Gran Guerra. La iluminación es expresionista, con una línea de candilejas en la corbata para iluminar de abajo a arriba y proyectar sombras con las que retorcer y avillanar los rostros de los personajes mientras urden maledicencias y crímenes.

Un espectáculo de gran potencia visual y dramática, que el público agradeció con una fuerte ovación. Una gran noche de teatro sólo estropeada durante la primera media hora de la representación por los lamentables ruidos procedentes del exterior del recinto (chácharas, risas, coches arrancando y acelerando, televisiones a todo volumen…), actitud que cuestiona el compromiso de Olite con su festival, por mucho que su alcalde lo pregonara en el acto de inauguración. No estaban él ni su policía local el viernes por la noche para poner orden. Si se repiten estas actitudes irrespetuosas con artistas y público, habría que plantear seriamente el traslado de los espectáculos de La Cava al nuevo recinto cultural de Tafalla.

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