Incentivos y fechas límite

Por Javier Otazu Ojer - Domingo, 9 de Octubre de 2016 - Actualizado a las 06:07h

Fecha de entrega del trabajo de historia: 31 de octubre. La mayoría de los alumnos entrega su documento ese día. Fecha límite para terminar una negociación entre dos agentes económicos: 31 de octubre. Es probable que hasta ese día no se haya resuelto el asunto que llevaban entre manos. Fecha límite para que se disuelvan las Cortes y se convoquen nuevas elecciones: 31 de octubre. En este ámbito cualquiera sabe lo que ocurrirá, pero según los últimos acontecimientos lo más razonable es que se alcance un pacto de investidura. En todo caso, ¿por qué apuramos las cosas? Existen dos claves. Primero, los incentivos de los agentes económicos. Segundo, el peso de la fecha límite.

La economía se resume en un principio: “las personas responden a incentivos”. El resto de leyes económicas (se dice que en física tres leyes explican el 99% de la ciencia;en economía 99 leyes explican el 3% de todos los temas que se abordan) son consecuencia de este principio. Pensemos en conflictos en el ámbito de las relaciones laborales. Ni a un sindicato ni a un empresario le interesa una huelga que ponga en peligro la viabilidad de la empresa. Razón: a ninguna de las partes les interesa el cierre de la empresa por falta de actividad. Incluso muchas veces se da el absurdo de que después de una huelga las dos partes se encuentran peor que antes, ya que el empresario ha visto reducidas las ganancias y el trabajador ha visto reconocidas algunas de sus exigencias aunque se da el detalle de que lo ganado no cubre lo perdido en los días de huelga.

Por supuesto, las huelgas son un derecho fundamental de los trabajadores. Incluso aun perdiendo en un caso particular existe una lógica oculta: en el caso de existir otro conflicto, el empresario sabe que los sindicatos están dispuestos a llegar hasta el final. En ese caso, es más fácil que ceda a las demandas exigidas por los trabajadores. Desde luego, también ocurre lo mismo en sentido contrario. En fin, típicos juegos de relaciones humanas en los que, como casi siempre, no hay buenos ni malos. Simplemente depende del contexto.

¿Por qué entonces los partidos políticos no han llegado a acuerdos? De nuevo, cuestión de incentivos. A nivel particular, puede no interesarles. Luego lo edulcorarán como sea, pero es así. Es curioso: al trabajador y al sindicato les interesa que la empresa vaya bien. Sin embargo, a un partido como tal le puede interesar que a la región en la que tenga ámbito de actuación (ciudad, comunidad y país) le vaya mal. En especial si está en la oposición. Arreglar ese esquema de incentivos debería ser unos de los debates de nuestro tiempo.

En todo caso, lo que llama la atención es lo siguiente. Cuando tenemos una fecha límite para hacer algo, tendemos a llegar al límite. Apuramos. Y no tiene sentido: si tenemos un imprevisto al final podemos no cumplir nuestro objetivo. Al menos, tiene una explicación. Dejar las cosas para más adelante es un fenómeno común a muchos humanos llamado procrastinación. Por la razón que sea, nos cuesta cumplir el sabio consejo de Benjamin Franklin: “no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy”.

Lo asombroso es que si la fecha límite es una negociación del ámbito que sea…. ¡también apuramos hasta el final! Negociaciones en la Unión Europea entre ministros por algún asunto candente, pactos en Estados Unidos entre republicanos y demócratas para poder mantener el gasto de deuda o convenios salariales diversos tienden a terminar las negociaciones a altas horas de la madrugada. La cuestión es muy sencilla: ¿por qué es tantas veces así? Parece que a nivel social si apuramos el tiempo en una negociación lo hemos hecho mejor que si llegamos a un acuerdo rápido. Y no tiene ningún sentido. Sea el acuerdo rápido o lento, la conclusión de las partes es siempre la misma: “Al final todos hemos cedido un poco para que gane el bien común. Estamos muy satisfechos del acuerdo alcanzado”. Por desgracia, esta manía social supone un desgaste de tiempo, dinero y emociones (si las negociaciones son duras siempre pueden acabar somatizándose) colosal.

Y es que, aunque sea más difícil hacerlo que decirlo, se trata de buscar reglas o leyes que cumplan dos únicas condiciones. Primero, que generen incentivos en los que el bien individual y el bien común tengan cierta armonía. Segundo, que minimicen conflictos futuros. Para ello deben ser reglas sencillas con una interpretación clara y directa.

Es una ley de nuestro mundo: el conflicto y, en el mejor de los casos, la negociación que conlleva su resolución son inherentes a la vida. Por eso es mejor buscar la resolución antes de que se produzca el problema.

Basta pensar en los conflictos existentes en parejas o en la gestión de empresas. ¿Por qué no pensar a priori en lo que puede ir mal?

El autor es profesor de Economía de la UNED de Tudela