Que se sepa para que nunca se repita

Por Arantzazu Ametzaga Iribarren - Domingo, 9 de Octubre de 2016 - Actualizado a las 06:07h

En 1977, en la estrenada revista Garaia, tuve el honor de entrevistar a Elvira Ariztizabal. Rompía 41 años de silencio desde el asesinato de su esposo Fortunato Aguirre, alcalde de Lizarra. Era una mujer derecha, con un hermoso pelo gris ondulado demarcando un rostro delicado y unos ojos expresivos e inteligentes. Supe, al besar su mejilla tersa y al apretar sus manos, que tenía ante mí una mujer labrada en el sacrificio, dedicada a la entrega y superada en el tesón. Nada en Elvira era tan dulce como parecía.

Me confió, y confió a los lectores que agotaron aquel primer número de Garaia, su terrible historia. Que cuando Fortunato, viudo y con una hija, comenzó a cortejarla, sintió zozobra. No podía creer que un hombre de tantos méritos, tan guapo, alto, moreno, de pelo rizado, iluminado el rostro con una sonrisa que derretía cualquier resistencia, lo decía como viéndolo ante ella, pudiera fijarse en una jovencita opacada. A esa humildad inicial con la que empezaron sus relaciones habría de seguirle, tras unos pocos años de felicidad, un calvario que ella recorrió sola pero a paso fijo. Los delgados hilos de seda que formaban su personalidad se convirtieron, por el peso de la tragedia, en cables de acero. En eso estribaba su poderío. Y fue más fuerte que los asesinos.

Fortunato ejercía sus funciones de alcalde como un servicio a la comunidad y era notoria su ideología nacionalista vasca. En la alborada de la República, Eusko Ikaskuntza elaboró un texto de Estatuto Vasco Navarro, presentándolo a la Comisión de Alcaldes reunidos el 14 de junio de 1931 en Lizarra, presididos por el alcalde Agirre que recibía al de Getxo, José Antonio Agirre, futuro lehendakari, y a otros 425 alcaldes y, tras ardua deliberación, lo aprobaron. El 89,93% de la población navarra, representada en sus regidores, lo ratificó. Día de gloria para la vieja aspiración vasca de reunificación, aunque habían de llegar las pérfidas noches de la separación.

La hora que marcó el destino de Fortunato en los primeros días de julio de 1936 fue su denuncia a las autoridades de la República de la conspiración militar gestada por Mola, reunido con altos mandos en Iratxe que, atajada a tiempo, igual hubiera detenido la Guerra Civil. Pero no se le podía dar crédito a un alcalde de pueblo y nacionalista, frente a la inquebrantable fidelidad de Mola, fue la contestación alevosa.

Tras la insurgencia militar del 18 de julio, Fortunato fue encarcelado y, sin juicio, muerto de dos tiros frente a la tapia del cementerio de Tajonar. Elvira, madre de dos varones y próxima al parto de sus gemelas, Miren y Mikele, temblorosa, vivió aquellos 73 días de espera por la suerte de su esposo. Terminaron cuando un pastor, advirtiendo una congregación de aves carroñeras, se encontró con el cuerpo del alcalde tendido en el trigal. Tuvo el valor de quitar de aquellos dedos rígidos el anillo de oro y el reloj de su muñeca, y, con cautela -se jugaba la vida-, entregárselos a la viuda.

Supe, al besar su mejilla y apretar sus manos, que tenía ante mí una mujer labrada en el sacrificio, dedicada a la entrega y superada en el tesón

Elvira tenía bajo el colchón una ikurriña, único testimonio de la causa de la muerte de

En esa guerra civil no bastaba el sacrificio del alcalde. Se le advirtió a la viuda que ella y la hija mayor se salvaban de la muerte por ser mujeres, y les quitaron el taller, propiedad de Fortunato, porque los bienes de los vencidos no son tan contaminantes como sus ideologías y sirven para enriquecer a los vencedores depredadores.

Elvira no se hundió en el dolor. Parió a sus hijas, cuidó de esa familia de cinco niños, y salió adelante bordando casullas que, en ese tiempo de muerte y escasez, eran espléndidas. Vivió años sabiendo quiénes eran los asesinos del esposo bien amado. Los veía pasear por las calles de Lizarra, prepotentes, alardeando del crimen. Ni San Miguel, de quien era devoto Fortunato, le salvó la vida, dictaminaban soeces, el 29 de septiembre de 1936 en que perpetuaron el crimen.

Elvira calló y resistió. Me contó que tenía bajo el colchón una ikurriña, único testimonio de la causa de la muerte del padre, que sus hijos besaban reverentes cada noche. Y se negó al traslado de los restos de Fortunato al panteón de El Escorial en una última afrenta. Haciendo fuerzas de su flaqueza, dominando su dolor y manteniendo la templanza, fue a recogerlo al cementerio de Tajonar, lo reconoció, besó los agujeros de las dos balas asesinas en su cráneo y se lo llevó a Lizarra, su ciudad. Está junto a los panteones de su familia, de sus amigos. De sus vecinos.

No observé desfallecimiento en la voz de Elvira relatando estos hechos terribles, pero sí que le palpé el alivio de decirlo en voz alta, con el corazón, la frente y las manos limpias. La abracé con el respeto que me inspiró aquella frase que dejó decir: “... Como Fortunato no estaba, tuve que hacer el trabajo por él. Eduqué a nuestros hijos en su fe nacionalista y cristiana, que ambas cosas ejercía, y en su concepto de hombre de bien. Me ha tocado hacer eso y lo he hecho. Es bueno que se sepan estas cosas para que nunca se repitan. No quiero para ninguna mujer lo que he padecido yo”.

No exhibió victimismo. Ni protagonismo. Me tendió la mano delicada de bordadora que forjó hombres y mujeres de provecho, y se quedó tranquila en aquella tarde de su revelación, haciendo honor a su apellido, pues poseía en cada partícula de su ser la reciedumbre de los robles vascos de su apellido.

La autora es bibliotecaria y escritora