Música

Michael Monroe, rock and roll a piñón

Por Xabier Sagardia - Lunes, 10 de Octubre de 2016 - Actualizado a las 06:08h

Concierto de Michael Monroe y Eldorado

Lugar: Casa de cultura de Burlada. Día: 7 de octubre de 2016. Programación: V edición del festival Burlarock. Público: Asistencia algo mejor que discreta, aunque la sala no se llegó a llenar.

En esta ocasión prescindiremos de preámbulos y charletas varias para meternos en harina y contar lo que dio de sí la quinta edición del festival Burlarock, que tuvo como protagonista indiscutible al que fuera cantante de Hanoi Rocks y Demolition 23, el torbellino humano Michael Monroe.

Se encargó de abrir boca Eldorado, grupo afincado en Madrid que sonó como una roca. Sus canciones, profundas y envolventes, fluyeron por la senda del rock duro de los 70 y en la órbita de Led Zeppelin, como si fueran un viaje sin billete de retorno, con cambios sutiles y bien hilvanados. El bajo se te metía hasta el tuétano, y también el órgano Hammond, la guitarra sonaba como ensuciada (seguro que hay alguna manera mejor de expresarlo, pero no doy con ella) y muy bien ejecutada, la batería conducía con aplomo y la genial voz de Jesús Trujillo, que se expresaba en castellano y en inglés indistintamente, completaba la maquinaria de este transbordador sónico con destino quien sabe a dónde.

Lo que vino después no fue un concierto de rock. Fue un concierto de rock and roll, que es distinto. Aquello fue un no parar, un huracán generado por Michael Monroe que, bien respaldado por su banda, se metió al público en el bolsillo a las primeras de cambio y no bajó el pistón, a pesar de su edad, durante todo el show. Quizá sea cierto eso de que los viejos rockeros nunca mueren, pero es que, en el caso de Michael Monroe, incluso un veinteañero hubiese sudado tinta para seguirle. ¡Era como si le hubiesen metido un cohete en el culo! Qué vitalidad, madre mía...

Embutido en una especie de chaqueta roja de solapas blancas y chaleco y pantalones a juego, el finlandés y su banda dispararon Ain’t no love song y Old King’s Road para dejar muy claro de qué iba aquello. “Una fiesta de rock and roll”, me corroboraba entusiasmado Carlos, un adicto de la música, hablándome alto al oído para hacerse oír. Entre los diecinueve temas que tocaron Monroe y compañía no faltaron Malibu beach, en el que sacó a relucir su flamante saxofón rojo de teclas doradas, y 78, cartucho indispensable en su repertorio y de hechuras más duras que los títulos citados con anterioridad.

Todo el engranaje funcionó a la perfección. La cosa fue más o menos así: buen sonido glam y punk rock y guitarras más afiladas que todos los cuchillos de Albacete juntos, himnos menores con estribillos coreables, como Dead hearts on Denmark Street, Child of the revolution o Goin’ down with the ship, mientras Michael Monroe, muy expresivo, se lo pasaba en grande. Hizo la media maratón de un lado a otro del escenario, se cambió varias veces de gorra -ahora una negra, ahora una blanca- jugó con el pie de micro, lo volteó, se enrolló el cable del micrófono al cuello, se subió a los altavoces, lanzó al público prácticamente todas las baquetas del infortunado batería...

Y entre tanto, tocaron Nothin’s alright, original de Demolition 23 que sonó contundente y punk rocker, aunque la casa de cultura se vino abajo cuando encadenaron Motorvatin’de Hanoi Rocks y Hammersmith Palais de Demolition 23. Fue el momentazo de la noche, aunque posiblemente no el único. Después, la traca siguió explotando con temas como Dead, jail, or rock and roll y ya metidos en la parte de los bises, y después de mucho sudor y brazos en alto, la última canción en sonar fue I wanna be lovedde Johnny Thunders &The Heartbreakers. Una agradable sorpresa que cerró una gran noche de rock and roll... a piñón.