El primer tren de 1916 y el último de 1956

Domingo, 16 de Octubre de 2016 - Actualizado a las 06:09h

El ‘automotor’ en Elizondo.

El ‘automotor’ en Elizondo.

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El ‘automotor’ en Elizondo.

solo duró 40 años, de 1916 a 1956 y a 31 de diciembre, último día del año y último viaje de vuelta de Elizondo a Irún, a la estación de Kostorbe de donde ya no regresaría nunca más, ante la impotencia de los bidasotarras que veían desaparecer aquel tren txikito que les prestó tantos servicios. “Murió solo y abandonado, como mueren los pobres, y el Bidasoa lo era de solemnidad”, le recuerdo haber leído a Ricardo Benito (+), exempleado del ferrocarril y luego cronista comarcal hasta el fin de sus días.

Nunca dio beneficios a la empresa, salvo contadísimas y muy escasas excepciones, pero fue testigo rodante (que no siempre puntual, pero qué importaba para una ruralidad que vivía tranquila, sin prisas y el estrés de la que dicen modernidad;todos locos pendientes del reloj y del puñetero móvil que semeja miembro añadido) de todo lo que acontecía en este País del Bidasoa, con sus ferias y fiestas, inundaciones que levantaron sus raíles (preciosa la fotografía recuperada por Juan Mari Tellechea), improvisado asiento de descanso en un paseo de varios padres capuchinos (otra foto entrañable), o almohada de un operario que quiso echar una siesta y a poco se deja la cabeza bajo sus ruedas. Transporte de pescateras (se les denominaba así), tres o cuatro días por semana, la Pepita Bizkarrondo y la Lina que nunca supe cual era su apellido pero que por alguna cuestión de garganta pasaba de una voz normal a una gutural y casi inaudible. Y móvil del estraperlo que campaba como podía, ellas embarazadas con su refajo repleto de cartones de tabaco rubio y al regreso de saquitos de alubias de caserío o paquetes de café (Biek y Monregal, las marcas más populares) que llegaban sí se sabe cómo de la francesa Francia, que había que ganarse la vida en el desdichado y militarizado tiempo aquel de silencios y miserias.

En Elizondo les esperaba Agustín González, el jefe de estación que coleccionaba mariposas, y en la cocina su esposa Baldo (Baldomera) Uriarte, que hacía las que de largo eran las mejores magdalenas del mundo mundial, o nos empujaba en el rústico columpio que colgaba de alguna rama de los plataneros que aportaban sombra veraniega. Allí iba el simpático Galindo, a recoger el pescado (a veces, unos atunes que nos parecían gigantescos tiburones) para la clínica instalada en la que fue finca Iturrioz, o los carteros Félix el gartzaindarra o Miguel Gaztelu, elizondarra, que gracias al tren llegaba el correo dos veces al día.

El 31 de diciembre de 1956, aquel tren que, al olor del pescado saltó al vagón el katikume (gatito) que perdí para siempre, era nuestro amigo y sus instalaciones espacio de nuestros juegos, en una tarde nublada y fría de triste Nochevieja, partió en su postrero viaje. ¡Quién lo pillara ahora!, el sueño de su reconstrucción que nunca ha de volver y que compartimos el beratarra y amigo Josu Goia. No se puede tener todo, salvo el recuerdo. - L.M.S. / Foto: Ondikol