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Teresa Ayerra Ballesteros bioquímica argentina hija del exsacerdote Marino ayerra

“Mi padre era un hombre de profundo sentido ético, amante de la paz y la justicia social”

Teresa Ayerra, una de las dos hijas del autor de ‘No me avergoncé del Evangelio’, ha visitado Altsasu, donde habló sobre su padre

Nerea Mazkiaran - Miércoles, 2 de Noviembre de 2016 - Actualizado a las 06:08h

Teresa Ayerra, junto a la escultura que recuerda a los batallones de trabajadores.

Teresa Ayerra, junto a la escultura que recuerda a los batallones de trabajadores.

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  • Teresa Ayerra, junto a la escultura que recuerda a los batallones de trabajadores.

altsasu- Teresa Ayerra (Buenos Aires, 1951) visitó estos pasados días Altsasu, un pueblo que le recibió con los brazos abiertos. No en vano, es la hija de Marino Ayerra, párroco en la villa durante la Guerra Civil, desde 1936 a 1939, un cura muy querido que no comulgó con el régimen franquista. De su figura y su etapa en Argentina habló Teresa Ayerra ante un centro Iortia que se quedó pequeño.

Su padre ha pasado a la historia de Altsasu con letras grandes, según Iosu Imaz, de Altsasu Memoria, asociación que organizó el encuentro. ¿Se esperaba encontrar la sala, con un aforo de 300 personas, llena?

-No pensé que se movilizara tanta gente. Me alegré muchísimo. Estoy impresionada del cariño y respeto que he recibido de la gente. Mi padre hablaba de Alsasua, contaba algunas cosas, pero no era una conversación de todos los días. Si volviera a Alsasua, la gente me pararía y me emocionaría, solía decir. Es lo que me ha pasado a mí. Este pueblo es muy lindo.

Entre el público había mucha gente joven.

-Me ha hecho especial ilusión. La gente joven debe saber que el fascismo no es algo del siglo pasado, existe hoy, está trayendo a la gente en pateras, miles y miles, y muriendo muchos en el camino. Está presente en muchos países de Latinoamérica, en África, el fascismo es igual en todas partes. Mata, atrasa, empobrece, lo peor que le puede pasar a un pueblo.

En la charla afirmó que no sabe si su padre era de izquierdas antes de llegar a Altsasu, pero de lo que está segura es de que salió rojo.

-Los tres años que estuvo marcaron su vida. Entró una persona inocente y salió una persona descreída. Además, la Iglesia le siguió persiguiendo toda su vida. Perdió trabajos, puestos importantes que hubieran cambiado su vida y la nuestra. En la Universidad del Chaco, de Mendoza… le ofrecieron cargos;cuando presentó su titulación de doctor en Teología, le dijeron que con la Iglesia no querían problemas.

Después de salir de Altsasu su padre estuvo un año como cura en Uruguay, hasta que en 1940 pidió la secularización y se fue a Argentina. ¿Siguió siendo una persona religiosa?

-Colgó la sotana del todo. Un día le pregunté si Dios existía y respondió que no sabía. Fue el paquete entero. En el libro hay momentos que parece que se le rompe el corazón. Mi padre reafirmó sus valores de una manera laica. Decía que no le gustaban las medias tintas. Se sale o no se sale.

Se refiere a No me avergoncé del Evangelio, en el que su padre recogió las atrocidades de la guerra que vivió desde la parroquia de Altsasu ¿Cuándo lo leyó?

-Cuando tenía 18 años. Me costaba trabajo por una cuestión religiosa. Soy convencidamente atea y científica y no entendía que mi padre fuera tan profundamente cristiano y católico. Me parecía tan raro que hubiera sido cura... Era la historia de un marciano que me venía a visitar. Me producía una especie de conmoción interna que con 18 años no podía elaborar todavía. Después lo he vuelto a leer dos veces más. Hay muchas historias dentro.

El libro, una de las fuentes primarias más importantes sobre el papel que jugó la Iglesia en Navarra, está agotado. ¿Han pensado en reeditarlo?

-Mucha gente me ha preguntado cómo puede conseguir el libro. Creo que habría que publicarlo de nuevo, igual en 2018, cuando se cumplan 60 años de su publicación. Estamos a la pesca de un segundo libro que escribió sobre religión y que entregó a un familiar. Me han dicho que es mucho más fuerte. La Argentina es un crisol de religiones y mi padre las estudió todas. Siempre estaba leyendo. Le recuerdo con un libro en la mano y leyendo mientras caminaba. Me han dicho que es cosa de curas. Escribió otro libro, también agotado, sobre las encíclicas papales de los romanos pontífices. Es una bomba.

¿Solía hablar de los horrores de la guerra?

-Contaba algunas cosas. Recuerdo que decía que apenas escribió de la represión contra las mujeres porque le parecía que era tan aberrante lo que hizo el fascismo con ellas que no se hubiera podido leer el libro. Hubo más que raparles la cabeza o darles aceite de ricino, hubo agresiones sexuales.

En la charla dijo que lo más duro para su padre fueron las confesiones a los presos y que a veces iba de incógnito, con la complicidad de algún carcelero.

-Solía ir por la noche cuando veía que no estaban los jefes militares. Se confesaban hasta los que no eran creyentes. Una persona sola, ante el dolor de perder la vida, agradece una cara empática.

También recordó el sermón del Cristo, sobre los detenidos de Altsasu en el frente de Asturias, por el que fue juzgado por un tribunal eclesiástico.

-Si hubiera sido culpable en el Eclesiástico, el informe pasaba a lo militar, con las consecuencias que hubiera podido tener. Creo que no se hubiera salvado. Le dijo al obispo Olaechea que caería con él. Y es que el obispo le dijo que en Alsasua fuera más izquierda que nadie. Después le dijo que agachara la cabeza y ¡Franco! ¡Franco! A mi padre se le rompió el corazón con los jerarcas de la iglesia. Se apartó totalmente de la religión.

Asimismo, contó que su padre lamentaba que había huido de una dictadura para llegar a otra.

-El franquismo, durante la Guerra Civil mató a la gente y se veían en la calle, aunque mucho no se hablara, el horror estaba en la calle, que era algo que buscaban en parte. En la Argentina fueron menos muertos y era más solapado, se los llevaban presos. Murieron con torturas horribles, los drogaban para tirarlos a Río de la Plata, a miles. Sufrió mucho.

¿Cómo era su padre?

-Era un hombre de profundo sentido ético, amante de la paz y la justicia social. Recuerdo que en los años 60 estuvo trabajando un tiempo en Ferrocarriles Argentinos, una empresa pública muy grande. Mi padre se encargó de la compra de papel para toda la Argentina. Yo había ido con él, con unos 10 años, y le preguntaron por la comisión que pedía y el se negó. Hubiera sido una suma importante que nos habría solucionado nuestra situación económica. Quedé muy orgullosa de lo incorruptible que era mi padre, profundamente agradecida por la lección de ética que me marcó una línea de conducta toda la vida. Como fue él: incorruptible entre el 36 y el 39 y luego toda su vida. Me dejó valores mucho más importantes que el dinero.

¿Qué opina de la película La buena nueva que dirigió Helena Taberna, sobre su padre?

-Helena Taberna es mi prima, la quiero como tal. Soy muy Ayerra, pero no me gustó el final. Habría que recalcar más que su alejamiento fue por cuestiones de principios. De todas maneras, ella nunca dijo que contara la vida de don Marino. Se basa en ella pero no es su vida.

Su padre murió atropellado en 1989, con 85 años.

-Fue una muerte extraña, un militar muy lejos de su base. También fue raro que a las seis horas de su muerte, de la que pocos sabían, recibiéramos el pésame desde Alsasua. No podemos decir que fueran a matarlo, pero tampoco que no.

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