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El triste sino del 'Museo del Carlismo'

Evarist Olcina - Lunes, 23 de Enero de 2017 - Actualizado a las 14:11h

Desde su inauguración en 2010 el  “Museo del Carlismo” de Estella ha sido objeto de las mas duras diatribas. Ya, al día siguiente de su apertura oficial, un medio tan poco sospechoso de simpatías hacia el fenómeno histórico y político objeto del museo como el diario Gara, en su crónica del acto precisaba: “El viejo carlismo ya tiene su museo.

El viejo, porque en el edificio inaugurado ayer en Lizarra no se hallará ninguna referencia posterior a 1939, cuando el movimiento abrió distancia respecto al franquismo y acabó derivando en una propuesta muy diferente que actualmente encarna el Partido Carlista”.Y es que efectivamente en el discurso museístco a que hacía referencia se había ocultado o ignorado toda alusión al carlismo posterior a 1939, finalizando la narración expositiva prácticamente en la Unificación impuesta por Franco entre falangistas y carlistas y que fue rechazada de inmediato por la casi totalidad de estos últimos, lo que conllevó represión de cárcel y destierro para buen número de los miembros del partido. “Unificación” de importancia decisiva para argumentar respecto a lo que se establece por los firmantes del articulo “Polifonía del negacionismo carlista” aparecido en este diario el pasado día 19. Artículo suscrito por varios miembros del Ateneo Basilio Lacort, siendo el primer firmante Fernando Mikelarena, autor del libro “Sin piedad”, referido a la “Limpieza política en Navarra, 1936” como se especifica en el subtitulo de la obra.

Hay que calificar de loable el intento de Mikelarena en su afán por llegar a esclarecer y cuantificar la criminal represión que vivió Navarra tras el golpe militar que la oligarquía derechista inició bajo el eufemismo de “alzamiento”, o el aún mas peculiar de “cruzada”, y para ello ha efectuado una investigación exhaustiva en los archivos y hasta en testimonios orales, aportando como anexos documentales 4 relaciones de fusilados o desaparecidos con notables diferencias en número y datos sustanciales. Imprecisiones, lagunas y hasta alguna contradicción no solo disculpables sino normales y explicables en cualquier investigación histórica.

Sin embargo Mikelarena no parece admitirlo así porque mientras que  considera aceptable el número de fusilados, detenidos y represaliados  por los falangistas y los militares, se rebela respecto al “escaso” que ha podido encontrar de los que sufrieron igual infamia de manos de los carlistas. ¿Cuál puede ser, según Mikelarena,  la explicación de tal diferencia?, muy sencilla: los carlistas destruyeron los archivos que les comprometían.

Un argumento que benévolamente ha de calificarse de “ligereza” incomprensible en un investigador que busca la verdad. Los requetés y su organización política estuvieron no ya mediatizados sino totalmente controlados desde un principio por los militares, hasta el punto de ser reemplazados de inmediato los que habían instruido a quienes integrarían los “tercios”, sustituyéndolos en el mando por oficiales del ejército; por otra parte, y mientras que los falangistas se preocuparon en ocupar la retaguardia, los carlistas estuvieron mayoritariamente en el frente y, en fin, la Unificación producida tan solo ocho meses después del inicio de la guerra es coherente pensar que impediría de forma efectiva la destrucción u ocultación de supuestos documentos comprometedores. Habría que preguntarse como los carlistas pudieron destruir pruebas en tan corto periodo de tiempo, y pese a tantas dificultades, en especial el control militar, mientras que los falangistas, organización que se impuso desde un principio gracias al  interesado patrocinio de los mandos golpistas, no lo hicieron, quedando como los responsables máximos y casi exclusivos de la criminal represión.

Hay algún dato, anecdótico pero revelador, de la estructura creada para la pretendida dura represión de los carlistas, dato que el mismo Mikelarena incluye en su extensa obra. Me refiero a cuando informa que se les adjudicó, además del Fuerte de San Cristóbal, un local en Pamplona, el de los Escolapios, como centro de detención (por consiguiente también de tortura),  y respecto del mismo causa verdadera perplejidad la nota de 18 de diciembre de 1936 -que se incluye en el libro- informando en cuanto a “la convivencia inconveniente de presos y alumnos internos en celdas contiguas”. ¿Es imaginable esa compaginación de alumnos con presos sometidos a torturas y a sacas para fusilamientos?.

El historiador Manuel Martorell, especializado en el tema carlista,  tras una exhaustiva labor de años no ha encontrado documentación ni pruebas solventes que acrediten lo pretendido por Mikelarena, al igual que le sucedería al marxista Julio Aróstegui, catedrático de universidad y máximo especialista en la participación carlista en la guerra, lo que en ambos casos indigna a Mikelarena por no aceptar sus tesis.

Es inútil negar la realidad de la existencia de crímenes y desmanes en los inicios del golpe militar de 1936 porque en cualquier rebelión o revolución, del signo que sea, se producen al ser utilizados -mas  bien aprovechados- como revancha o venganza largamente gestada, o incluso utilizada su comisión como “mérito” en la adhesión a los insurgentes, al igual que sucede en los encargados de su represión. Navarra no iba a ser una excepción, mas aún cuando el autodenominado “movimiento liberador” estaba encabezado en tal territorio por  personajes como Rodezno, que junto con otras individualidades ya habían forzado a una participación en el golpe a la que el mismo príncipe Javier de Borbón se oponía según reconoce alguien tan poco sospechoso de “javierismo” como el “octavista-franquista” Antonio Lizarza.  Ahora bien, esa certeza en la realidad de unos hechos no puede llevar a una generalización que, mientras no se acredite con documentación irrebatible, no es equiparable ni en el número de víctimas ni en la duración de la actividad represora  con la falangista. 

Por lo demás hay que estar de acuerdo con su denuncia respecto al control reaccionario a que se ve sometido el museo desde su nacimiento, en el que tan solo hay un miembro del partido carlista entre los actuales vocales del comité asesor. Desde sus inicios el museo ha sido una pieza a controlar por la derecha en su amplio espectro, y es por ello que ha estado sometido en su gestión e intencionalidad expositiva a esa misma reacción. La pretensión de control ideológico mediante el Guión de Orientación para el Museo del Carlismo del profesor Stanley G.Payne (a la que alude Mikelarena en el articulo a que me vengo refiriendo) es muy antigua y fue rechazada desde un principio por la dirección del partido carlista, pero su orientación ideológica se impondría al estar acompañada dicha propuesta por la sustancial donación en 1999 de seis millones de pesetas por la Fundación Larramendi (casi simultánea fue la restauración de objetos museables a cargo del Gobierno Vasco, y sin contraprestación alguna, por importe de 20 millones de las antiguas pesetas).

También dicho control ideológico contó con la decisiva ayuda del presidente Sanz (UPN) con el que incluso llegué a mantener en mi calidad de SGF del partido carlista una entrevista para lograr nuestra participación efectiva  en el diseño del museo al ser el partido el que con su importantísima y fundamental aportación había hecho posible su realización. La respuesta de Sanz fué el nombramiento del consejero Corpas como presidente del “Comité Científico” del museo. Era evidente la incompatibilidad del partido carlista con el control ideológico que se pretendía, y que en definitiva ha definido desde un principio el mensaje que se quiere hacer llegar mediante tal institución.

Efectivamente se impone una revisión total de la filosofía que inspira ese espacio museístico que de 184 años de historia tan solo hace referencia, si acaso, a unos 100. Pero además, en esos 100, con una premeditada ignorancia u ocultación de aspectos tan sustanciales, entre otros, como el foral para Nafarroa/EuskalHerria, y el prenacionalista para Catalunya. Porque no hay que olvidar que el carlismo no es solo un hecho político navarro sino de otros  territorios del estado, y que ha llegado a nuestros días habiendo protagonizado actos de oposición al franquismo, sufriendo prohibiciones, y sometidos sus militantes a procesos  en el TOP y en la jurisdicción militar a resultas de actividad armada contra la dictadura mediante los GAC. No es por ello válida totalmente la pretensión de Mikelarena de reducir la revisión del museo a la etapa 1936-1937, sino que tal revisión ha de ser total y sin reduccionismos ni supeditación a prejuicios partidistas.

La creación del Museo del Carlismo fue posible gracias a la unanimidad de todos los partidos del Parlamento de Navarra, no es admisible hoy que tras siete años de existencia y con fracasos tan importantes en su haber como las Jornadas programadas por Jordi Canal y Juan Pablo Fusi, acabe languideciendo o siendo un proyecto fallido por no decir contrario a la mas elemental honestidad expositiva, pasto de visiones o intereses ajenos y directamente contrarios al propio movimiento tan importante para la historia y explicación de la realidad  política  y sociológica que en muchos aspectos estamos viviendo.  Resulta incomprensible que el actual gobierno de Navarra no haya aún emprendido la necesaria revisión y renovación del Museo del Carlismo.

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