Isla Busura

Funcionario fantasma

Por Maite Esparza - Viernes, 3 de Febrero de 2017 - Actualizado a las 06:07h

Carles apaga el despertador a las 6.30. Se ducha dormido y se enfunda el traje. Hombre metódico, a las 6.50 está saliendo del portal. Atraviesa un barrio de Valencia que es un pueblo, con sus casitas de dos alturas y su ultramarinos, y 2 minutos antes de que suenen 7 campanadas, en la barra niquelada del bar Los Mejillones aparece un cortado en vaso y una torrada de all i oli. A Carles le gusta arrancar el día con fuerza. Desayuna, se limpia la grasa del índice para no dejar un cerco en el lector de huellas dactilares y camina bajo los naranjos hasta llegar al Arxiu General i Fotogràfic. Abre la puerta de cristal y posa el dedo en la máquina. Carles Recio, 7.30.

En las dos plantas del edificio conviven escaleras de hormigón y barandillas metálicas con tomos apergaminados encuadernados en piel que esconden los nombres de niños expósitos nacidos en 1819, 1820, 1821… Niños a los que abandonaron a la puerta de una iglesia o de un orfanato. Y los tomos están atados con cintas rojas y separados entre sí por cartulinas blancas. Porque ya se sabe que la piel busca piel, y eso de quedarse pegados para los libros antiguos no es bueno, dicen los conservadores. De arte.

Pero Carles de todo esto no sabe nada. Tampoco conoce al técnico, ni a las archiveras, ni a los becarios… Ni ellos a él. Ni los empleados, ni los tomos de piel. No le han visto en su vida. Porque a las 7.30 y 2 segundos desaparece, para volver a hacerse corpóreo y fichar a las 15.30 y computar 8 horitas. Más de 3.000 euros al mes. Y así 10 años. Jefe Bibliográfico. Por no aparecer, no lo hace ni en el directorio de empleados. “Yo sólo he hecho lo que me han pedido”. Pues eso, un librarse de alguien a cargo público.