Alsasua, reescribo tu nombre

Por Javier Corres - Viernes, 3 de Febrero de 2017 - Actualizado a las 06:08h

el presente siempre se sustenta en el pasado y quien no conoce el pasado difícilmente puede opinar sobre el presente. Nací en Alsasua un 6 de abril de 1960 cuando caía una lluvia torrencial que no ha vuelto a repetirse y el tren París-Lisboa bufaba como un bisonte enfurecido, mientras iba frenando en la estación de ferrocarril para dejar el resuello en el andén poblado de gentes que lo esperaban cubiertos del hollín del carbón, alegres con aquella alegría entera que sólo entonces abundaba en esta tierra esquilmada. Hoy la alegría es fragmentaria y obedece a supuestos demasiado fugaces para nombrarlos. Bajaban los factores y los conductores del tren, los empleados del vagón restaurante y toda la estación era un hervidero de ferroviarios con sus monos amarillos, empleados de gorra roja y negra, viajeros de todas partes que venían e iban a Vitoria, Burgos, San Sebastian, Hendaya… todos se dirigían a la fonda que regentaban con amor el matrimonio Tobar-Arratíbel. Nunca he vuelto a ver una fonda como esa, con tanto barullo y mezcolanza de gentes, con el olor agridulce de la cazalla mañanera y el café de media tarde. Alsasua era un nudo ferroviario de primer orden y estaba bien situada en el mapa de la rancia España del año en que nací. Lo dicho, aquella lluvia inclemente como de torrentera de Macondo no ha vuelto a producirse, es seguro que se avergüenza del punto al que hemos llegado y no puedo reprocharlo. Bordeando el Hotel Mendía subían de madrugada buscando al tren los obreros de Patricio Echeverría que como mi padre, asidos a un cestillo de mimbre iban a lidiar con los cazos de caldo de hierro en las fundiciones de Zumárraga para regresar en el mismo tren reventados, sabedores que aún esperaban las vacas y la labranza y los carros de hoja en los claros de Urbasa. No dejaré de mencionar a los obreros de Isphording- Hispania y otras empresas como la icónica fundición y talleres que iban a formar el polígono de Ibarrea que hoy cumple similar función. Alsasua era un pueblo que muy pronto iba a recibir a cientos de familias de Extremadura y otras regiones y desde ese momento se iba a ir gestando una mezcolanza de gentes y culturas rica en matices que si bien no se supo valorar al principio el tiempo ha hecho su labor. Se han casado hijos naturales del pueblo con los llegados de la pobreza de una España demasiado negra y sus hijos hoy hablan euskera y viven las tradiciones con tanto entusiasmo como puede esperarse del nativo. No me gustan estos distingos de índole étnica pero los presento como tales a modo de hacer comprensible la historia. Un estudio de la evolución étnica de las razas nos llevaría demasiado lejos y no es este el propósito de este escrito. Entonces, en el día en que nací, oyendo el rugido de los trenes desde la vieja estación, siendo Alsasua la estación por antonomasia, las cosas eran así. En la escuela tuve el honor de compartir clase con los hermanos Martínez Viedma o el entrañable Agustín Camisón, chicos que habían llegado del sur y tenían una alegría rabiosa, dúctil como un arbusto creciendo y de inmediato percibí en ellos otro modo de sentir que me era simpático y, de algún modo se salía del férreo matriarcado que siempre ha significado la familia navarra. Alsasua era un pueblo en evolución, nosotros los niños de aquellos años sesenta, besábamos el cíngulo de los frailes a su paso y jugábamos a las canicas o al aro con la inocencia de cualquier niño. Nos habían usurpado muchas cosas, el euskera, la mitología pagana… pero nadie iba a usurparnos ni la inocencia ni la ilusión. Esto vendría después. En la calle San Juan estaba el cuartel de la Guardia Civil donde rezaba el Todo por la patria aunque no sabíamos a qué patria se refería aquello y no nos importaba un carajo dicho sea con todo el respeto. Entonces nevaba como sólo nieva la nieve con cuerpo, de aquellos años de mudez y aquiesciencia. Los padres capuchinos y los corazonistas regentaban sendos colegios con cientos de chicos que llegaban de todas partes y todos de algún modo queríamos ir a misiones porque ya en aquel tiempo algunos niños como yo mismo teníamos por norte un mal simulado espíritu aventurero. Los hermanos Merchán regentaban el bar Nido y todavía recuerdo con nostalgia el olor de las tortillas de patata de su madre y la sinfonola azul donde poníamos la música del momento. Seguía lloviendo. Siempre nos ha acompañado la lluvia hasta que alguien va destruyendo las bondades del ecosistema y ya no llueve ni nieva al menos de aquel modo. Los domingos tocaba la banda municipal, bailábamos en la plaza y a algunos nos costaba un esfuerzo sobre humano pedir baile a las chicas aunque en la penumbra de la discoteca El Paraíso urdiéramos algún que otro escarceo muy taimado de todos modos. El pueblo no conocía ni el paro ni ninguna de las desgracias que acechaban a la vuelta de la esquina. Los años ochenta fueron aciagos. La muerte se iba a instalar en el pueblo como se instaló en Orán La Peste de Camus. Llegó la droga que nadie había invocado. ¿De qué modo vino la heroína como una capciosa ilusión? Capciosa y letal, asida a un modo de vida envuelto en el falso celofán de la rebeldía. Que deduzca quien sepa deducir. Murieron muchos jóvenes como los hermanos Zufiaurre, los hermanos Arregui, Jesús Donlo, Mª Jose Bengoetxea, Benigno hijo, Ijurko, Jarones, Martín, Mazki, Pedrito, Etxaleku y tantos otros que no recuerdo su nombre pero permanece su figura en mi memoria. Esta fue la muerte de los ochenta en Alsasua y algún día habrá que hablar del asunto en profundidad porque hay algunas preguntas que deben responderse. Hoy Alsasua se ha visto sacudida por un inclemente tsunami llegado de la poderosa maquinaria mediática y de la proyección de unos hechos de parranda y rencor cuyo análisis nos lleva inevitablemente a repensar el porqué de las cosas. La convivencia entre Alsasua y la Guardia Civil nunca ha sido buena y nos remontamos a los años en que ETA mataba y la Guardia Civil detenía y torturaba y atesoraba odio y rencor como lo mostraba el pueblo de Alsasua que siempre defendió el futurible independentista siendo válido cualquier medio para su consecución. Hasta aquí un odio y un rencor que todavía persiste y que debe eliminarse en ambos lados porque sabemos de muy buena mano a qué conduce en todos los casos. No sé si todavía existe alguien que crea en la vida eterna, yo por mi parte sostengo que puesto que nuestro paso por la vida dura cuatro días, de los cuales tres se nos van sin sentirlos sería bueno practicar la empatía también con aquellos que no nos gustan. En octubre se produjo una pelea auspiciada a las cinco de la mañana por el alcohol y otros agentes externos de índole colateral, también por el rencor y el odio subyacente que debe eliminarse de una vez por todas. Ambas partes, jóvenes del pueblo y agentes de la Guardia Civil saben que a esas horas y en el lugar propicio un enfrentamiento beodo es inevitable. Los guardias civiles sabían dónde se metían y los jóvenes deben saber que no la emprende uno a golpes con nadie porque agredir a un semejante desdice de la propia condición y porque las consecuencias pueden ser las que han sido. Ser inteligente no es obligatorio pero ayuda y mucho. Casi quién provocó la riña es insustancial. El asunto radica en que quienes ostentan el poder policial en España se han encontrado con un caramelo de cuyos réditos políticos son de largo recorrido y a través de infames medios de comunicación como13tv, La Razón, El Mundoe innumerables tertulias donde se ha linchado a un pueblo del que desconocen todo. Se han atrevido a insultar, a condenar, a ensuciar el buen nombre de un pueblo dinámico y culto que exporta su cultura (carnaval rural, Coral, Tarima Beltza, etc) y lucha por salir de una crisis económica brutal que no ha provocado. Regreso a la estación, voy a tomar un tren camino de casa, donde quiera que este mi casa. Ofrezco mi mano a los guardia civiles que viven en mi pueblo. No sé de dónde han venido, supongo que tienen una vida como la de cualquiera. Los chicos que duermen en la cárcel deben volver a casa porque si ha de repararse un error debe hacerse en casa. Entro en la fonda, pido un café expreso al Sr. Tobar. Me dice, llega usted de otra época. Puede ser. Cae la nieve y por un momento pienso que el mundo es muy pequeño, tanto que enloquece.

El autor es escritor