la carta del día

Desigualdades

Por Javier Otazu Ojer - Sábado, 4 de Febrero de 2017 - Actualizado a las 06:07h

la palabra desigualdad está tristemente de moda. Muchos índices económicos nos alertan: los ricos son más ricos y los pobres, más pobres. ¿Es así? ¿Debemos preocuparnos? ¿La desigualdad es buena o es mala?

Para poder comprender a esta pregunta, debemos conocer los tipos de desigualdad. Delimitar un concepto con claridad permite afrontar con más exactitud un problema determinado.

La desigualdad de la riqueza o renta se calcula con el denominado índice de Gini, indicador que se encuentra entre 0 y 1. Un valor igual a cero indicaría un reparto perfecto: todas las personas tendrían la misma renta. Un valor igual a uno indicaría la situación más injusta posible: una persona sería propietaria de toda la renta. En general, este indicador ha empeorado dentro de cada país, con lo cual sí, la desigualdad ha aumentado. No obstante, si comparamos países hay cierta convergencia. Eso quiere decir que en las economías emergentes las desigualdades se están acercando a los índices de otros países. Es algo lógico y empíricamente probado: en una economía abierta (habrá que estar atentos a la evolución de la fiebre proteccionista impulsada en Estados Unidos) los indicadores de los países tienden a parecerse. La idea es sencilla, los países ricos crecen, y los no ricos también lo hacen con una tasa de crecimiento mayor.

Así pues, hay una noticia buena y otra mala. Si comparamos países, la situación está mejorando. Si nos vamos dentro de cada país particular, la situación está empeorando. El Banco de España aportó unas cifras desoladoras. Entre el año 2008 y el año 2014, la riqueza de las familias ha pasado de 190.400 euros a 119.400 euros. Los menores de 35 años se han desplomado, pasando de 117.800 euros a 59.800 mientras que las personas entre 65 y 74 años han pasado de 517.200 euros a 439.600 euros. Sí, su riqueza ha disminuido, pero hay una diferencia fundamental: para los menores de 35 años la riqueza no deja de bajar mientras que para los mayores la bajada ya ha tocado fondo (en el año 2011 estaba en 421.600 euros y a partir de ahí subió). ¿Cómo se explica? A partir de diferentes razones.

Primero, los mayores cobran más que los jóvenes debido a la antigüedad y a sus mejores condiciones en el trabajo. Eso ya genera una pequeña asimetría. Segundo, muchos jóvenes están alquilados en casas de mayores (para vivir) o en bajeras (para desarrollar su propio negocio). Eso es una transferencia de riqueza de un lugar a otro. Y es que, ¿cuál es la clave de la competitividad en muchos de estos locales? El hecho de pagar el alquiler. En este caso, se trabaja primero para otro, después para uno mismo. En el caso de ser propietario, lo que se trabaja es para uno mismo. Todo ello es consecuencia de la burbuja inmobiliaria, la cual ha creado una asimetría escandalosa en términos temporales. Los mayores necesitaron entre 10 y 15 años de tiempo para pagar la hipoteca. Los jóvenes, al menos 30. Tercero, los mayores tienen inversiones en diferentes activos financieros, sobre todo bolsa y bonos del tesoro (o los tienen de forma directa o en fondos de inversión referenciados a los mismos). Estos activos generan renta adicional para los mayores. Los jóvenes no pueden permitirse este tipo de inversiones (bastante tienen con cubrir sus gastos) y además en cierta forma los financian (aunque hay otras posibilidades, el caso principal es la parte de impuestos que sirve para pagar intereses;es un dinero que no se les devuelve en forma de contraprestaciones públicas ya que va a parar a los poseedores de bonos del Estado).

Además, el caso de los paraísos fiscales es gravísimo. Dinero que podría mejorar las cada vez más escasas (respecto a las necesidades) prestaciones sociales se difumina.

Y eso sin olvidar que los jóvenes van a cobrar unas pensiones, en proporción al esfuerzo realizado, muy inferiores a la de los mayores. Así que tenemos un problema grave: mitigar en la medida de lo posible, esta injusticia entre generaciones. Las posibilidades son complejas y posiblemente deberían generar un debate más profundo.

Por otro lado, además de la desigualdad en renta o riqueza entre países y a la vez dentro de cada país hay otra fundamental, se debe valorar un derecho básico en cualquier sociedad de nuestro tiempo: la igualdad de oportunidades. ¿Todas las personas tienen la misma posibilidad de desarrollar sus talentos para que así el sistema de mercado les recompense en relación al valor que pueden generar? ¿O influye más un amigo o un enchufe adecuado? Aunque en teoría todos tenemos las mismas opciones, hay mucho camino por recorrer. Basta ver cómo funciona el ascensor social: cada vez es más difícil pasar de una clase social a otra.

La desigualdad en renta es buena para incentivarnos a sacarnos lo mejor de nosotros mismos. Pero cuando se percibe desigualdad de oportunidades o se observan situaciones injustas, el equilibrio social puede tambalearse.

El autor es profesor de Economía de la UNED de Tudela.www.asociacionkratos.com