Música

Granados: homenaje

Por Teobaldos - Domingo, 5 de Febrero de 2017 - Actualizado a las 06:09h

PROGRAMA ‘GOYESCAS DE GRANADOS’

Rosa Torres Pardo, piano. Programación: Museo de la Universidad de Navarra. Lugar: auditorio del museo. Fecha: 3 de febrero de 2017. Público: lleno (14 y 10 euros).

el musicólogo Jorge de Persia, en su charla previa al concierto, establece unos acertados paralelismos para centrar a Granados “en el modernismo, más que en el casticismo;en el gusto por el jardín (paisaje poético), más que por el paisaje abierto;entre los aliadófilos, más que entre los germanófilos;en la evocación, más que en la descripción”. Granados y las paradojas del romanticismo: el afán de la gran forma (intentó una Divina Comedia en cuatro actos), y el apego al piano, a lo pequeño e íntimo;con cierta idea de fatalidad, de fondo. Goyescas, una de las cumbres del pianismo español -(la otra es Albéniz)- oscila entre el matiz de la íntima confesión personal, y el matiz desgarrado del color goyesco. A simple oído, parecería que Albéniz está en la órbita de Liszt;mientras que Granados estaría en la de Chopin, o, mejor, el Schumann íntimo. Esto, por engrandecer las figuras de los dos pianistas españoles, que se lo merecen, y que, como bien dijo el musicólogo, la historia de la música, -escrita por centroeuropeos-, siempre ha metido en el inconcreto, cuando no equivocado, saco común del nacionalismo.

Rosa Torres Pardo, elegante, concentrada, de aspecto siempre jovial y con un gran poder de convocatoria y atracción hacia la escena que ocupa, abordó la peliaguda obra con seguridad, con una versión personal llevada hacia un pianismo predominantemente percutido, de fuerza, y escorado hacia lo más dramático;de ahí que, a mi juicio, lo más logrado fuera el fandango y el “amor y la muerte”.

Los Requiebros: comienzo con inusitada fuerza sonora. El tema más popular busca esos matices y adornos que se acercan al arabesco. La pianista los va a solucionar muy bien toda la tarde. A veces pone tanto entusiasmo en la pulsación que casi resulta un poco dura. Coloquio de la reja: dominio de los arpegios que difuminan el tema, que, a su vez surge del prodigioso entramado. El final se queda suspendido en la sala. El Fandango del candil: exhibición de mano izquierda. Vigoroso. Con un brío de taconeo, festivo y trágico a la vez. Y profundo. Quejas, o La Maja y el ruiseñor: aquí hay colorido y vuelo en la mano derecha, con trinos bien hechos;pero, para la parte central, quizás, hubiera estado mejor el matiz que, en la propina, dio a Oriental, o sea con un sabor un poco más romántico y europeo. El Amor y la Muerte: emocionante. Francamente cuajada esta sección. Con el contraste de la calma y la tormenta. Y una parte final, a estertores de muerte, francamente dramático. El último aliento en el pedal, insuperable.Epílogo, serenata del espectro: cierre de una versión muy personal y de gran fortaleza pianística.

De propina: El Pelele, interpretada con una gracia extravertida, que, sin duda es una de las características de la pianista. Y Oriental, evocadora, preciosa, tempo muy acertado, sin exagerar la melancolía que exhala, pero francamente acogedora y perfumada. Como ella misma dijo: para calmar el ambiente.