José María Merino, el martes en la biblioteca

José María Merino: “A pesar de la tele y el móvil, el gusto por escuchar historias sigue vivo”

José Mª Merino recuperará mañana en la Biblioteca de Navarra (19 horas), con Juan Pedro Aparicio, la tradición de los filandones. Una velada familiar de minicuentos

Una entrevista de Paula Etxeberria - Fotografía Paco Campos (Efe) - Lunes, 6 de Febrero de 2017 - Actualizado a las 06:07h

Merino, narrador, poeta, ensayista y académico de la RAE, nació en La Coruña en 1941 pero se crió en León.

Merino, narrador, poeta, ensayista y académico de la RAE, nació en La Coruña en 1941 pero se crió en León. (EFE)

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Merino, narrador, poeta, ensayista y académico de la RAE, nació en La Coruña en 1941 pero se crió en León.

pamplona- Cuenta la leyenda que cuando la nieve cerraba los caminos, los leoneses se reunían en torno al fuego del hogar y se contaban historias, filandones que enlazaban anécdotas, secretos y cuentos, mientras las mujeres hilaban y los hombres realizaban otras tareas manuales. En plena era de Internet, de un dominio omnipresente de la televisión y el teléfono móvil, los escritores José María Merino y Juan Pedro Aparicio -en muchas ocasiones también junto a Luis Mateo Díez-, han recuperado esa tradición oral llevando los filandones a muchas y muy diversas partes del mundo. Ahora Pamplona es la ciudad afortunada. Mañana, a partir de las siete de la tarde, la Biblioteca de Navarra acogerá la velada, en el marco del ciclo Voces ancestrales.

El filandón es una tradición ancestral pero muy universal, perfectamente recuperable hoy, ¿no?

-Pues sí. Hace años, varios escritores, entre ellos Luis Mateo Díez y yo, hicimos la película El filandón (1984), que dirigió Chema Martín Sarmiento. Y luego, con los años, cuando Juan Pedro Aparicio era director del Instituto Cervantes en Londres, entre muchas otras cosas le propusieron que pensase en alguna velada de cuentos... Él pensó en los colegas y amigos de toda la vida e hicimos un primer filandón en el festival Hay-on-Wye en Segovia. Resultó una charla entre nosotros, y al hilo de la charla, la lectura de microrrelatos, de minicuentos de nuestra cosecha, a parte de recordar historias antiguas. Resultó tan bien que el festival Hay-on-Wye nos invitó a Cartagena de Indias, Colombia, a hacer lo mismo, luego a Inglaterra a la sede del festival, y lo hemos ido haciendo a partir de entonces en América, dos veces en la feria del libro de Guadalajara, México, en Nueva York, también por Europa... Y consiste en recuperar el espíritu de aquellas reuniones rurales, para hilar las mujeres y arreglar utensilios de la labranza los hombres, en que se contaban historias de todo tipo.

En esta exportación de esa tradición oral, ¿qué acogida ha tenido el filandón por parte del público? ¿Qué puede aportarnos hoy?

-Pues mira, yo creo que lo dice todo el hecho de que sigamos haciéndolo, ya con menos frecuencia porque Luis Mateo últimamente no puede venir por problemas familiares, no puede acompañarnos aquí en Pamplona... Vemos que el gusto por escuchar historias sigue vivo. La gente lo recibe muy bien. Se trata de recuperar el viejo espíritu de la reunión para contar, escuchar historias que traten de muchísimos temas. Nosotros no repetimos las historias de los filandones tradicionales, sino que leemos minicuentos de nuestra cosecha. Pero son cuentos cortitos y de muy diversas facetas, van del humor al horror pasando por lo fantástico o la ciencia ficción, hay de todo...

Puede que la gente se dé cuenta de que echa de menos escuchar historias, especialmente en esta era en la que estamos inmersos en la pantalla, y se cultiva menos la comunicación oral...

-Pues sí. Efectivamente, el televisor se ha hecho el dueño, y no digamos ya el móvil, se han hecho los dueños de nuestra atmósfera, de nuestro ambiente, y resulta que ya no nos reunimos a contar cosas o a que nos cuenten cosas que nos puedan sorprender, divertir, interesar.

Además es una necesidad innata, muy humana. Porque aunque esta tradición nace de cuando la nieve cerraba los caminos en León, en el fondo surge por una necesidad humana de socializarse, de reunirse, de comunicarse con otros.

-Claro. A mí me gusta recordar algo que hemos olvidado: la gente piensa que el invento de ficciones o de historias es algo moderno. Mire usted, eso está en el Homo sapiens desde que empezó a ser Homo sapiens, está en nuestro pensamiento simbólico. Una de las primeras cosas que hicimos fue intentar explicar lo que nos rodeaba a través de historias, cuando no había ciencia ni filosofía... Las historias eran formas de intentar entender el mundo y los comportamientos humanos. De ahí viene también la fábula. O sea que está en nuestra naturaleza. Y la tecnología hace que a veces olvidemos esa necesidad de comunicación directa para contar historias.

Como escritor, ¿a usted la ficción literaria también le sirve para intentar entender y afrontar la realidad?

-Sin duda. Primero, yo disfruto muchísimo haciendo ficción, para mí escribir es una doble vida. Y desde luego creo que la ficción es una manera de intentar entender la realidad. Porque la realidad no necesita ser verosímil. Es más, muchas veces es inverosímil. Cuando uno ve cómo se produce la realidad... ¿Qué está pasando ahora en Estados Unidos? La ficción intenta hacer verosímil lo inverosímil, intenta ordenar un poco lo absurdo, aunque sea desde una perspectiva fantástica. Para que podamos entender mejor la realidad. Esa es la función fundamental de la ficción.

En el arte de contar cuentos cortos, ¿pesa más la forma, el cómo se sintetiza y se precisa y se cuenta el cuento, o el contenido? ¿O ambos tienen la misma importancia?

-Bueno, nosotros en los filandones alternamos la charla y la lectura, y depende por dónde empecemos. Últimamente Aparicio empieza con historias de amor..., bueno, pues yo sigo, o seguimos, o damos un quiebro y decimos: ¿por qué no hablamos un poco de ecología? O ¿por qué no recordamos un cuento tradicional? Depende de cómo vaya derivando la cosa...

Hay improvisación, entonces.

-Sí, no tenemos un esquema cerrado. Tenemos libros donde hemos publicado los minicuentos, tenemos algunos minicuentos inéditos que también nos llevamos, y según vaya la cosa vamos leyendo o hablando o recordando una cosa u otra.

El proceso de creación literaria de estos minicuentos, ¿se asemeja al de la poesía, género en el que usted se inició como escritor? Por la precisión, la economía que hay que lograr...

-Sí. El minicuento recuerda a la poesía porque hay que seleccionar muy bien el léxico, hay que procurar que tenga un significado importante;recuerda un poco al aforismo, porque con poco hay que decir mucho... pero, no obstante, no deja de tener una naturaleza de cuento. Tiene que ser algo que interese y que se mueva. Si no interesa, si no se mueve, si no hay una mudanza a lo largo del trayecto, hemos fracasado. El minicuento tiene mucho de poesía, mucho de aforismo, casi a veces mucho de haiku, de poesía mínima, pero al mismo tiempo tiene que desarrollar una mínima historia.

Y esa historia, como decía antes, más que conectada con la realidad, está conectada con la verosimilitud.

-Por supuesto. Pero esa es la función de toda la literatura. La literatura más realista del mundo tiene que ser verosímil. Porque a veces pensamos que la literatura, por el hecho de ser realista, ya es verosímil. No. Ojo, hay que hacer que la gente se lo crea. Porque la realidad no necesita ser verosímil;la realidad se produce y se acabó, y de pronto tenemos un terremoto, un tsunami, y otra cosa, y al día siguiente una terrible tormenta eléctrica. Y, un momento, eso en literatura hay que saber ordenarlo muy bien para que el lector o la lectora lo acepten.

La relación entre realidad y ficción es precisamente un tema muy presente en su última novela, Musa décima.

-Sí, ahí es más el enfrentamiento de la realidad y la ficción, porque yo parto de un personaje real -Oliva Sabuco- que escribió un espléndido ensayo sobre temas que están ahora de moda, como la medicina naturista, pero que con el paso de los años, de pronto un microtestamento que se descubrió de su padre le quitó la autoría y ya la perdimos en la memoria. Y ese es un personaje real. Ahora, yo intenté construir una novela actual, con personajes de hoy, con pasiones, afectos, desafectos de nuestros días, que tuviese como referencia a este personaje que es del siglo XVI. Es decir, mezclé su realidad con la realidad de hoy, pero al mismo tiempo tuve que inventarme casi toda su vida.

¿Cómo llegó a esa figura casi desconocida?

-De una manera totalmente casual. Mi padre era un gran bibliófilo, le encantaban los libros, eran su riqueza, y uno de los libros que un día llegó a casa, que lo tengo ahora en casa en la estantería, fue La nueva filosofía de la naturaleza del hombre de Oliva Sabuco de Nantes. Ese libro, de la antigua imprenta, encuadernado en pergamino, perfectamente impreso, me llamó la atención ya desde adolescente. Y unos años después compré ese mismo libro en otra edición en una librería de viejo, y descubrí que era el libro de mi padre, solo que aquí aparecía un prólogo en el que el padre de Oliva negaba que ella hubiese sido la autora. Y dije: aquí hay una historia, aquí hay una novela. Ahora, tuvieron que pasar muchísimos años para que la novela cuajase completamente en mi imaginación.

Volviendo al filandón, ¿qué papel juega el público en estas veladas literarias? Porque es algo muy diferente a coger un libro en solitario... es un acto compartido.

-Pues mira, el mejor ejemplo de cómo funciona el público en el filandón es el siguiente: cuando lo hicimos en Cartagena de Indias, el festival Hay-on-Wye nos dijo: ustedes hablan durante 45 minutos, una vez transcurridos esos 45 minutos se enciende una lucecita roja y ustedes guardan silencio para que el público intervenga. Se apagó la lucecita roja, callamos y el público dijo: “¡Sigan, sigan!” (ríe).El público lo que quería era que siguiésemos. Como es un público de velada literaria, de cuentos, pues lo que quiere es que le sigan contando cuentos.

La tradición se vincula sobre todo a León. ¿Qué tiene este lugar que es cuna de tantos narradores y de tradiciones orales? ¿Qué imprime León al carácter de la gente?

-Fíjate, tengo fotos de algunos pueblos, concretamente de Murias de Paredes, cubiertos absolutamente por la nieve, pero absolutamente: solo se ven los tejados de las casas. Y las fotos que tengo son de los túneles que se hacían en la nieve para comunicar el pueblo y seguir con la vida, con el trabajo de las cosechas, con el ganado, etcétera, hasta que llegase la primavera, hasta que llegase el deshielo. ¿Y eso qué suponía? Pues reuniones continuas todas las noches, en cuatro o cinco cocinas de los pueblos, precisamente para contar historias. La narración de historias está en la cultura leonesa;a la gente le encanta narrar, a la gente le encantaba escuchar. Y otra cosa: la montaña leonesa tuvo la suerte de que la Institución Libre de Enseñanza creó una especie de espacio de cultura y de educación, con lo cual no había analfabetismo. Y para contrastar con dicha institución, la Iglesia lo hizo en la parte oriental, entonces toda la montaña leonesa fue a principios del siglo XX una zona alfabetizada, donde la gente no solo sabía leer y escribir sino que además le gustaba contar cosas, leer historias... hay un patrimonio tradicional de gusto por la narración en el que los inviernos son determinantes, y más cuando no había televisión.