Música

Deliciosa Pires

Por Teobaldos - Miércoles, 8 de Febrero de 2017 - Actualizado a las 06:07h

Scottish Chamber Orchestra y Maria Joäo Pires

Intérpretes: Scottish Chamber Orchestra y Maria Joäo Pires, piano. Director: Robin Ticciati. Programa: obras de Dvorak, Mozart y Haydn. Programación: ciclo de Baluarte. Lugar: auditorio principal. Fecha: 5 de febrero de 2016. Público: casi lleno (44, 36, 24 euros).

el paso de la delicada Pires por Baluarte corroboró el delicioso mundo sonoro que rodea a esta pianista de aparente fragilidad, pero de una profunda fortaleza para convencer al público de la transparencia mozartiana, del primoroso ajuste entre la rotundidad de una música perfecta y el vuelo poético de la versión personal, que siempre salvaguarda la luminosidad, el regocijo, el intimismo (a través de unos pianísimos increíbles) y la fuerza expresiva. Fuerza que se deriva de la propia música, nunca de un instrumento percutido, como es el piano. Pires se pasea por el teclado con la digitación más eficaz: la del que convence acariciando, la del que encuentra respuesta fácil al altísimo compromiso técnico de la partitura, ese que carece de virtuosismo vacuo, y donde todo es esencia.

Junto a ella, la Scottish Chamber Orchestra. No es un conjunto deslumbrante, pero sí que estuvo bien manejado por el director Robin Ticciati: un guapo y joven maestro que hizo una muy interesante versión de Haydn.

En el Concierto para piano y orquesta nº 27 de Mozart hubo dos mundos sonoros. El de la pianista y el de la orquesta. Esta, sin lugar a dudas, respetó siempre el volumen sonoro de la solista, pero, quizás se podía haber acercado un poco más a la sutileza y nitidez que emergía del piano. El conjunto escocés, que se presenta entreverado de trompas y trompetas naturales, y timbales barrocos, cuida el volumen, como hemos dicho, pero quizás no tanto la soltura. Pires está conmovedora en el primer tema del allegro, y, tras los arpegios, luce esa firme dulzura que la caracteriza, en la recapitulación final. El segundo movimiento empieza con solemnidad, que luego deriva a hacia cierta ternura;es ese sentimiento que siempre desprenden los adagios -aquí larghetto- de Mozart. Pires, los borda. El allegro final es jovial, fresco, brillante, ligero, pasando por el virtuosismo sin que se note. Mozart. De propina, el adagio del famoso Concierto nº 21, también de Mozart. Todo lo dicho, por elevación.

De las dos intervenciones de la orquesta -los cinco números de Leyendas, de Dvorak, y la Sinfonía 104, de Haydn-, me pareció más cuajada la segunda, por la versión más personal del director, por el riesgo de algunos contrastes y tempo. La selección de Leyendas, dentro de una indiscutible corrección, no ofreció contrastes notables en una sonoridad un tanto abrupta, un poco alejada de la mítica sonoridad de la vieja plata británica. Sí que me gustó cómo el titular de la velada movió la sinfonía de Haydn. Sin abandonar ese sutil matiz de sonoridad clásica que viene del barroco, hizo, sin embargo, un Haydn grande, sonoro, explosivo en los tuttis, donde el color de los metales estaba francamente logrado. Muy contrastada, de tempo ágil, y de glorioso final. No conocía la propina que la orquesta dio, atendiendo los aplausos del público, me sonaba a Dvorak, pero era un fragmento de la sinfonía que John Willians dedicó a Escocia. Gustó.