¡Indultad ese toro!

Esperando un corazón - Miércoles, 8 de Febrero de 2017 - Actualizado a las 06:06h

Si no hubiera nacido Einstein, alguien habría descubierto la teoría de la relatividad. Si no hubiera nacido Darwin, alguien habría descubierto la evolución. Si no hubiera nacido Santiago Ramón y Cajal, alguien habría descubierto la neurona. Pero si no hubiera nacido Cervantes nadie habría escrito El Quijote, y si no hubiera venido Beethoven al mundo, nadie habría compuesto sus sinfonías. Sin Verdi no habría existido La Traviata. La razón de que los hallazgos científicos sean inevitables y las obras de arte un milagro es que la neurona “estaba ahí”, esperando ser descubierta, pero El Quijote no “estaba ahí”, y un genio tuvo que crearlo (y de alguna forma también El Quijote creó a Cervantes, al Cervantes que todos conocemos).

Un investigador es un aventurero que se interna en lo desconocido para explorar la obra de Dios, su creación (o para descubrir las leyes de la naturaleza, que para un científico es lo mismo que Dios). Un artista es un dios. Un dios menor, con minúscula (aunque sea navarro), pero en todo caso un creador.

El toro azul de Mikel Urmeneta “no estaba ahí”. Lo sé muy bien, porque yo “sí estaba ahí”. Mikel lo creó, sacándolo de su no-existencia en su no-dehesa de no-toros azules. Él es su creador, nadie más podía serlo. Y como sucede con las creaciones de los dioses mayores, el toro azul pertenece a un mundo en creación permanente, a una historia interminable. No hay un universo Urmeneta cerrado, terminado, cancelado, ajeno ya para siempre a su autor, desprendido de él. Hay una creación en marcha, y sospecho que de ida y vuelta: de Mikel Urmeneta hacia sus criaturas y del toro azul y su cuadrilla hacia Mikel Urmeneta. Fuera de ese ecosistema el toro no puede vivir, solo es un trofeo, una cabeza seca y muerta (¡casposa!) en una pared.

¡Indultad a ese toro azul, dejadlo vivir, dejad que vuelva, libre, a la dehesa de la que fue arrancado!

El frío ha llegado ya y en los puntos altos de la ciudad se pueden descubrir las cumbres nevadas de los montes. Ella permanece día tras día en la cama del hospital a la espera de mejorar su estado de salud en el momento en que llegue el corazón que sustituirá al suyo, ya agotado. Con la misma ilusión que sus nietos esperan al Olentzero y a los Reyes Magos, ella espera ese corazón que al parecer llegará en helicóptero. Ella, su marido, sus hijos… miran al cielo intentando descubrir un sonido, una señal que les avise de su llegada. Otros corazones han llegado con el cariño de quienes le quieren: el corazón-globo de helio que adorna la habitación desde el día de su cumpleaños, el corazón-broche de ganchillo hecho por una amiga… Una de estas tardes está con fiebre y dormita, enchufada a varios goteros. Pasa el equipo de médicos y enfermeras que se vuelcan en atenderle. Deciden llevarle a la Unidad Coronaria para tener mayor vigilancia. Cuando se van los profesionales algo extraño pasa: sus ojos se vuelven hacia arriba, su lengua asoma y parece que se nos va. “¡Estamos aquí, tía!”, le dices y no sabes bien qué más, le pones la mano en la frente... Su hijo corre en busca de los médicos que llegan cuando ya está volviendo en sí. Los ojos muy abiertos al principio, como extrañada, asustada, luego ya volviendo a su expresión normal. No hay plazas en la Unidad Coronaria y queda en la UCI, donde se puede entrar con precaución: solo dos personas con bata y mascarilla y un cuidado especial en cuanto al lavado de manos. En la UCI queda con su espera, su sufrimiento, su afán de no molestar, sus risas esperando mejores momentos y al escuchar la despedida: “¡Adiós, tía, un beso!” (un beso imposible de dar con esa mascarilla), frunce sus labios y con un brillo en los ojos te lanza un beso desde el corazón intacto del alma.Susana Aragón Fernández