El farolito

Colesterol

Por F.L. Chivite - Miércoles, 8 de Febrero de 2017 - Actualizado a las 06:05h

Tengo un amigo rico y otro pobre. El primero siempre está sonriente y relajado. A veces hasta pienso que exagera un poco. Te abre la puerta con una efusividad encantadora, es educado, es amable. El segundo da la impresión de estar perdiendo su antigua despreocupación y parte de su sentido del humor. Ha cumplido hace tiempo los cincuenta y lleva varios años en paro. Quedamos a cenar de vez en cuando y al final se deja invitar y da las gracias con un gesto que tiene algo de punzada. Y yo que no soy rico ni pobre los comprendo a los dos. Mi amigo rico se queja de lo crispada que está la gente. Ni siquiera se queja, en realidad: lo lamenta, más bien. Como si constatara un deterioro ecológico. Y quizá tenga razón. Quizá la gente esté ahora más crispada en términos generales. Quizá se esté descuidando el respeto o al menos cierta cortesía que hasta hace poco se daba por supuesta en el trato social. Mi amigo pobre cada vez se altera más y hasta llega a levantar un poco la voz en las conversaciones de sobremesa, después de algunas copas. Está adoptando un discurso radical y afirma que todos los partidos son iguales y que no piensa votar más. Lo curioso es que las diferencias entre ambos tampoco eran tantas. Una pequeña ventaja en la salida y a continuación cuestión de inercia o de suerte, más que nada. De hecho, el único de los dos que posee un título universitario es mi amigo pobre. Lo que, encima, redunda en su frustración. Hasta hace no mucho, la clase adinerada solía contemplar a la gente humilde con una melancolía casi poética, llegando incluso al extremo de permitirse evocar con una especie de falsa nostalgia el viejo y envenenado cuento de la felicidad de los pobres. No, los pobres lo pasan mal de verdad: es lógico que no se muestren muy relajados. Mi amigo rico dice que ha dejado de comer porquerías y que ha descubierto el yoga. A mi amigo pobre se le ha disparado el colesterol.