El sitio de mi recreo

Humanidad incluso egoísta

Por Víctor Goñi - Miércoles, 8 de Febrero de 2017 - Actualizado a las 06:05h

Tocaron el timbre levemente, casi como un susurro, nada que ver con la alevosa llamada de los vendedores a domicilio. Observé por la mirilla -acto estúpido, ya que si miras es que abres- y encontré a una señora en los cánones estéticos de una abuela autóctona con una bolsita de plástico en una mano y un chaquetón acomodado bajo el otro brazo. Le pregunté en qué podía ayudarle y me contestó que en sobrevivir. No pude cerrar la puerta, ni abrir la boca. Mientras yo permanecía impasible bajo el dintel poseído por la ternura de aquella presencia, ella cumplió con su deber de relatar someramente un declive personal sostenido y ahora extremo por mor de unas vicisitudes laborales y personales que perfectamente podrían sobrevenirnos a ustedes y a mí. Supe que no mentía y que aquellas lágrimas ácidas brotaban de pura impotencia porque mi conciencia palpitaba como si hubiera sustituido al corazón ante la desesperación máxima a la que había llegado esa buena mujer como para colarse en un inmueble con su andar cansino y rogar una limosna. Les cuento el sucedido porque creo sinceramente que esta septuagenaria, como paradigma de casos incluso menos trágicos, encarna un descalabro también colectivo. Un fracaso a no enmendar desde la compasión, sin menoscabo de las loables entidades caritativas, sino desde las políticas públicas que debemos impulsar como ciudadanos y, así, sujetos políticos y contribuyentes. Porque la instauración y progresiva mejora de unos mínimos vitales en materia de renta garantizada o de pensiones no debería someterse a la pugna ideológica -siempre que no se desincentive la búsqueda de empleo si se está en condiciones de hallarlo-, desde los presupuestos compartidos también básicos de minimizar el dispendio y la evasión fiscal al objeto de reorientar la inversión antes que nada en favor de las personas y en particular de los individuos más necesitados. A tal simplicidad dialéctica y práctica debiera consagrarse la política sin distinción de credos en tanto que servicio público, siquiera por una cuestión de humanidad aun egoísta. Pues al hoyo puede caer cualquiera, amigos.