Isla Busura

Maldita rutina bendita

Por Maite Esparza - Viernes, 10 de Febrero de 2017 - Actualizado a las 06:06h

Ya le he dormido, se ha quedado como una oruga bajo el edredón, hecho una bola de pijama de terciopelo y calor de nido. Recojo la mesa y saco brillo a la vitro como si quisiera ver reflejado mi futuro en la cerámica negra. Me lavo los dientes y me desmaquillo los ojos. Y cuelo en la cama unos pies con suerte templados, sin, helados, y me acerco subrepticiamente al calor que irradia mi chico. Esta secuencia se repite cada noche. Dicen los que estudian el comportamiento de la rama animal que somos los humanos que eso es bueno. Lo de mantener rutinas. Porque las automatizamos, de modo que la mente en vez de quedarse atrapada en los círculos que dibuja el cepillo dental al frotar los molares, se libera como los espíritus de los lamas tibetanos para emprender misiones más elevadas. Inventar la vacuna del zika, potabilizar el agua de Marte, conseguir que un puente de Calatrava se pueda cruzar un día de lluvia sin matarse, recordar en qué tienda estaban las botas aquellas.

Hasta que he descubierto que tienen su lado reconfortante las rutinas siempre me habían provocado ganas de huir. Porque he vivido en la convicción de que asesinan la vida de pareja y anestesian la cuota gratificante que conlleva el trabajo, algunos trabajos. Pero es cierto que te vertebran el día. Hay personas a las que les quitas su Jiménez Losantos y ya no saben qué gemelos ponerse ni dónde les han aparcado el coche. A otros si no arrancan el día con Federico a las 7 se les queda la tensión tan baja que con dos cafés solos no hacen para llegar a la oficina. A mí me pasa. Con Donald. Si no me echo al cuerpo un par de titulares del panocha mientras desayuno, no puedo ni salir de casa. ¡Bendita rutina!