Ikusi makusi

Mal vestidos con ropa ajena

Por Alicia Ezker - Viernes, 10 de Febrero de 2017 - Actualizado a las 06:06h

Desde aquella inolvidable gala de los Goya con elNo a la Guerra presentada por Alberto San Juan y Guillermo Toledo, este evento se ha ido consolidando en su doble vertiente de escaparate del cine y termómetro social. Han sido muchos en estos años los que han dedicado su minuto de gloria a agradecer hasta el aburrimiento, pero no han sido menos quienes lo han aprovechado para denunciar todo tipo de injusticias y poner voz a los que sufren. Al No a la guerra ya le habían precedido otros alegatos contra la violencia terrorista y desde entonces, el mundo del cine ha subido al escenario, dentro y fuera de la pantalla, a las mujeres maltratadas, a los desempleados, a los desahuciados, a las víctimas de acoso, a la desigualdad de género, a la discriminación laboral, al racismo, a la crisis, a la corrupción... al tiempo que ha denunciado el abandono político de muchas de estas causas, de la cultura y del propio cine. Pero la gala de este año creo que marca un nuevo punto de inflexión porque ha sido el cine, el de fuera de la pantalla, el gran protagonista;el que habla de la precariedad que atraviesa el sector y que ha empobrecido a quienes lo hacen posible. Una gala que fue, en cuanto a evento, más mentira que nunca, más ficción que realidad. Porque donde el espectador veía glamur, sonrisas maquilladas, joyas, vestidos y trajes tan caros como despampanantes, quienes los llevaban puestos veían su propia realidad, sus escasas nóminas, o las de sus colegas, a final de mes y ese triste dato de que menos del 8% de los actores consiguen vivir de su trabajo. El cine, como todo, no se mide solo por la calidad de sus películas sino por la calidad de vida de quienes las llevan a cabo, y al parecer, aunque unos pocos viven demasiado bien, esas estrellas cinematográficas que cada vez brillan menos, la inmensa mayoría malvive de rodaje en rodaje, de casting en casting. La paradoja es que ellos y ellas, los mismos que denuncian su precariedad, se prestan a vestir la ropa que nunca podrán comprar o las joyas que jamás podrán tener;en definitiva, se disfrazan de tal manera en esa noche que no se sabe si se premia a la persona, al actor o actriz, o al personaje. Quizás, para hacer más creíble su causa no estaría de más que se bajen de verdad de los tacones, se quiten los trajes, los vestidos y las joyas prestadas y se muestren en la gala tal como son, como pueden permitirse ser.