Música

Energía ensordecedora

Por Xabier Sagardia - Domingo, 12 de Febrero de 2017 - Actualizado a las 06:08h

Concierto de skunk anansie

Fecha: Jueves 9 de febrero de 2017. Lugar: Sala Zentral. Incidencias: Todas las entradas vendidas. Público entregado. Volumen ensordecedor.

Nada más entrar en la sala Zentral, cuando apenas media docena de fans ocupa su lugar junto a las vallas anti-avalanchas que Skunk Anansie ha exigido colocar, me cuenta Unai Amezketa que en la prueba de sonido el volumen ha sido tan ensordecedor que se han caído varios vasos de la barra. Añade que la banda británica se ha traído su propio equipo de sonido en un trailer. Mientras lo explica, las manos de uno se deslizan dentro del bolsillo del pantalón para comprobar que los tapones de los oídos siguen ahí.

La sala se va llenando poco a poco. Para ir abriendo boca tenemos al dúo The Pearl Harts, que practica un hard-rocking de sonido grueso. El bombo se nos mete hasta el tuétano y nos da el primer aviso serio de lo que vendrá después.

Con Skunk Anansie las medias tintas no valen. O todo o nada. Así nos luce. Vibra todo lo que puede vibrar. El pecho, la punta de la nariz, las orejas. Deborah Dyer Skin, que cubre su cabeza con una capucha, sale como una púgil dispuesta a arrasar con todo, ágil y dinámica. Y sueltan el primer mandoble, And Here I Stand, un directo de derecha con todas sus letras. El volumen es atronador. La cantante acaba navegando entre los brazos del público. Con Intellectualize My Blacknessel respetable se pone a pegar botes. Es una ironía que Deborah dirija el micro al público animándole a que cante. Como si se le fuera a oír... Los británicos te pueden gustar más o menos, pero es difícil que te vayas a aburrir con ellos. Son de la época de la primera Trainspotting;del rock y la electrónica;de las raves y de la etiqueta brit;de esas canciones que van cambiando de intensidad como un tiovivo, ahora bajo, ahora subo;del metal rock alternativo... Volvamos pues a los 90. Siquiera durante un rato.

La banda se dedica a repasar su carrera. De su último álbum, Anarchytecture, caen no más de media docena de canciones, entre las que destacan Victim o That Sinking Feeling. Pero la gente se engorila de verdad con temas como el rompepistas Twisted. La sala bota al unísono en el estribillo. My Ugly Boy es el típico “back to the 90’s” que citábamos unas líneas más arriba, tanto como su hit Weak, muy bien recibido. Entre el público vemos a la presidenta del Gobierno de Navarra, Uxue Barkos, que sigue el concierto con atención desde el balcón de la sala. Abajo, el ambiente está que arde.

Ya hemos dicho que todo suena desmesuradamente alto. Es el turno para un crochet con nombre propio: Hedonism. Oímos a la gente cantar. Es casi un milagro. Deborah se muestra cercana. Busca la complicidad del público. Al bajista Richard Keith Lewis de gusta el slapping. Entramos en el ecuador del show y suenaLove Someone Else. Unas cintas de láser horizontales rojas cierran el escenario de lado a lado. Cuando el láser toca a la cantante refulgen en su ropa unos puntos rojos como estrellas. El efecto es espectacular. En I Believed in Youpisan el acelerador. La gente que hace spinning todavía no sabe lo que es sudar la gota gorda. Vibra la sala Zentral. Literalmente. Y cuando llega Sinking Feeling, la frontwoman se pone de pie en frágil equilibrio sobre el público, que la sujeta con sus manos. “Somos antifascistas, somos antihomofobia. Es tiempo de resistir, todos juntos”, proclama. Otro de los momentos álgidos de la noche viene con Yes It’s Fucking Political, un gancho que destroza mandíbulas, visceral y abrasivo. Skunk Anansie también es de la generación de los Rage Against The Machine. Y se nota. Acaba el tema y Deborah manipula un theremin cuya antena incluso llega a chupar. Desquiciante. Entonces, la cantante pide al público que le haga un pasillo. Se abre una franja. Parece Moisés cruzando el mar en el Antiguo Testamento, pero aquí las aguas se cierran antes de que llegue a la otra orilla. Esto es una fiesta. Acaba el show con Charlie Big Potato. La ovación final casi supera en decibelios a la ruidera que han metido británicos. Ha sido un show excesivo se mire por donde se mire. En una sala de estas dimensiones no es necesario meter tanta bulla. A más de uno el pitido en los oídos les recordará durante un tiempo que estuvo viendo a Skunk Anansie aquel jueves de febrero.