A la contra

Sabina

Por Jorge Nagore - Domingo, 12 de Febrero de 2017 - Actualizado a las 06:07h

hace lustros que me aburren los discos de Joaquín Sabina, algo que no parece ser muy compartido, ya que con eso de que Sabina hizo en los 80 y en los 90 20 canciones muy buenas, se extendió la idea de que el talento es una cosa que dura toda la vida y hay millones de fans que, en su derecho están, consideran que casi todo lo que sale de su mano y de su boca es arte. Me sucede con este último disco, del que ya he escuchado dos temas -Lo niego todo y Lágrimas de Mármol- que no hacen sino ahondar en sus temas preferidos y casi únicos: él mismo, sus obsesiones, sus enfermedades y sus cosas. La música no es un asunto objetivo y hay muchos a quien eso les gusta. A mí me parece una -como dice mi amigo Pachi- morralla, un ejercicio artístico que se sitúa a millas de nivel del que él mismo logró crear hace 30 y 20 años. Sabina tiene casi 70 años y nada que le pueda reprochar, puesto que a quien te ofrece tanta magia como ha ofrecido él en disco y en directo -le habré visto 6 o 7 veces- nada se le puede pedir más, pero eso no resta que tampoco se pueda negar que, sencillamente, incluso siendo producido por Leiva -Lágrimas de Mármol es una canción con sonido Leiva y letra Sabina, su clásica lista de la compra o enumeración, un sumidero creativo por el que empezó a caer en 19 días y del que ya no ha salido salvo excepciones- y ayudado en las letras por Benjamín Prado, a la conjunción letras-música-intérprete le falta esa “otra cosa” que él mismo decía que era la que distinguía las buenas canciones de las obras maestras, a los buenos artistas de los genios. No hay por qué dar por acabado a Sabina, ni a nadie que haya sido capaz de crear canciones míticas aunque de eso haga casi ya 20 años, pero tampoco caer en el fácil deporte del elogio porque sí, por estar vivo y publicar algo nuevo. Ojalá Sabina encuentre un día la letra que le devuelva a Princesa o Calle Melancolía.

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