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Con la venia

Mariano se viene arriba

Por Pablo Muñoz - Domingo, 12 de Febrero de 2017 - Actualizado a las 06:07h

Se le pasó el susto a Mariano Rajoy. Se le pasó el susto de la pérdida de una mayoría absoluta en la que se había acomodado durante los cuatro años de legislatura y el casi año de propina que le permitió seguir mangoneando. La derecha extrema que representa el PP no está acostumbrada a gobernar sin ventaja, y el hecho de verse obligado a pactar dejó acongojado a Rajoy tras los resultados de las elecciones del 20-D. Pero, como ya se ha señalado, se le ha ido pasando el sobresalto a medida que le van cuadrando las dificultades.

Está comprobado que el presidente español comparte estrategia de gobierno con su paisano Francisco Franco, de infausta memoria, a quien se atribuye la costumbre de ir apilando sobre la mesa las carpetas de asuntos por resolver y dejar que el tiempo los solventase, ya fuera por prescripción, o por aburrimiento, o por pura casualidad. La única diferencia, en este caso, es que cuando Rajoy vio las orejas al lobo del Gobierno en minoría alguien le aconsejó que se disfrazara de cordero y simulase una conversión en gobernante conciliador y dialogante. Fue entonces cuando dio cuerda a su vicepresidenta, Soraya Sáenz de Santamaría, para dejarse ver en Catalunya y en Gernika para que aparentase una inexistente “operación diálogo” que diera pie a algunos ingenuos a pensar que, por fin, iba a hincarle el diente al problema de configuración del Estado. Puro ilusionismo, como se ha ido viendo.

Mariano Rajoy, al parecer, es de los personajes nacidos con una flor en el culo. En el momento crítico, aún sin reponerse de su pusilánime minoría, tuvo la suerte de ver cómo se abría en canal su más peligroso adversario, el PSOE, coyuntura que le valió ser investido presidente. Por si fuera poca fortuna la debacle socialista, la reyerta se trasladó a Podemos y ahí ha quedado solo, impávido, agazapado, Don Tancredo.

Despejado el camino de enemigos próximos, Rajoy recompuso el tipo y se recuperó del mal trago. Ya no le hacía falta tanta corrección, tanta amabilidad, tanta sana intención de simular transigencia. Menos aún desde que Donald Trump, el amo, el amigo, el conmilitón de intransigencia, había llegado al poder del mundo. Y para que conste el subidón, ahí queda el premio de esa conversación telefónica “de presidente a presidente”, a sus pies, señor Trump, aquí está España para lo que haga falta, para oficiar de mamporrero, a mandar señor Trump. Y ahí tenemos a Mariano, dominando, a la espera de que vayan cayendo de maduros, o podridos, los obstáculos para gobernar sin sustos, enseñando la patita con la amenaza del apocalipsis al independentismo mayoritario en Catalunya y reiterando el secular plantón al lehendakari Iñigo Urkullu.

Aún con el culo prieto, el pasado 29 de diciembre, se comprometió a fijar una fecha para una cita con el lehendakari. Por fin. Conociendo a Urkullu, puede suponerse que ha ido preparando ese encuentro con el mayor esmero, con toda la precisión conveniente para hacer de esa visita algo más que un saludo, algo de provecho. Téngase en cuenta que durante los cuatro años anteriores, cuando la mayoría absoluta, Mariano Rajoy acumuló una grosera serie de desplantes, de silencios, de distancias.

Ya se le pasó el susto. Ya, aun sin mayoría absoluta, Mariano Rajoy ha vuelto a la displicencia, o a la vagancia, o a la simple y majadera falta de educación. El encuentro con Iñigo Urkullu ha sido aplazado sine die. Nada de deshielo, nada de diálogo, nada de acuerdo, porque de momento puede salvar los Presupuestos sin el PNV, o al menos eso parece que ha sacado en limpio de la trifulca socialista. O si no va a ser así, por si se vuelven locos y nombran a Pedro Sánchez secretario general del PSOE, siempre le quedará la prórroga de los Presupuestos o, echémonos a temblar, la convocatoria de elecciones en mayo y a arrasar.

Como en el infierno del Dante, perdamos toda esperanza. Recuperado el resuello, Rajoy no tiene ninguna intención de renunciar a la recentralización, ni de resolver las más de treinta transferencias estatutarias pendientes, ni de reconocer otra forma de autogobierno, ni mucho menos dar un paso adelante en pacificación y normalización. Bueno, vale, ha cambiado al delegado del Gobierno y ha jugado al gato y al ratón con algunos recursos, pero a cambio de reclamar más guardias civiles. O sea, que se pasa por el arco del triunfo la agenda vasca. Y para lo de Catalunya, por si fuera poco escarmiento la pena de banquillo para el president y demás autoridades catalanas desobedientes, ya va amagando con la suspensión de la autonomía. Va crecido Mariano, va crecido.