La semana

Contrasentidos naturales

por F. Pérez-Nievas - Sábado, 18 de Febrero de 2017 - Actualizado a las 06:07h

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No sé cuando pero en algún momento de su existencia como especie el género humano va a tener que parar y sentarse en el rincón de pensar. Nuestro imparable, creciente, caótico y absurdo consumismo está llevando al planeta a un momento que, desde hace décadas, muchos han calificado como de no retorno. No solo por las emisiones, por el cambio climático que estamos provocando, la basura que dejamos allá por donde pasamos (lo mismo da en el mar, que en el espacio o incluso cuando escalan el Everest para comunicarse con la naturaleza) sino por la desorientación que hemos introducido en el ciclo reproductivo hasta en el nivel más pequeño y que se nota hasta en el ámbito local. Hace unos días el Gobierno anunció que se había reunido con agricultores y cazadores para tratar de poner fin a la plaga de conejos. En 2015 se mataron en Navarra más de 141.000 conejos y este año la situación está peor. ¿Las razones? Me imagino que la cantidad de comida que tienen en el campo y, sobre todo, la falta de depredadores en una naturaleza que hemos esquilmado. Otra especie que está campando a sus anchas por la Ribera es el jabalí. Raro es el fin de semana que no sucede algún accidente de coche originado por alguna manada que, sin un hábitat concreto donde poder vivir, han llegado a cruzar el Ebro y aparecer en el Casco Viejo de Tudela para buscar comida. Las batidas de ambas especies se han multiplicado en los últimos años. Por otro lado, hemos traído especies alóctonas (que no son de aquí) y que se han acoplado tan bien que no hay manera de erradicarlas porque no tienen depredador. Eso pasa con el mejillón cebra (que genera millones de pérdidas a todo lo que rodea a un río y a los embalses) pero también con los esturiones. No hacen más que verse fotografías de pescadores que se retratan con estos peces que parecen de la época de los dinosaurios y que, aunque la ley dice que hay que eliminarlos porque causa graves daños a la fauna local, luego se devuelven al río. Dentro de esa fauna que estamos destrozando y diseñando como si fuéramos niños jugando con tizas de colores, obligamos a las ovejas que pastaban por Bardenas a que se queden fijas en un sitio y cuidamos de que ningún turista pase andando cerca de las aves en época de cría pero, eso sí, un avión puede romper la barrera del sonido soltar una bomba de fuego real mientras juegan a la guerra.