De Jomeini a Trump

sin querer implantar la teocracia del ayatolá, el presidente se parece a él en su retórica y su personalismo

Lunes, 20 de Febrero de 2017 - Actualizado a las 06:08h

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No han pasado aún los cien días de gracia que cualquier nuevo gobernante de una democracia se merece antes de ser juzgado, pero Donald Trump hace lo imposible para ver en él la versión estadounidense del ayatolá Jomeini, el hombre que devolvió la teocracia al Irán apelando a la intransigencia y el rencor personal…, aunque Trump no intenta ni por asomo llevar a los Estados Unidos hacia una teocracia

Evidentemente, los parecidos entre los dos personajes se limitan -y hasta esto, de una manera muy relativa- a las formas: el maximalismo de sus retóricas y el aparente personalismo de sus inquinas. Para el ayatolá el gran demonio eran los Estados Unidos y para el nuevo presidente la prensa, que -con muy pocas excepciones- nunca le ha querido ni le ha aceptado tanto humana como políticamente.

En lo de la intransigencia de lo que no querían, las similitudes sí que son mayores, con el beneficio de la duda en favor de Trump de que aún puede cambiar de conducta en un futuro próximo.

El repunte del nacionalismo radical y la xenofobia, males apocalópticos del siglo XX, son por ahora alarmantes sin llegar a ser agobiantes

Si este paralelismo existiese y se fuese confirmando a lo largo de los meses venideros, la situación se volvería cada vez más alarmante para todos. No solo porque los Estados Unidos siguen siendo piedra angular para la economía mundial y para el frágil equilibrio político internacional, sino sobre todo por el estímulo que supondría para los brotes xenófobos y los ultranacionalismos pasionales que están asomando actualmente por doquier.

Porque contra el egoísmo agresivo no se han encontrado hasta hoy más antídotos que el rechazo general. El ultranacionalismo radical y la xenofobia opresora son males recurrentes de la humanidad -como en las dos guerras mundiales y las dictaduras del siglo XX, para no remontarnos más atrás en la Historia- que han resultado catastróficos hasta que la comunidad internacional acabó interviniendo, unas veces con las armas y otras con la presión política y económica.

En estos momentos, los repuntes de los dos males son aún alarmantes sin llegar a ser agobiantes. Ello, en gran medida, es porque en los respectivos países en que despuntan esos males la opinión pública siente el repudio del resto del mundo.

Pero, en cuanto los Estados Unidos, la nación líder de la economía, finanzas y tecnología y, además, la sociedad más copiada por la gente joven de todas partes del mundo, dé la sensación de que también emprende el camino del egoísmo, la discriminación y la ley del más fuerte, los males apocalípticos del siglo XX apenas hallarán frenos que les impidan reaparecer en el siglo XXI.