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Coral San José, de la Txantrea al Carnegie Hall

El pasado 15 de enero, el ahora denominado Coro In Tempore Abesbatza puso su particular pica vocal y emocional en uno de los escenarios más carismáticos del mundo, bordando el ‘Réquiem’ de Karl Jenkins en NuevaYork

Un reportaje de Fernando F. Garayoa - Martes, 21 de Febrero de 2017 - Actualizado a las 06:09h

Con Karl Jenkins.

Con Karl Jenkins.

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Con Karl Jenkins.Abajo, imagen del concierto que ofrecieron la coral en el Carnegie Hall.

Desde la modestia, la pasión, el trabajo y un afán por aprender y evolucionar digno de elogio, la Coral San José de la Txantrea, ahora denominada Coro In Tempore Abesbatza, ha conseguido metas al alcance de muy pocos coros en el mundo. Y todo ello, además, desde un activismo amateur que, eso sí, ofrece un brillante resultado profesional.

Cumplidos los 60 años de trayectoria sin tregua, la coral, que nació en la parroquia del barrio pamplonés, alcanzó uno de sus hitos más importantes el pasado mes de enero, cuando actuó en el Carnegie Hall de Nueva York interpretando el Réquiem de Karl Jenkins, compositor galés de cuyo repertorio se han convertido en los últimos años en auténticos expertos.

Buena parte de culpa de este salto cualitativo la tiene su director, Carlos Etxeberria, regente a su vez del Conservatorio Profesional de Navarra, quien ha dado un vuelco a la idiosincrasia musical de la formación imbuyendo en sus cantantes una diferenciada y exquisita forma de afrontar el trabajo coral. Para dar cuenta del momento dulce que vive la coral, DIARIO DE NOTICIAS compartió café, mesa y agradable conversación con el propio Etxeberria y con el presidente de la entidad, Tomás Jaso, para desentrañar el misterio de cómo un coro modesto es invitado a participar en un escenario como el Carnegie Hall.

“Siempre he buscado compositores nuevos en todos los proyectos en los que he estado involucrado. De esta forma, buscando por ahí, escuchando, di con el Adiemus de Karl Jenkins, una de sus obras más emblemáticas pero que era para críos. El caso es que despertó mi curiosidad y seguí investigando y descubrí que tenía un catálogo de obras sinfónico-corales muy interesantes, que tenían un lenguaje muy asequible, con su dificultad, tanto para el que canta como para el que escucha;pero sobre todo tenían mucha emoción. Y me decidí a empezar con este compositor, incluyendo en nuestros programas diferentes números de sus obras”. Una apuesta que viene marcada por la propia filosofía de trabajo de Etxeberria: “La mayoría de los coros trabaja haciendo polifonía o folclore, y siempre es lo mismo;que está bien, es un trabajo digno y con una penetración en la sociedad necesaria. Pero, teniendo esa referencia y las corales de cámara, con programas más concretos, yo quería hacer uno o dos conciertos nuevos anuales, y siempre con la visión de renovar el repertorio, con obras que penetren en la sociedad de una manera fácil. El problema que nos encontramos al principio fue el material de orquesta y los arreglos, por lo que tuve que ir haciéndolos a través de las partituras de piano hasta que les convencí de que lo bueno era alquilar el material, para así hacer reducciones (las originales son para formaciones más amplias) y adecuarlas al tamaño de nuestro coro (integrado por entre 35 y 38 personas). Además, para trabajar este tipo de obras necesitábamos un cambio económico importante, por lo que yo planteé que cada coralista pusiera dinero, como si lo hicieras para otra actividad como ir a nadar;la mayoría aceptó y algunos se fueron”. En este sentido, Tomás Jaso apunta que “él se dio cuenta de que no éramos músicos profesionales pero sí capaces de seguirle en lo que quería hacer”. A día de hoy, la coral ha leído, desde que entró Carlos Etxeberria como director, más de 1.000 partituras. “Yo veía que estábamos agotados y quería que pasáramos del estancamiento a, utilizando una metáfora, ir en la moto y que te esté dando el aire continuamente”.

De esta forma, en 2015, año del 60º aniversario de la coral, ofrecieron un concierto cuyo repertorio estaba íntegramente formado por obras de Jenkins... Quizá no fue por este recital, o quizá sí, pero el caso es que, seguramente a través de los vídeos que la propia coral colgó en las redes sociales y en YouTube, sus interpretaciones llegaron a los oídos, y los ojos, de la Distinguished Concerts International New York, organizadora del concierto que tuvo lugar el pasado 15 de enero en el Carnegie Hall y en el que tomó parte el coro navarro. “Esta organización tiene su propia programación en el Carnegie Hall, para la que cuenta con una serie de compositores propios, y supongo que ellos habrían buceado en Internet para ver quién estaba puesto en Karl Jenkins. Se ve que les gustó lo que habíamos hecho nosotros y nos invitaron”.

De la Txantrea a Nueva York “La invitación nos la realizaron a través de una carta, en la que nos propusieron participar interpretando el Requiem de Jenkins junto a otros coros de todo el mundo. Como nosotros ya lo teníamos montado, porque ya lo habíamos interpretado en varias ocasiones, solo nos suponía repasarlo, prepararlo un poco más, pensar en cuánta gente podía ir y dejar que los últimos detalles los diera el director en Nueva York”, explica Carlos Etxeberria de forma muy acertada porque cuando hace referencia a los que “podían ir”, hay que tener en cuenta que cada coralista se tuvo que sufragar el viaje y la estancia, ya que el Coro in Tempore Abesbatza no contó con ninguna ayuda institucional para este concierto, ni para los que habitualmente ofrece, más allá de lo que obtiene gracias a su gestión del mecenazgo. Es más, y esto todavía los hace más grandes si cabe, no solo regalan cientos de horas de trabajo para poder vivir su pasión, sino que además aportan económicamente para que su coro pueda contar con un director como Carlos Etxeberria y así recibir una sobresaliente formación musical.

“De los nuestros fueron 23, aunque en total se juntaron 300 voces de varios coros de diferentes países”, matiza Etxeberria a la par que recuerda la experiencia que vivieron al conocer en persona al propio Karl Jenkins -“es una persona especial pero pudimos hablar con él”- y describe la obra que interpretaron, el Réquiem. “Es una pieza con un lenguaje muy sencillo, muy interesante de cantar, con partes sencillas pero que luego cambia a unas modulaciones complicadas. Es una música con toques peliculeros que llega fácil a la gente y emociona. De hecho, en la mayoría de nuestros conciertos hay gente que llora”. Una valoración que corrobora Tomás Jaso apuntando que “tiene unos contrastes muy acentuados, de repente te eleva, mientras que la siguiente parte es muy potente”.

Por su parte, Jaso, ejerciendo de representante de los coralistas presentes en Nueva York, relató la experiencia vivida sin poder evitar que cierto brillo indeleble le asomara a los ojos. “Fue algo increíble. De hecho, cuando Carlos nos comentó por primera vez que nos habían invitado, no nos lo creímos, pensábamos que era una broma. Nunca hubiéramos pensado que podíamos ir a Nueva York a dar un concierto... pero cuando ya nos dijo que iba en serio, empezamos a cambiar el chip y nos dijimos: “¡Por qué no!”. Éramos conscientes de que estábamos haciendo unas obras bastante bien y si nos habían invitado era porque teníamos un cierto nivel”. Eso sí, la invitación no era tal al pie de la letra, ya que, como ya se ha dicho, cada coralista tenía que hacerse cargo de sus gastos. “De hecho, los coralistas pusimos más dinero que, por ejemplo, algunos de los acompañantes que se sumaron al viaje, ya que teníamos que pagar un plus, puesto que en este tipo de conciertos, digamos que los participantes, los cantantes, son los que sufragan el alquiler del Carnegie Hall. Es como aquí, que si quieres cantar en Baluarte tienes que alquilarlo, pagar a los técnicos...”.

Tras superar los meses de dura preparación, una vez en Nueva York, Jaso recuerda que, al principio, “te sentías como perdido porque allí todo es grande, lo que te hace sentirte muy pequeñito... Pero, poco a poco, vas situándote y conectando, sobre todo gracias al lenguaje de la música, que es universal, y te hace sentirte uno más, sin ningún complejo. Antes de ir, te imaginas que vas a encontrarte a unos coros súper famosos y súper buenos, pero una vez allí te das cuenta de que no teníamos nada que envidiar al resto”. Hay que tener en cuenta que en un concierto como el que ofrecieron en Nueva York, los miembros de cada coro no se sitúan unidos sino que, lógicamente, se separan por cuerdas, por lo que cada vocalista comparte espacio con personas desconocidas de diferentes países. “Yo, a mi izquierda tenía a un australiano y a mi izquierda a una suiza... Hablabas lo básico, y en algunos matices que yo no entendía al director, porque nos hablaba en inglés, les preguntaba a ellos”, rememora Jaso. Y es que solo realizaron dos ensayos con los 300 coralistas en el Carnegie Hall antes de ofrecer el concierto, lo que otorga más valor todavía a la cita, “ya que acoplar a tanta gente no es fácil”, explica Tomás, todavía emocionado al volar con su mente hasta el 15 de enero y verse en semejante escenario: “Fue algo espectacular, sobrio, pero con una carga emocional muy importante”.

Una vez finalizado el concierto, con notable éxito, por cierto, tanto de público (estaba prácticamente lleno) como de crítica, “el regusto que nos quedó fue muy bueno. Sobre todo porque sabes que es muy probable que no vuelvas a cantar en un sitio como ese, siendo un coro modesto como somos...”. Una afirmación que, evidentemente, parte de la más absoluta modestia, porque la Distinguished Concerts International New York ya les ha invitado a participar este año en un concierto que van a organizar en Barcelona (el Requiem de Verdi en el Liceo) de características similares y a otro recital en Praga. Dos citas que están en el aire, por cuestiones económicas y de repertorio, principalmente, pero que son reales como la vida misma. “Tenemos la sensación, no solo por lo de Nueva York, de que hemos dado un salto de gigante”. Un paso que ha borrando la palabra elitismo de este tipo de música y demostrado que desde un barrio obrero, con poco dinero, sin ningún tipo de subvención y trabajando mucho el mecenazgo se puede llegar a las más altas cotas de la música coral. ¡Chapeau!

Pero su camino no se detiene aquí, “seguiremos haciendo compositores contemporáneos, con obras que podamos asumir pero que, sobre todo, tengan carga emotiva”, ratifica Carlos Etxeberria.