Derruir Los Caídos, obviamente

Por Javier Eder - Viernes, 24 de Febrero de 2017 - Actualizado a las 06:08h

asegura en estas páginas José María Muruzabal del Solar, historiador del arte, que “las pinturas de José Mª Sert se encuentran entre los elementos más notables” de Los Caídos, ese monumento que algunos “talibanes” proponemos derruir. Obviamente las pinturas son de Stolz, como el propio historiador ha corregido. Stolz pintó eso. Luego bajó a la parroquia de San Miguel y después estuvo en la Diputación. En la Diputación -corrían los triunfales años cincuenta-, él y Eusa plantaron el tapiz que representa a Sancho el Fuerte sembrando el terror entre los infieles e inauguraron la capilla en la que entra, año tras año, en la democracia como en la dictadura, gobiernen progresistas o regresistas, el ángel de Aralar.

Las pinturas de Stolz ensalzan una perpetua cruzada donde, generación tras generación, pro aris et focis -por Dios y por la Patria, que dijera Carl Schmitt de paso por Pamplona tras su proceso de desnazificación- van intercalándose soldados de Dios -belicosos clérigos- y milicianos de Cristo -guerreros iluminados por la fe-. En esas pinturas hay dos ángeles aterradores. Uno, por decirlo en términos de actualidad, llama a la yihad. Dios lo quiere, Deus lo volt, dice el ángel. Junto a él, un joven cruzado que va a morir matando besa la cruz de la espada. El otro ángel, el de Aralar, queda al fondo de la composición. Los insurrrectos del 36 trajeron tras las grandes celebraciones de Santiago Apóstol al arcángel san Miguel para utilizarlo en provecho propio, como si fuera otro Santiago Matamoros o el Sigfrido de las mistificaciones nacionalsocialistas: un ángel exterminador que hunde al dragón del mal en simas profundas, tras desencadenar un profuso baño de sangre regeneradora. Semejante apología de la guerra santa espanta si se piensa en el lanzamiento de ciudadanos navarros al fondo de las simas que ha explorado Aranzadi. Pero ese talibanismo no merece la censura de los apologetas de Stolz o Sert.

José María Sert, el marido de Misia, fue contratado en París por un grupo de ultramontanos navarros que desde el pabellón del Vaticano intentaron -sin éxito, pues Sert no era Picasso- hacer la guerra al pabellón de la República Española en la Expo Universal de 1937. El pabellón de la República, el del Guernica, derruido por el Ayuntamiento de París -talibán donde los haya-, era obra del Sert más recordado: Josep Lluís Sert. Si José María Sert tuvo más relaciones con los vaticanistas navarros, ya lo dirán los historiadores del arte.

Muruzabal, por su parte, ya dirá por qué demoler Los Caídos, construcción de Eusa y Yárnoz inaugurada en diciembre de 1952 -Yárnoz le hizo al Generalísimo la visita guiada junto con Eusa- es una barbarie propia de talibanes llenos de odio, mientras que hundir un edificio de Yárnoz levantado en 1940 -los cines Príncipe de Viana- no. Nadie llama talibanes a los que en 1984 hundieron el chalé de la Mutua, obra de Eusa, para substituirlo por las oficinas de la Can. Los conservadores tesoros artísticos tampoco dijeron ni Pamplona cuando los donostiarras hundieron la primera obra de Eusa, el Gran Kursaal, y pusieron en su lugar los cubos de Moneo, con el aplauso de la crítica internacional.

Nuestro historiador del arte encuentra que las pinturas de Stolz tienen un valor supremo. Si así fuera, deberían llevarse a un museo como documento apologético del fanatismo iluminado, cosa bien distinta a realzarlas en un museo propio. Bonet Correa, por contra, habla del insuperable horror estético de los santuarios franquistas. Cuestiones estéticas aparte, el edificio debe ser derribado, de entrada y obviamente, si los herederos del golpista más recalcitrante de nuestra historia -Sanjurjo- persisten en reclamar el derecho perpetuo de su abuelo a disfrutar de panteón propio en pleno centro de la capital.

En la mística guerrera y teocrática del Movimiento Nacional, como en la del fascismo italiano o en la del nacionalsocialismo, los caídos son los mártires cuya sangre legitima lo que no puede tener legitimidad alguna: la cruzada a sangre y fuego. Y eso es lo que Los Caídos, ese símbolo impuesto por la dictadura como horizonte único de la ciudad, trataba de legitimar.

Como observó Oriol Bohigas, lo bueno de santuarios como Los Caídos -con su penuria espiritual y su desfachatez monumental, decía el arquitecto catalán- es que suelen morir cuando fenece el tirano que los inauguró a mayor gloria de su régimen. Los Caídos, por no ser más que un panteón elenfatiásico en medio de la ciudad, tuvo poco y mal uso durante los cincuenta y los sesenta. A principios de los setenta era ya un cadáver en descomposición. Pero o hubo miedo a hundirlo o se consideró sagrado, intocable.

En 1947, los norteamericanos, esa gente que pasó del salvajismo a la barbarie sin el habitual periodo intermedio de civilización, dinamitaron los Templos del Honor de Múnich, los monumento a los caídos nazis, de concepción semejante al Monumento de Navarra a sus Muertos en la Cruzada. Obviamente los derruyeron por su inequívoca significación, en tanto que santuarios emblemáticos del nacionalsocialismo. La pervivencia o demolición de ese tipo de santuarios deben decidirla los ciudadanos, no el derecho perpetuo de los artistas al servicio del tirano. En años recientes, los alemanes han tirado la Casa Parda, la casa del Partido Nazi que había junto a los Templos del Honor. En el solar han levantado un nuevo edificio dedicado a la documentación y estudio de la Shoah. Será difícil ver en la conservadora y conservacionista Pamplona cosas semejantes, por más obvia que resulte la necesidad de reclamarlas.