Desigualdad y pobreza infantil

Por F. Javier Aramendia Gurrea - Viernes, 24 de Febrero de 2017 - Actualizado a las 06:08h

en estos últimos años y a raíz de la gravísima crisis económica y social, se ha convertido casi en un tópico el oír y leer que está aumentando exponencialmente la brecha de la desigualdad en el mundo y sobre todo en el Primer Mundo, o sea en los países desarrollados.

Aparecen referencias constantes de que el 10% de las personas más ricas poseen por encima del 60% de la riqueza y que la acumulación de la misma va progresivamente aumentando, no disminuyendo;de manera que cada vez hay más fortunas desorbitadas y por el contrario, más gente en pobreza severa. Es llamativo, también, el que con la crisis la diferencia entre ricos y pobres se ha ido agrandando.

La alarma ha saltado no solo en los perjudicados por la crisis, los perdedores, sino incluso entre los propios favorecidos, quienes están reaccionando no ya aceptando, por pura equidad, subidas justas de impuestos ni atacando el Estado de bienestar, sino en muchos casos al revés, tratando de mantener sus privilegios, constituyendo dinastías de familias obscenamente ricas, e incluso recurriendo a soluciones que parecerían disparatadas si no fueran desgraciadamente reales.

Los mismos desmesuradamente ricos han empezado a preocuparse ante tan inusitado incremento de la desigualdad, por las posibles reacciones de los desposeídos, recurriendo a obtener nacionalidades y residencias y adquiriendo propiedades en puertos seguros, como Nueva Zelanda, que ha registrado últimamente un acusado incremento de peticiones de nacionalidad. Buscan, así, estos individuos alejarse de los posible teatros de revoluciones o guerras, provocados por esta desigualdad, guareciéndose de un apocalípticofin de los tiempos.

Ha habido otros magnates, como relatan en su encomiable libro La Secesión de los Ricos, Antonio Ariño y Juan Romero, que han soñado con fantasías tales como erigir alguna isla artificial en alta mar, alejada de las jurisdicciones estatales, para empadronándose en ella, quedar así libres de impuestos y lejos de molestas demandas de menesterosos. Todo antes que compartir su fortuna, no ya con a veces ilusorias fundaciones, supuestamente benefactoras, sino con justas redistribuciones impositivas.

Desgraciadamente España es uno de los países que ha visto incrementada su desigualdad a lo largo de la crisis, ocupando en estos momentos uno de los peores lugares en el índice Gini, que mide la desigualdad dentro de los países de Europa, siendo solo superada, por Estonia, Letonia, Bulgaria, Rumanía y Lituania.

Si la desigualdad de los adultos es preocupante por sus gravísimos efectos en la cohesión social, mayores costes sanitarios y educativos, ayudas sociales y gastos en los sistemas de justicia y carcelarios, el problema es toda vía mayor respecto a la pobreza infantil, que supone una agravación de los males enunciados. Así, según un estudio de la ONG Save the Children, “dos millones y medio de niños y niñas viven en España por debajo del umbral de la pobreza, de ellos, según datos oficiales 1.388.474 en una situación de pobreza severa”, que supone que pertenecen a hogares en que se perciben el 40% de la media de los ingresos españoles, que vienen a representar en torno a 800 euros al mes.

Según ese mismo estudio, “el 80% de los niños y niñas que están hoy en situación de pobreza pueden convertirse mañana en adultos empobrecidos”, con los consiguientes problemas, no solamente de carácter ético, sino también de necesaria asistencia social y posibles alteraciones del orden público, delincuencia y criminalidad.

El citado informe se refiere, a su vez, al Banco Mundial, incidiendo en las necesarias soluciones del problema a través de políticas públicas que “reduzcan inequidades en la primera infancia, mejorando los resultados académicos, su situación sanitaria y potenciando sus ingresos en edad adulta, beneficios éstos que perdurarán toda la vida”.

La situación en Navarra y Euskadi es mejor que en el resto del Estado, pero no podemos quedarnos en la autocomplacencia, pues con niveles de pobreza severa, que rondan el 9% en Euskadi y algo menos en Navarra, todavía muestran una brecha preocupante, sobre todo en lo que afecta a los hogares monoparentales y los de los emigrantes.

Quiero para terminar resaltar aquí la labor desempeñada no solamente por los departamentos sociales en Euskal Herria, meritoria pero insuficiente, en tiempos de severas restricciones presupuestarias, el esfuerzo de diferentes ONGs, y el apoyo de personas relevantes como el exlehendakari, Juan José Ibarretxe, quien arropó con toda lucidez y entusiasmo a Save the Children en una reciente presentación con esta temática en la Universidad de Deusto, a la que tuve oportunidad de asistir y que, contrariamente a otros ex políticos, que se cuelan sin pudor alguno por las famosas puertas giratorias de los bien remunerados consejos de administración, se dedica con pasión, no solo a tareas universitarias, sino también a causas nobles de una importancia decisiva para el futuro de nuestra convivencia, cuales son las de denunciar la desigualdad, la pobreza infantil y luchar por sus posibles soluciones.