Música

Generosidad

Por Teobaldos - Sábado, 25 de Febrero de 2017 - Actualizado a las 06:09h

Concierto de la orquesta sinfónica de navarra

Director:Jesús Echeverría. Proyecto Mosaico de Sonidos: Anfas, Centro Isterria. Centro El Molino. Fundación Atena. Residencia Javier. Colegio San Cernin. O.C. de Navarra y Ateneo. Programa: obras de Emilio Aragón, García Leoz, Bartók y Hindemith. Programación: ciclo de la orquesta. Lugar: sala principal de Baluarte. Fecha: 23 de febrero de 2017. Público: lleno.Incidencias: entre el público, los vicepresidentes del Gobierno foral.

Admirable, sin duda, la iniciativa de la Asociación Española de Orquestas Sinfónicas -la de Navarra incluida-, la Fundación BBVA y Plena inclusión, para acercar la música a personas con discapacidad intelectual o de desarrollo. La calidad y grandeza de una sociedad se mide por cómo trata a los más débiles. Incluso más allá de las necesidades fisiológicas. Emociona el tratamiento personal y cercano de los profesores músicos para sacar de sus pupilos la música: algo que parecía mayor que sus posibilidades, y que, sin embargo estaba ahí. Y como metáfora de esta encomiable obra de Mosaico de Sonidos, que así llaman a esta propuesta nacional, un cuento de Emilio Aragón, La flor más grande del mundo, cuya moraleja es precisamente esa: uno puede hacer cosas más grandes que su tamaño (físico o intelectual). Musicalmente Emilio Aragón se atiene -como en su ballet Blancanieves- a la tradición tonal, a un romanticismo ecléctico que, en este caso, sirve de fondo tranquilo y envolvente a la narración. Unas sencillas canciones infantiles acompañadas al piano por P.J. Rodríguez, completan el mosaico musical que acompaña una colorista puesta en escena. Jesús Echeverría, muy implicado, lo controla todo. Enhorabuena por el generoso trabajo.

No menos generosa va a ser la sonoridad orquestal en la tarde de danzas propuesta en el programa. Cambios rítmicos y de compás abundantes;lucimiento de solos, incluso en instrumentos poco habituales, como la tuba;cierto descubrimiento de García Leoz en su faceta de orquestador;brillantez de los cobres;regodeo en timbales;y una dirección de Echeverría segura, atando bien el compás a cada danza -hay de todo tipo: castellana, antillana, oriental, húngara, rumana, árabe, china-, pero salvando siempre la sensación de soltura y vivacidad propias de la forma. Todo, además, con la solvencia de magníficas orquestaciones que superan el folclorismo (García Leoz), el pintoresquismo (Béla Bartók), o la variación sinfónica (Hindemith).

La danza castellana de Leoz, quizás por ser austeramente rítmica, se me hizo menos definida, algo confusa. La antillana, sin embargo, tiene cierta solemnidad melancólica bien expuesta por una orquesta frondosa, con intervenciones de violín y chelo. La danza en rondó resultó, sencillamente espléndida, quizás por estar más metida en la corriente de Falla y Turina. La suite de danzas de Bartok se disfruta con el oído y con la vista;porque la tensión del director en embridar los cambios rítmicos, se traslada a los continuos solos que el espectador busca admirado. Fagot, tuba, trombón… y la percusión constante, entretienen. Lo mismo ocurre con Hindemith. Se agradecen las sonoridades orquestales por familias;por ejemplo los cobres;las maderas, tan activas;solo de timbales, tan raros;y una cuerda francamente poderosa que, en la marcha final, por ejemplo, lleva el paso. No falta el humor y la parodia. Una fiesta para la orquesta -aunque hay que trabajársela- y para el oyente.