Mar de fondo

El malo de juez

Por Xabi Larrañaga - Sábado, 25 de Febrero de 2017 - Actualizado a las 06:07h

Entonces lo solía pensar: si me pasara algo, o sea, si me eliminaran, desde el infierno vería con resentimiento cualquier palmadita gremial e institucional. Los políticos, que se ocupasen de arreglar esto;y de juzgar mi trabajo, los jefes y los lectores, sí, pero estando yo aún en tierra. No había en aquella hipótesis nada de vanidad luctuosa, que también ha existido aquí. Simplemente, en un país donde se daba “caña a los perros de la pluma y el micrófono”, incluso a un caniche le podía tocar. Ejemplos sobran.

Rechazaba y rechazo el agasajo póstumo porque, aun con bonísima voluntad, se regala al victimario la facultad de valorar por contraste y uniformar a las víctimas. Me niego a que un pistolero me convierta en ejemplo cívico y eleve mis palabras segándolas. Discuto que un inhumano modo de morir iguale la vida de los muertos, de forma que al reiterar su coraje democrático, el piropo valga tanto para un supuesto traficante como para un valiente concejal, para Melitón Manzanas y para Fernando Buesa. Apenas he oído en mi entorno eso de que “algo habrá hecho”. En cambio, en mil homenajes se cuenta que “cayeron por España”. Ya fuera el baleado un cocinero, periodista, guarda forestal, médico castrense o peatón gafe.

No creo, pues, que todas las víctimas del terrorismo y, ya que por fin estamos, de la violencia policial merezcan similar reconocimiento. Deben ser recordadas, claro, y las familias confortadas. Pero más allá de eso, de un dolor común, sus esquelas definen la maldad de los asesinos, no el carácter de los asesinados. Y los carpinteros de esta última tabula rasa -las víctimas siempre tienen razón- fueron por cierto otros.