A impulsos

Bernarda Guindel

por Javier lana * Dantzari - Sábado, 25 de Febrero de 2017 - Actualizado a las 06:07h

El 19 de abril de 1880 Dionisio Lampero se acercó como cada mañana al pueblo de Lácar. Dionisio era el cartero y tenía el reparto en la jurisdicción del Valle de Yerri. Cubría el trayecto entre los pueblos con un caballo un poco viejo ya, aunque el equino aguantaba bien esta tarea diaria. Dionisio adoraba a los animales y, por eso, su caballo era un animal agradecido que cumplía a la perfección el cometido, que no era otro que trasportar al bueno de Dionisio. También es verdad que el cartero era un hombre más bien pequeño de estatura, de poco peso.

Se le veía orgulloso, hasta elegante, aunque su recién estrenada chaqueta del cuerpo de carteros le quedaba más bien grande para unos hombros tan chicos. A ambos lados de la grupa llevaba las cartas, los avisos y algún que otro paquete, aunque esto no era lo habitual. Generalmente la paquetería era responsabilidad del coche de caballos que hacía el recorrido de Estella a Pamplona por la mañana y de Pamplona a Estella por la tarde.

Dionisio se acercó al alcalde, que se encontraba en la plaza. Por esas fechas el pueblo estaba construyendo un frontón y andaba la gente de auzolán;hasta los chicos se habían ausentado de la escuela, seguro que el maestro Mauleón estaría con un genio de cuidado. Pero es que ese día era especial. El frontón estaba casi rematado, le faltaba tan poco que los chicos querían disfrutar de ese punto final. Ya no haría falta lanzar la pelota contra la pared de la ermita de Santa Engracia, donde el suelo estaba fatal y las pelotas se picaban rasas. En este nuevo frontón el suelo estaría bien liso y la pared era más grande. Seguro que no se perderían las pelotas como hasta ahora. Dionisio llamó al alcalde, llevaba una carta para el concejo. Traía remite de Toledo, de un pueblo llamado Villacañas, y había que firmar el acuse de recibo.

Maurizio, el alcalde de Lácar, leyó el contenido de la carta y se le notó preocupado

Maurizio, el alcalde, leyó el contenido y se le notó preocupado. La carta procedía del acuartelamiento de Villacañas y el oficial se hacía eco de la petición de una mujer llamada Bernarda Guindel. Su hijo, Juan Redondo, del reemplazo de 1874 y encuadrado en el Regimiento León 38, se encontraba en el fregado de la Batalla de Lácar, ocurrida cinco años antes, donde perdió la vida debido a una herida de bala que le afectó el pulmón sin posibilidad de salvación alguna.

Dionisio vio el gesto de preocupación en la cara del alcalde. Otra petición más y no habría manera de dar una respuesta. Bernarda era viuda y solicitaba un documento por el fallecimiento de su hijo para poder reclamar una pequeña pensión al Gobierno. Mala cosa y un nuevo aprieto para el alcalde, que lo único que podía hacer era señalar los espacios donde se enterraron aquellos días la gran cantidad de muertos que aparecían por todos los lados.

Dionisio se volvió sin respuesta alguna transmitiéndole a su caballo la tristeza por tanta desgracia. Porque no era la primera vez que Dionisio llevaba comunicaciones de esas características. Eran muchas y seguidas. Para Lácar, Lorca, Alloz, Arandigoyen y otros pueblos más. Lugares donde la guerra sembró las calles y los campos de tantos soldados muertos desconocidos.

Pensó en esta última mujer: Bernarda Guindel. Una mujer sola y vacía, sin ilusión alguna y sin una miserable pensión por tan dolorosa pérdida. Miró hacía la era del Palacio. Seguro que Juan, el hijo, descansaba allá o en el barranco junto al Camino de la Venta, donde cayeron casi todos los que pudieron escapar de la encerrona. Sintió una honda tristeza por todo ese reguero de miseria que generan las guerras, unas guerras que no atienden mas que a los intereses de una gente ajena al pueblo y es este el que sirve de peón y el que pierde siempre. Dionisio no supo hacer entonces otra cosa que llorar, y su querido y viejo caballo movió la cabeza queriendo así manifestar el apoyo a su sentido amo.